La evolución de las políticas públicas

Clarín
Imaginemos acá una situación que sucede regularmente en despachos de gobierno: el decisor político reúne en su despacho a sus más allegados asesores para plantear la implementación de una política pública específica como, por caso, el aumento de una tasa para la concreción de una obra pública o una campaña a favor del uso del casco para los conductores de motos, de alimentación saludable o de separación de residuos en origen. Si bien cada uno opinará según sus propias ideas y experiencias, dicha decisión, al fin y al cabo, estará signada por la eficacia que posea; es decir, por el impacto (bueno, malo, nulo o alto) que tenga en la sociedad.

Es por eso que, además de las capacidades técnicas y las intuiciones de las áreas de gobierno pertinentes, el diseño y la implementación de las políticas deben estar orientadas también por un conocimiento que comprenda cómo las personas piensan, se comportan y actúan en la realidad.

El estudio del comportamiento humano no es reciente, pero dos hitos contribuyeron a renovar el interés por las ciencias de la conducta. El primero se vincula con los avances en neurociencia que han sido fundamentales para impulsar la agenda de desarrollo. El segundo hito se remonta a fines de los años 90 y principios del 2000, cuando los economistas redescubrieron la psicología y su aporte a las teorías económicas a partir del trabajo de Daniel Kahneman y Amos Tversky, dos psicólogos abocados a entender el comportamiento humano real a diferencia del sujeto ideal, 100% racional y perfectamente informado que hasta entonces la economía neoclásica consideraba. Esta perspectiva propició el desarrollo de nuevos campos de estudio interdisciplinarios, como la economía del comportamiento, y generó la oportunidad de intervenir en políticas públicas.

Según esta nueva concepción, muchas de las decisiones que tomamos cotidianamente son automáticas o intuitivas, es decir, no tienen detrás un proceso largo de deliberación y consideración de todas las ventajas y desventajas posibles. Asimismo, se advierte que es el contexto en el que nos desarrollamos e interactuamos habitualmente el que condiciona -a través de los sesgos sociales- nuestras conductas y toma automatizada de decisiones. A partir de estas ideas del funcionamiento cognitivo y social de las personas, el economista Richard Thaler, premio Nobel de Economía en 2017, propuso los conceptos de “empujoncitos” (nudges) y de “arquitectura de alternativas” (choice architecture) para promover decisiones que favorecen cierto tipo de conductas. Estos nudges consisten en pequeños trucos que ayudan a nuestro cerebro a tomar mejores decisiones y pueden ser de gran utilidad para mejorar la eficacia de las prácticas. Se trata de microintervenciones en el diseño y la implementación de las políticas públicas que pueden generar un gran impacto, mejorando la efectividad al adecuarse al comportamiento real de las personas.

Así, el modo en que están dispuestos los alimentos en las góndolas de un supermercado o en el mostrador de una cafetería puede hacer que elijamos determinadas opciones más saludables en lugar de otras, por encontrarlas de modo más accesibles; el tamaño de los envases o recipientes de alimentos pueden influir en que comamos mayor o menor cantidad de comida, independientemente de la clase de comida o del hambre que tengamos; el modo en que está diseñado un formulario influye en que lo completemos en forma adecuada; saber que otras personas de nuestro barrio separan y reciclan la basura propicia que llevemos a cabo determinadas conductas. Cuando el contexto hace más fáciles las opciones que favorecen la salud, la economía o el ambiente de los individuos y el Estado cuenta con las herramientas para mejorar el abanico de opciones disponibles, debe hacerlo ineludiblemente.

Esto no significa interferir en la libre elección de las personas, sino facilitar el camino hacia las opciones menos perjudiciales (o más beneficiosas). Así como el GPS nos orienta el camino, pero no nos obliga a tomarlo.

Como vemos, las neurociencias y las ciencias del comportamiento poseen un amplio campo de acción para ayudar a diseñar mejores políticas públicas y, en particular, políticas sociales. La exitosa experiencia del Behavioural Insights Team (BIT) del Reino Unido, primera institución gubernamental dedicada a la aplicación de las ciencias de la conducta, ha inspirado a que un mayor número de países expresaran interés en el uso de los principios de las ciencias de la conducta como herramientas para diseñar programas y políticas públicas más eficaces. Países como Estados Unidos, Dinamarca, Australia, los Países Bajos y Singapur ya tienen su BIT; sin embargo, hasta ahora no existe una experiencia así en países en vías de desarrollo (¡donde más se los necesita!).

Desde nuestra región, con Fundación INECO y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), lanzamos la primera Red Latinoamericana de Conducta Humana y Políticas Públicas cuyo objetivo es fomentar soluciones innovadoras en áreas como desarrollo social, educación y salud. También se ha puesto en marcha el Instituto de Neurociencias y Políticas Públicas, convocando a colaborar a especialistas de diferentes disciplinas.

Se trata de sumar evidencia científica a ese proceso que sucede cotidianamente entre quienes deben tomar decisiones de impacto sobre la sociedad. Para que al fin de cuentas la política pueda ser, más y mejor, el arte de lo posible.

Facundo Manes es Doctor en ciencias de la Universidad de Cambridge. Neurólogo, neurocientífico, rector de la Universidad Favaloro e investigador del CONICET