Clarín

Las crisis que sobrevienen a la pandemia del COVID-19, y su consecuente carga psicológica, están teniendo un gran impacto en los comportamientos individuales y sociales. Hacerle frente a esta situación requiere un cambio en el comportamiento social a gran escala.

Para ello serán necesarios reaprendizajes individuales y colectivos. En este sentido, además, por supuesto, de las visiones expertas de sanitaristas y epidemiólogos, las ciencias sociales y las ciencias del comportamiento pueden proporcionarnos información valiosa. Temas como la resiliencia, la mentalidad fija o de crecimiento y la adaptación al cambio son ampliamente relevantes para comprender y manejar la pandemia y sus impactos.

Más allá del dolor y el sufrimiento que estamos atravesando, una adaptación positiva es posible. Por ejemplo, la pandemia de gripe en 1918 llevó a crear un servicio de salud pública en muchos países de Europa. El Estado de bienestar resultó como respuesta a las crisis provocadas por la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Es decir, en situaciones graves y críticas, muchas personas y también muchas sociedades desarrollan resiliencia.

¿En qué consiste? Podemos afirmar que es aquella cualidad que les da a las personas la fortaleza psicológica para lidiar con el estrés y las dificultades. Quienes son altamente resilientes logran encontrar la forma de cambiar de rumbo, sanar emocionalmente y continuar avanzando hacia sus objetivos. Así, una vez superado el shock inicial y el dolor de una situación de alto impacto emocional y social, muchas personas experimentan nuevos sentidos de significado y propósito en la vida, nueva fuerza y confianza internas, mayor apreciación de sus vínculos y relaciones. Además, es frecuente que se vuelvan más altruistas y compasivas. Entonces, el bienestar de los demás cobra más valor que por el propio éxito y status individual. Esta situación suele denominarse resiliencia.

A nivel comunitario, surge un sentido común de propósito, y un espíritu de cooperación que conduce a un nivel más alto de integración. Es como si, en lugar de existir como individuos aislados, las personas se fusionan en un todo y se vuelven más conscientes de que la supervivencia está indefectiblemente ligada a la de los demás. En consecuencia, es posible desarrollar estrategias comunitarias y colectivas de afrontamiento.

Pero esto no sucede de manera lineal. Es también verdad que las crisis pueden tener el efecto contrario y conducir a un estrés intenso y sostenido en el tiempo en el que los lazos sociales desaparecen y las personas se vuelven más egoístas e individualistas.

Por esto, debemos advertir que será necesario desarrollar un espíritu colectivo fuerte para poder hacer frente a lo que deje la pandemia y para enfrentar futuras amenazas.

Uno de los aspectos más destacados y excepcionales del coronavirus es su dimensión global. Esta pandemia es una alarma para que no olvidemos que nuestra salud no es independiente de la salud del planeta.

El cuidado del ambiente es fundamental para el bienestar de una comunidad, no solo para garantizar la disponibilidad de recursos esenciales para la vida humana –como el agua y el aire puro- sino que evita la aparición de enfermedades, desastres naturales y otros fenómenos climáticos que son potenciales amenazas para nuestra subsistencia.

Para evitar futuras epidemias tenemos que abordar seria y responsablemente, de una vez por todas, problemas globales como los ecosistemas amenazados, el comercio ilegal de especies, la contaminación y el cambio climático. Aunque la preservación del medio ambiente depende en gran medida de factores políticos, económicos y tecnológicos, la conducta de las personas puede afectar de manera considerable su entorno y es importante que las campañas y las intervenciones tomen en cuenta los conocimientos acerca de la conducta y los comportamientos sociales para maximizar su efectividad.

El compromiso con la salud, con la educación y con el cuidado del ambiente debe transformase en una cuestión de lo cotidiano. El cambio cultural profundo debe reafirmarse todos los días en los ámbitos familiares, laborales, escolares, sociales.

Parte de esta preparación requerirá como paso fundamental una gran campaña de psicoeducación para mitigar el impacto de la pandemia en la salud mental y en los comportamientos colectivos. Para ello, la comunicación sobre las mejores prácticas y herramientas para cuidarnos entre todos tiene que ser efectiva y clara. La confianza en quienes transmiten las nuevas normas es clave para sentirnos protegidos y para asegurar su efectividad y su impacto en las conductas. Necesitamos un discurso transparente, empático, sin mezquindades ni especulaciones. Las grandes gestas históricas no son posibles actuando individualmente, la clave está en la construcción colectiva. Una crisis de estas proporciones no debería enfrentarnos entre nosotros.

Las luchas internas nos debilitan. Hay que ser generosos, inteligentes, dejar de lado los viejos modos que nos dividen para poder encaminarnos hacia un rumbo diferente.

Dejar de lado los esquemas mentales que sentencian que estamos fatalmente llamados al éxito o condenados al fracaso y unirnos finalmente para darle forma a un futuro que, aun que hoy es incierto, depende de cómo logremos reponernos juntos para este inmenso desafío.

Facundo Manes es Doctor en Ciencias de la Universidad de Cambridge. Neurólogo y neurocientífico, presidente honorario de la Fundación Ineco, investigador del CONICET.

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