Crónica de la vuelta de Facundo Manes al patio de su escuela primaria: “Uno es lo que lo emociona”

Infobae

El neurocientífico presentó su libro en Salto, su pueblo natal, y dio un discurso con el que se vislumbra una carrera política. Cómo lo recuerdan sus maestras, sus amigos y su primer jefe.

Una de las diferencias de Facundo Manes con Daniel Mantovi, el personaje que compuso Oscar Martínez en la película El Ciudadano Ilustre, es que él nunca se fue del todo de Salto. El escritor premio Nobel del film de Cohn y Duprat se muda a Europa y borra de su memoria y de sus emociones todo vínculo con la tierra que lo vio crecer.

En cambio para Facundo Manes, que tiene a su mamá Dora y a sus amigos en esta pequeña ciudad de la pampa bonaerense, todo empieza y termina aquí: “Uno es y recuerda lo que lo emociona”, dice, de pie, en el patio de la escuela pública General Don José de San Martín.

Habla con los brazos abiertos, frente a muchísimas personas que lo observan con la admiración con la que se mira a una celebridad y la naturalidad con la que se recibe a un hijo de la tierra. El público, su gente, se deja envolver por el abrazo imaginario que les da este predicador de la ciencia y la empatía. A pesar de su paso por Cambridge y su rol en la Fundación Favaloro, aquí Manes es menos un “ciudadano” que un “vecino” ilustre. Es menos un médico que un orador.

“No hay lugar más importante que el patio de la escuela de uno”, les dice a las mujeres (gran mayoría) y hombres del pueblo –incluidos varios intendentes de la zona y el vicegobernador de la Provincia Daniel Salvador– que se acercaron para escucharlo presentar su tercer libro, “El cerebro del futuro” (Planeta), una vez más hecho a cuatro manos con Mateo Niro.

Mientras habla desde un atril, Manes repasa caras conocidas y la arquitectura del lugar que lo contuvo y lo educó durante su infancia y adolescencia. La escenografía es la misma. Las mismas paredes de ladrillo a la vista, las mismas columnas pintadas de verde oliva, las baldosas rojas que se pusieron en los ’70 cuando se inauguró la escuela y el mismo eco de aquella mañana de la primavera democrática, cuando habló, en ese mismo y exacto lugar, como flamante presidente del Centro de Estudiantes, a la misma distancia de Gastón, su hermano, especie de reflejo o mellizo o complemento de Facundo desde siempre.

“No son uno sin el otro”, suspira y sonríe Dora, la mamá de los dos.

“Fundamos el Centro de Estudiantes. Yo escribí el estatuto. El tenía 14 y yo 15. Ganamos con el 82% de los votos y le preparé el discurso. ‘Goropo’ ya era un gran hablador”, cuenta Gastón, a quien aquí todos le dicen “Chinchu”.

Goropo es el apodo por el que todos en Salto conocen al doctor Manes. Goropito le decían las profesoras de teatro vocacional y los compañeros del equipo Compañía, donde jugaba de 9, potente, siempre bien ubicado en el área, asmático y calentón. “Fue el único tipo que se hizo echar por gritarle su propio gol al árbitro en la cara. Es récord mundial”, se ríe Néstor Rollin, el hombre que le dio trabajo en la imprenta Gutenberg, para la misma época del Centro de Estudiantes. Goropo lavaba autos para hacerse unos mangos, “y entrar a la imprenta como cadete implicó un salto de calidad”, relata su viejo empleador, entre bromas.

Goropo y Chinchulín eran los payasos de un circo que todas las temporadas anclaba en Salto. Y cada año, Facundo y Gastón, aún en edad primaria, corrían hasta el predio a donde llegaba la troupe y se ofrecían a ayudarlos y acomodaban las sillas en la carpa, entre leones, monos y trapecistas. La habilidad para hacerse un lugar en el mundo ya asomaba en la dupla Manes. De esa forma, conseguían entrar gratis a las funciones. Y así les quedó el mote. Goropo y Chinchu, los hermanos, mitad payasos, mitad emprendedores precoces.

“Era carismático, revoltoso, hablador, elocuente”, revela Mirta Serodio, su maestra de 4º grado y luego directora durante el tiempo que duró su primaria. Al lado sonríe Estela Sterpetti, que lo tuvo en 6º y 7º: “Siempre estaba dispuesto a responder, era locuaz y curioso”, cuenta y las dos maestras recuerdan casi al mismo tiempo un viaje de estudios que hicieron al Palacio San José, en Entre Ríos.

El pequeño Manes se apartó del grupo de alumnos y docentes atraído por una mujer grande que rezaba sola. Le habló y la anciana le contó que era la bisnieta del general Justo José de Urquiza. “Volvió enloquecido, y le dijimos que le hiciera un reportaje así que fue y la entrevistó. Era un chico que se interesaba por la parte educativa y por las novedades. Ese día andaba contento de haber encontrado a la señora”, recuerda Estela.

De zapatillas de cuero marrones, jean y sweater azules, sin traje ni camisa, Manes elige presentar su libro menos con información de sus páginas que con su manera de ver el mundo y sus observaciones para hacerlo mejor. “La política es una gran herramienta de transformación social”, elogia y hace foco en la educación como corazón de su discurso: pública, gratuita, integral, de ser humano a ser humano. “El valor de las maestras es esencial para que los chicos aprendan. No es lo mismo una persona que una pantalla”, explica desde el atril.

Su discurso es menos una autocelebración editorial que un mensaje de campaña electoral centrado en el valor de la escuela pública, el poder del conocimiento y los proyectos a largo plazo. Lanza frases contundentes que valen aplausos de su pueblo: “Alberdi, Sarmiento, Jauretche, Perón, Frondizi y nuestro querido Raúl Alfonsín defendieron la escuela pública, no necesitaron encuestas para saber si había que hacerlo”. Y también: “La pobreza produce un impuesto cognitivo. Y la mitad de los adolescentes en Argentina viven en la pobreza. Hay que invertir en la gente. Si no lo hacemos vamos a quedar atrás. Hoy no entramos al Mundial del conocimiento”.

Entre la multitud que busca darle un abrazo, recordarle una anécdota de hace tres décadas o pedirle una firma para su ejemplar está Tita Bonfiglio, su maestra de 1º grado. “Era inquieto, curioso, siempre terminaba antes las tareas y apuraba a sus compañeros, siempre preguntaba por qué a todo”, rememora la mujer.

Pero Manes no era un chico que se encerraba en su habitación a estudiar. Al que se le pregunte aquí en Salto cómo era de pibe o adolescente, cualquiera dice más o menos lo mismo: “Travieso, callejero, atorrante”, sueltan unos. “Le gustaban las chicas, le gustaba salir”, cuentan otros. “Si se tiene que volver a dedo a Buenos Aires, lo hace, no es un científico de esos que no saben cruzar la calle”, sintetiza Rollin.

Manes llegó a Salto el viernes, día de la presentación del libro, y se fue a tomar mates a la casa de su mamá, a metros de la escuela y del club. Lo visitó uno de sus compañeros de la secundaria. Recordaron anécdotas, algunas irreproducibles. Si un curioso indaga en ese pasado extraoficial, escucha palabras clave sobre las que nadie aquí prefiere profundizar, para no dañar la imagen de la eminencia, pero sobre las que muchos se ríen con la mano delante de la boca. Hablando de “sapos” o de “la foto con Francescoli”. Esas historias quedan por ahora en el misterio. Hay que cuidar al vecino ilustre.

Aníbal, un viejo periodista local, poeta y disk jockey de los años 80, se hace un lugar entre la multitud que lo abraza y le alcanza un sobre papel madera. Se dan un abrazo interminable. Manos lo abraza con cariño. Le da besos en el cuello. Se ríen. Aníbal cuenta que a “Goropo” lo quiere “como a un hijo”, que lo conoció mientras él le hacía una entrevista a su padre, el médico Pedro Manes, para el diario local. “El papá me estaba contando que había estudiado con el Che Guevara y de repente aparecieron dos enanos que interrumpieron la nota. Eran Goropito y Chinchu, dos pibes divinos”, recuerda.

Y Aníbal recuerda las veces que lo ayudó a salir de algún problema callejero en su adolescencia, o cuando Manes le pedía que le escribiera sus poemas, las “anibaladas”, decía él, o aquella noche que en el boliche del pueblo, mientras cantaba un tal Daniel Altamirano, Facundo entró a los gritos, contaminando el show, y el cantor preguntó fuerte y enojado: “¿Quién le abrió la tranquera a este?”. Aníbal se ríe y piensa en voz alta: “Qué pensaría el gran Altamirano ahora si lo viera”.

Sus amigos de la infancia Chori y Juan Manuel recuerdan travesuras, pero también que ya de pibes Facundo “traía al grupo cosas de afuera, igual que hace ahora”. En esa época, cuando Manes venía los fines de semana desde Buenos Aires, donde estudiaba, recitaba en los asados poemas de Neruda y Benedetti. Sus amigos se pechean y se ríen. “Era un distinto. Pero claro, algunos lo cargaban por esa poesía. Son los mismos que hoy lo joden con todo lo que ha conseguido, entre amigos hay esa confianza”.

Muchos o quizá todos ven en Manes una carrera política en lo inmediato. Las palabras que regala desde el atril parecen orientarse en ese sentido. Su maestra Estela lo ve como algo positivo: “Lo veo como un político positivo para el crecimiento de la sociedad que él pretende”, dice su maestra Estela. En cambio Mirta, lo prefiere en su rol de científico y comunicador: “Lo veo en política, pero no quisiera que dejara su carrera. Sería una lástima que lo pierda la ciencia”.

“El siempre estuvo en política, de pibe ya militaba en la UCR junto a su hermano”, cuenta el imprentero Rollin, que llegó para el final del discurso. Dice que lo vino a saludar porque si no lo hacía quedaba mal, pero que él es de perfil bajo y si Facundo lo ve desde el escenario es capaz de nombrarlo y eso lo incomoda. Mientras charla con Infobae se debate en ir con el resto del pueblo a comer unos choripanes que Manes aportará como corolario de la celebración en el Compañía, frente a la cancha donde jugaba de 9.

Rollin lo mira de lejos, y ve a aquel pibe que lavaba autos y le hacía changas en su local para tener con qué salir el fin de semana, puede atravesar la barrera de los recuerdos y observa al muchachito que usaba la 9 verde de Compañía, al adolescente que sabía que había que estudiar y trabajar, ese mismo que al llegar a Salto dijo: “Uno olvida todo en la vida. La memoria son islas en el océano del olvido. Yo recuerdo lo que me emociona. Y estar acá es llenarse de emociones”.

Entonces Rollin reflexiona en voz alta. “No me sorprende para nada lo que llegó a ser. Y lo que le queda. Los padres le inculcaron todo. Nunca le faltó nada, pero nunca le regalaron nada. Siempre tuvo carisma y capacidad”, dice con emoción el viejo jefe del ahora ciudadano ilustre. Pero el gesto de conmoción se le va enseguida.

“Ah, eso sí”, advierte mientras acaricia la tapa negra del nuevo libro de “Goropo”, donde resalta el dibujo de un cerebro que parece una constelación, el imprentero advierte sobre lo más peligroso que tiene la amistad con Manes: “No le den para cebar los mates, que es un desastre”.