¿Cómo pasa el tiempo?

Clarín
El tiempo pasa, dice la canción. Pero, ¿cómo pasa? O, al menos, ¿cómo lo percibimos nosotros? El tiempo no es algo objetivo que podemos captar mediante los sentidos, sino que se trata de una construcción subjetiva clave para la manera en la que experimentamos el mundo que nos rodea. Sabemos que la percepción de la duración temporal está vinculada con la memoria: es el recuerdo de un hecho lo que nos permite formarnos una creencia sobre su extensión. Así, la propia percepción del tiempo es siempre relativa. Recordar un evento consiste en usar asociaciones contextuales para juzgar cuándo sucedió y estimar la cantidad de tiempo que lo separa del presente. También actúa en esto la memoria prospectiva, definida como la habilidad de formular planes y promesas, retenerlas y ejecutarlas en el futuro, en el momento y en el contexto adecuados.

Diversos investigadores han propuesto modelos para explicar cómo percibimos el paso del tiempo. Una de estas aproximaciones, de 1963, sostiene que nuestra percepción del tiempo está sincronizada con el “tic-tac” de un “reloj interno”, una suerte de “marcapasos” que está continuamente emitiendo pulsos que se van almacenando en un “acumulador”. La duración subjetiva del tiempo depende de la cantidad de pulsos acumulados a partir del inicio del estímulo. Por ejemplo, si estamos haciendo una fila en el supermercado inquietos porque llegue el momento en que nos atiendan, el acumulador se acelera. Eso nos da la sensación de que el tiempo pasa más lento. En cambio, si estamos concentrados leyendo un libro sin prestar atención al tiempo, los pulsos se bloquean y no llegan al acumulador. Como no son contados, el tiempo parece más breve. La idea de reloj interno es una metáfora que no tiene una correspondencia a nivel fisiológico o cerebral.

A principios de siglo se desarrolló otro modelo, según el cual la estimación del tiempo se basa en la actividad neuronal. Así, la actividad de cada célula oscilatoria se caracteriza por un ritmo específico. Cuando se libera dopamina, el principal neurotransmisor involucrado en la percepción del tiempo, cuando algo nos entusiasma o estamos enamorados, nuestra percepción del tiempo se acelera. Este modelo también sugiere que participan diferentes estructuras cerebrales en procesos relacionados con la estimación del tiempo: a nivel cerebral, no es lo mismo estimar la duración de un evento que ya pasó (estimación explícita) que cuánto tiempo falta para que llegue un evento que esperamos en un futuro cercano, en segundos o minutos (estimación implícita).

Recientemente, se ha comenzado a estudiar el papel de las emociones en la percepción del tiempo. En un experimento, se les mostraba a los participantes extractos de películas de terror, dramáticas o neutrales, para evaluar cómo la inducción de un estado emocional impacta en la estimación del tiempo. Descubrieron que el miedo producía una distorsión: los estímulos de la película de terror se estiman como más duraderos. Este hallazgo se interpretó en relación con el modelo del reloj interno: el miedo genera un estado de activación del organismo que acelera la acumulación de pulsos, haciendo que el tiempo se enlentezca. Experimentamos estas consideraciones neurocientíficas cotidianamente. Nos sorprende lo rápido que pasan los minutos cuando nuestro equipo está perdiendo un partido y viceversa. Por eso, promediando noviembre, es tiempo de decir: “Este año pasó volando”.