La fuerza de la cooperación

Revista VIVA
Existe una parábola de 1968 que se tituló La tragedia de los bienes comunes y fue popularizada por el ecologista Garrett Hardin en base al trabajo del economista William Forster Lloyd en el siglo XIX. Cuenta la situación de una aldea rodeada de prados en la que diversos pastores ponen a pastar su ganado. A cada uno esto le conviene en lo inmediato, ya que se trata de buen alimento que está próximo. Pero todos saben que esto no se sostiene a largo plazo porque la pradera se dañará por el sobrepastoreo: eso que es bueno en lo breve para cada persona, se vuelve malo a lo largo del tiempo para el conjunto de los pastores. Este relato ilustra situaciones en las que el interés individual va en detrimento del interés colectivo sostenido, y resalta así el conflicto entre el egoísmo y la cooperación.

La generación indiscriminada de residuos en los hogares y las industrias, el gasto excesivo de recursos naturales como el agua, el uso de automóviles particulares en desmedro del transporte público son algunos de los ejemplos en los que lo privado y lo inmediato prima sobre lo general y lo mediato. Garrett Hardin ha sugerido que muchos de estos problemas no tienen una “solución técnica”. Siguiendo con la metáfora, la tragedia de los bienes comunes no se soluciona con más prados, sino con actitudes que prevean acuerdos que involucren a las partes. Justamente por eso son fundamentales las instituciones y las leyes, que trascienden a las personas, a la coyuntura y a las arbitrariedades, y que sirven (o deben servir) para equilibrar los intereses individuales y los colectivos. La alternativa a esta tragedia de los comunes no tiene por qué ser perfecta, pero sí se debe elegir por la mejor opción. Porque esta decisión frente a una realidad que lleva a una situación perjudicial para el conjunto debe tomarse, y muchas veces se prolonga porque se espera dar con una solución inmejorable. Pero es importante entender que mientras no se toman decisiones sobre esta “tragedia”, se está perpetuando la situación.

¿Por qué, entonces, si sabemos que al final las conductas cooperativas y consensuadas van a ser mejor para todos y, por ende, para cada uno, actuamos de manera egoísta y cortoplacista? Esto ocurre cuando la recompensa inmediata prima por sobre el largo plazo, lo que imposibilita la planificación y las conductas colaborativas. Numerosos estudios de diversos campos, como la economía, la psicología y las neurociencias, han mostrado que, al tomar decisiones que afectan a los demás, las personas no siempre se comportan de manera egoísta.

Múltiples factores influyen en la decisión de cooperar o no, como la reciprocidad, la equidad, el estatus y las jerarquías sociales, y emociones sociales como la empatía y la culpa. Incluso, una hipótesis sostiene que la cooperación es inherentemente “reforzante”. En otras palabras, se ha sugerido que, aunque implique un costo en el presente o una ganancia material en el futuro, el acto de cooperar en sí mismo representa una ventaja psicológica inmediata.

Muchas veces se toman las leyes, los acuerdos y las instituciones como elementos que traban el desarrollo, sin embargo, más bien, cumplen (o deben cumplir) el rol de garantizar un mejor presente y un mejor porvenir para todos. El diseño de políticas públicas debe enfocarse tanto en la administración de los recursos como en los factores psicológicos que potencian o merman la conducta cooperativa. Tener en cuenta esto podría contribuir para evitar la tragedia de los comunes y favorecer el desarrollo y la equidad de las comunidades.