¿Cómo reconocemos al otro?

Diario Popular

Dos personas se cruzan por casualidad en la calle después de mucho tiempo en el que no se vieron: dudan, se miran, se estudian y, luego de unos brevísimos instantes, se detienen para hablar de cómo les va en la vida.

Esto que se produjo es un fenómeno muy complejo y fascinante que tuvo lugar principalmente dentro del cerebro de los dos protagonistas: se reconocieron. Y todo sucedió en milésimas de segundos. Los rasgos faciales constituyen, a simple vista, lo más distintivo de una persona y quizás por eso conforman un objeto visual sumamente complejo.

Nuestro cerebro cuenta con una red cerebral especializada en el reconocimiento facial que permite detectar un rostro determinado en menos de 100 milisegundos. Esto es: ¡menos que un parpadeo! Esta red se activa ante la presencia de un rostro y estaría implicada en codificar la información facial. Bebés de 1 a 3 días ya poseen una habilidad muy eficaz para reconocer una cara y distinguirla de otra. Incluso estos bebés pueden determinar entre dos caras si se les recorta la parte del pelo y sólo se les muestra la parte interna (aunque, otro dato curioso, les es imposible discriminar caras cuando están invertidas como sí podemos hacer los adultos). Resulta probable, entonces, que dispongamos de un sistema neuronal de reconocimiento de caras ya preestablecido al nacer que espera de la experiencia y del entorno para perfeccionarse.

Diversas investigaciones han sugerido que las primeras impresiones que formamos de las demás personas pueden clasificarse en diferentes dimensiones. Una de ellas es la “accesibilidad”. Se trata de deducir cuáles son posiblemente las intenciones de la persona que tenemos frente a nosotros. Es así cómo captamos si nos ayudará o si esa otra persona representa un peligro y nos hará algún daño. Por ejemplo, los rostros sonrientes o que aparentan felicidad son considerados más accesibles que los que expresan enojo. La “dominancia” es otro de los parámetros que evaluamos. En este caso, interpretamos si la persona tiene la determinación de llevar a cabo sus intenciones sobre nosotros. Percibimos, entonces, si puede ayudarnos o dañarnos. Por último, atendemos también una dimensión de “atracción” que implica suponer si estamos ante un posible rival o de una potencial pareja romántica.

Como dijimos, todas estas habilidades dependen de una compleja red de regiones del cerebro, gracias a la que somos capaces de identificar, comprender y extraer información sobre los rostros de manera automática y muy rápidamente. Esta habilidad ha sido vital para las interacciones sociales y, por supuesto, para nuestra supervivencia.