Un “Ciudadano ilustre”: Facundo Manes presentó su libro en el pueblo donde nació

Clarín

Un cronista de Clarín acompañó al neurocientífico, que dio a conocer El cerebro del Futuro en el patio de su escuela primaria.A sala llena, los vecinos de Salto fueron a escuchar a Manes.

En los papeles, se trata de la presentación de un libro de neurociencias en un colegio primario. Pero hay una pantalla gigante instalada afuera, una decena de groupies, cámaras de televisión, seguridad de la Provincia de Buenos Aires, calles valladas, una sala VIP y unas mil personas agrupadas en el patio de la escuela Don José de San Martín, en la localidad bonaerense de Salto. Es el despliegue de una fiesta provincial, todo a la espera de que llegue un médico.

Criado en esta localidad de 27 mil habitantes, Facundo Manes es el hijo pródigo del pueblo. Al revés del “El Ciudadano ilustre” de la película protagonizada por Oscar Martínez, Manes sí es profeta en su tierra. La gente lo quiere, lo siente propio. Y él lleva el nombre de su colegio a todos lados donde va. “Nunca olvidó de donde salió”, repiten los vecinos.

Fue por eso que decidió presentar su cuarto libro, El cerebro del Futuro, aquí, en su escuela primaria, entre sus maestras y sus amigos. Más tarde dirá en el escenario que todo lo que alcanzó en la vida se lo debe a la formación de la escuela pública.

Facundo Manes es el neurocientífico que llevó el estudio del cerebro al prime time nacional, acercando la divulgación científica a un lenguaje práctico y orientado a pensar la mente humana como el principal recurso a cuidar de un pueblo. Es profesor y consultor permanente en decenas de instituciones internacionales y fundó en la Argentina el Instituto de Neurología Cognitiva y el Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro. Fue sondeado en 2014 como posible candidato a gobernador bonaerense por el radicalismo. Hasta el día de hoy, cada vez que le preguntan por la política prefiere correrse y decir que no importan los cargos, sino lo que se pueda hacer en concreto. Hoy es asesor de María Eugenia Vidal para su área de estudio.

Ubicada a 188 kilómetros de Buenos Aires, Salto fue la cuna de un par de futbolistas, como Israel Damonte, el comandante Andrés Chávez o Nereo Champagne. También del general Martín Balza, y del múltiple campeón de Turismo Carretera Guillermo Ortelli, que hoy está en el segundo piso del patio, mirando el acto. Pero ninguno como Manes llevó el pueblo tan lejos de las rutas 31 y 32 que lo delimitan.

Aquí, entre su gente, él y su hermano Gastón son Goropo y Chincho, apodos que nacieron de dos payasos de circo que estaban siempre haciendo quilombo. “Goropo” llega un poco después de las siete. Entra por el costado del colegio a unas salitas de jardín de infantes que ofician de VIP y donde están reunidos familiares, periodistas, amigos y autoridades provinciales. No hay protocolo, sino una montaña de abrazos, de saludos, de “¿cómo anda la familia?” y recuerdos del pueblo. Sus asistentes lo tienen que llamar a los gritos para sacarlo del tumulto. Serán los únicos que le digan Facundo en toda la noche.

En el patio de la escuela, la platea está ocupada sobre todo por docentes, estudiantes y vecinos. Daniel Arimay, concejal de Salto y amigo de la infancia de Manes, recuerda el pésimo temperamento que tenía el neurocientífico jugando al fútbol, y las tarjetas rojas que recibió por protestarle al árbitro. Mirta Serodio, la directora brava del colegio, lo recuerda con un sonrisa. Nancy Rosatto habla de un campamento de chicos, y de cómo ayudó a su madre cuando ya era médico. Haydee Montejano y Silvia Bisso, autoridades del colegio San Martín y organizadoras de la charla, confirman que era más bravo que los chicos de ahora, que con su grupo de amigos alguna vez se metieron al colegio de noche a pasear por los techos. Cecilia Seleme lo recuerda como un alumno regular, muy inquieto aunque no de los mejores. Todos en Salto tienen una anécdota con Manes para contar.

“La memoria es como islas en un mar de olvido. La mayor parte se olvida y uno recuerda solo que lo emociona. Recién estaba tomando mate en lo de mi vieja, acá a una cuadra, y vino un amigo y me contaba anécdotas que no recordaba, pero me las decía, se me iluminaba la mente y volvían. Básicamente uno recuerda lo que lo emociona y acá estuve muy emocionado”, cuenta Manes a Clarín.

Como si fuese un recital, en el patio del colegio la gente empieza a aplaudir para apurar el show. El que primero sale es su hermano Gastón, quien se lleva una cortina de aplausos, pero al aparecer Goropo, el patio se cae abajo en ovaciones. Hay un sentido de pertenencia muy fuerte en el aire, como si se tratarse de una fiesta local con la excusa de un libro.

Y del libro se hablará poco. Manes recordará sus años en el colegio, lo difícil que fue irse de Salto a Buenos Aires (“más difícil que irse de Argentina al exterior”, dice). De la imprenta Gutenberg, de la cumbia del Lechón Bobillo, lugares y nombres que hacen que la platea local reviente en aplausos. Pero el suyo también es un discurso político. Habla del país que quiere, de invertir en la gente, del impuesto cognitivo que trae la pobreza y de cerrar la verdadera grieta, la que se da entre aquellos que hoy pueden acceder a la educación y a un plato de comida y los que no, “en el país que produce alimentos para 400 millones de personas”.

Manes menciona a los padres fundadores, le agradece a la ilustración de Sarmiento los Houssay y los Favaloro. Pedirá que a los docentes se les pague como corresponde. “El rol del docente será cada vez más importante, pero para eso tiene que estar inspirado, con la autoestima alta. No solo tenemos que pagarle bien, también tenemos que poner su trabajo como el más importante. ¿Qué trabajo es más importante que formar a los futuros dirigentes, jueces, científicos, presidentes?”, preguntó Manes. Abajo, en la primera fila, lo seguía atentamente Daniel Salvador, vice de María Eugenia Vidal en la Provincia.

También remarcó Manes la necesidad de hacer un pacto similar al del 83, en el regreso a la democracia, para saltar las cuestiones partidarias y lograr políticas públicas respecto a la ciencia. “Si el conocimiento fuese un Mundial, hoy ni lo jugamos, no clasificamos”. Tras 40 minutos de discurso, cerró citando palabras de Borges dichas a Alfonsín “Los argentinos no solo tenemos el derecho, sino también el deber de la esperanza”. Ovación de pie.

Luego se formaría otra nube, esta vez de vecinos que fueron a saludarlo, agradecerle y pedir que les firmara el libro. Manes tardó una hora y media más en bajar del escenario, pero todos se fueron con una dedicatoria. Florencia Villar, una sáltense de 16 años que quiere estudiar Medicina forense, salió del colegio lagrimeando cuando consiguió cambiar unas palabras con su ídolo. La emociona tener una figura tan conocida a nivel mundial que sea del pueblo. Y que haya ido a su misma escuela.

Enfrente del colegio, el Club Atlético Compañía General aguardaba con una choriceada, a la que hubo que regularle el fuego a la espera de que terminen los saludos. Ya cerca de las once, el ciudadano ilustre de Salto se pudo sentar en el club de toda su vida a descansar un rato la mente y compartir unas empanadas con la banda del colegio. Como cualquier hijo de vecino.