La creación como obra de todos

Clarín

Algunas colecciones que se encuentran en los kioscos de diarios o en las librerías suelen titularse Genios de la pintura, o de la arquitectura, o de la literatura. Nos da curiosidad conocer aspectos de esa vida, de esa manera de ser, de sus historias familiares. Todo esto colabora con el mito del genio excepcional, aunque también sabemos que se trata de una simplificación a partir de una observación parcial, ya que pierde de vista el contexto sociocultural que cumple un papel esencial en el proceso creativo.

Las grandes creaciones no emergen en un vacío histórico, social y cultural. Más bien todo lo contrario: son las circunstancias sociales, culturales, políticas y económicas del entorno las que juegan un rol fundamental para la motivación y gestación del talento creativo de las personas. Es por esto que muchas veces algunos trabajos han fallado al intentar predecir con precisión si un niño o una niña se convertirá en una persona creativa, por el simple hecho de identificar factores individuales. Estas aproximaciones carecen de eficacia porque no consideranel rol tan dinámico y complejo que tiene el contexto social para la creatividad.

Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza y los grupos a los que pertenecemos condicionan en gran parte quiénes somos. Nos definimos a nosotros mismos no solo a partir de nuestra identidad personal, sino también mediante la identidad social, que comprende las cualidades de los grupos de los que formamos parte. El grupo con el que nos identificamos ejerce influencia en la conducta y en la forma en que evaluamos las acciones de los otros. Así, la identidad social impacta en la conducta creativa personal y también en la forma en que se valoran las creaciones de los demás. Asimismo, el contexto es clave porque si el trabajo creativo rompe con los estándares sociales de la época, esa ruptura está condicionada por el conocimiento de las convenciones de las que el creativo se está alejando (y viceversa).

Resulta entonces evidente que el proceso de creación se desarrolla influenciado por un entorno social determinado. Más aún, para que la creación tenga eficacia, tiene que haber una audiencia dispuesta a adoptarla. Sin un entorno que apoye, reaccione y refuerce las innovaciones (de la manera que sea), estas nunca saldrían a la luz.

Las grandes obras suelen ser la respuesta novedosa a las inquietudes de un determinado grupo. Por su parte, trabajar con otras personas con el objetivo de lograr una meta en común favorece que tengamos en cuenta otras formas de ver el mundo y brinda oportunidades para sintetizar ideas diversas y expandir el pensamiento.

La colaboración y el trabajo en equipo pueden potenciar el desarrollo creativo. Además, la cooperación y la solidaridad entre los integrantes de un grupo resultan claves para que los proyectos creativos se generen. Promueven la unión de las personas en torno a una causa común. Las creaciones más trascendentales son las que transforman las comunidades. Y a su vez, son las propias comunidades las que permiten (o no) que surjan estas creaciones. Es por eso que cuando pensamos para nuestro país una política para el desarrollo creativo y los emprendimientos, lo que debemos tener en cuenta son las condiciones para que tenga lugar una interacción positiva entre el contexto y la creatividad.

De esto se trata el ecosistema del conocimiento. Por eso, además de biografías sobre grandes artistas, exitosos emprendedores y radicales innovadores, debemos considerar aquellos tratados de historia social general que lo hicieron posible.