¿Quién quiere vivir para siempre?

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Diversos promotores de la ciencia ficción han explorado la idea de transferir la mente de un individuo de carne y hueso a un formato artificial (a una computadora). Según sus cavilaciones, esto sería posible si se logra realizar un escaneo completo del estado del cerebro de una persona de modo que podamos replicarlo en otro formato.

El director de ingeniería de Google, Raymond Kurzweil, afirma que esto es algo que podría desarrollarse en un futuro cercano y ser una de las claves para alcanzar una especie de inmortalidad: la inmortalidad digital.

En la actualidad, Sebastian Seung, en la Universidad de Princeton, está tratando de lograr un mapa de todas las conexiones del cerebro de un roedor, lo que fue denominado como “el conectoma del cerebro”.

Pero sabemos bien que mapear el cerebro humano resultaría una hazaña bastante más compleja.

Lograr un mapa así de detallado requiere la friolera dimensión de un zettabyte de capacidad para almacenarlo (1.000.000.000.000 de gigabytes, lo que alcanzaría para guardar un equivalente a 110 millones de películas de 2 horas de duración en alta definición).

Y tenemos que considerar que solo abarcaría las conexiones del cerebro; así que también sería necesaria la información correspondiente a toda la actividad química y eléctrica del cerebro junto con esas conexiones.

Esta idea ha despertado críticas de neurocientíficos como Kenneth Miller, profesor en la Universidad Columbia, quien sostiene que la tecnología necesaria para llevar adelante esta tarea tomaría al menos varios cientos de años, aunque no descarta la posibilidad teórica.

Mientras tanto, otros plantean críticas de las limitaciones teóricas y afirman que esto no es realizable.

La posibilidad de transferir la mente a otro formato descansa sobre la postura que considera que la mente es consecuencia de las relaciones funcionales entre determinados elementos físicos.

Dado un input, los miles de millones de neuronas del cerebro reaccionan de un modo particular y generan un resultado preciso.

Siguiendo esta idea, si es posible emular esas mismas relaciones funcionales en el formato de silicona de las computadoras que no sea el orgánico y biológico del cerebro, entonces se podría replicar un cerebro humano y, por lo tanto, una mente que puede vivir para siempre.

Sin embargo, no es posible concebir la mente tan solo como una computadora aislada del cuerpo. Sabemos que los estados corporales afectan procesos mentales como las emociones o la toma de decisiones.

La mente es concebida como una consecuencia del conjunto del cuerpo y no solamente del cerebro. La idea de la inmortalidad digital se reduce a la validez de la hipótesis computacional de la mente; entonces sería posible reproducir la mente humana en otro sustrato que no sea el biológico, sino el computacional.

La búsqueda de la inmortalidad ha sido una fantasía y un deseo, objeto de mitos y leyendas. Eso que se puede pensar como el mayor bien que se puede alcanzar, también ha sido visto como una carga.

¿Qué es lo que propone, si no, la tragedia colectiva de Las intermitencias de la muerte, de José Saramago?

Highlander, el famoso filme con música de Queen que fascinó hace algunas décadas. ¿Por qué allí el protagonista puesto en la piel de Christopher Lambert, Connor MacLeod, vive su inmortalidad como una desgracia?

Ni más ni menos que por la consecuente soledad: murió el amor de su vida, como seguirán muriendo cada uno de ellos, y solo le quedará la fatal condición de sobrevivir entre extraños padeciendo su destino de inmortalidad.

Un héroe que eligió la verdadera gracia, aunque finita, del ser humano.