La fascinante novela de la mente

Revista Ñ
Por Betina González

Neurociencias. Récord de ventas, los libros que tienen al cerebro como protagonista fueron cambiando. Pasado y presente de un género que es boom.

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Unos chicos miran una animación donde un personaje tiene unos chocolates, otro lo convence de que le convide algunos y un tercero se las ingenia para robárselos. Al final del video, los chicos tienen que decidir de quién se harían amigos. Pasamos a otra escena: en ésta, un grupo de personas intercambia su lugar en una mesa del Tortoni para ver si el mozo recuerda sus pedidos. Y, todavía en otro cuadro, hombres y mujeres escépticos afirman que sintieron un contacto con lo divino luego de ponerse un casco que emite ondas electromagnéticas.

Estas tres escenas tan disímiles provienen de experimentos en neurociencias y están contadas en libros que, a falta de una mejor etiqueta, todavía llamamos de “divulgación”. Se trata de, en orden de aparición, La vida secreta de la mente , de Mariano Sigman, Usar el cerebro, de Facundo Manes y Mateo Niro, y Las neuronas de Dios , de Diego Golombek.

Más allá de su filiación común, otro punto importante que comparten es su potencial narrativo. Son o podrían ser relatos. Podemos imaginarlas dentro de una película o una novela. Y, por eso, sirven de punto de partida para entender por qué los libros de neurociencias alcanzan hoy récords de ventas y cómo fueron cambiando los imaginarios sociales en torno a esa área del conocimiento.

Claro que el éxito de estos libros va de la mano de los enormes avances en el mapeo del cerebro (y en la descripción de su funcionamiento) que se vienen publicando en los últimos años. Durante los 90 y los 2000, gran parte de esos descubrimientos se difundieron en forma de imágenes o escaneos de la corteza cerebral. Así, las mismas técnicas de fMRI que permitieron probar hipótesis científicas sobre la geografía de ese órgano también hicieron “visible” para un público masivo el secreto de lo que ocurre dentro de nuestras cabezas cuando leemos, dibujamos, comemos o nos enojamos.

Esa maravilla de la técnica parecía confirmar por otras vías postulados que las novelas y películas venían imaginando desde fines de los 80. Desde los personajes de Philip K. Dick, torturados por recuerdos implantados o hemisferios disociados, hasta los enamorados sin memoria de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos , la ficción llegó antes que la ciencia a señalar que, en vez de los robots o las naves espaciales, el desafío del futuro iba ser el del conocimiento de nuestra mente. Así, en las aulas de la UBA en los 90, se leían los relatos de Dick o las distopías ciberpunks con igual pasión que las historias de Oliver Sacks sobre patologías neurológicas o las ideas de Baudrillard sobre el impacto de las nuevas tecnologías.

A tal punto llega esta moda que en inglés ya existe el término brain porn para referirse a la trivialización de los resultados científicos y a la demanda cultural casi obscena de explicaciones “neuro” para cualquier cosa. “Es cierto que se exagera y estamos en la era del neurotodo (neuromarketing, neuroliderazgo, neurohelados”, ironiza Golombek, “pero no es menos cierto que sí existen avances tremendos en este modelo del ‘conócete a ti mismo’”. Manes y Niro también son conscientes del problema y dedican toda una sección de su libro a desestimar las recetas del neuro-marketing. Por su parte, Sigman recuerda que “el desafío al escribir un libro de divulgación es el de hallar el equilibrio entre verdad y sencillez”, y que contar la práctica científica es lo que distingue a los libros serios de esa inflación cultural del prefijo.

Contar experimentos que muestran cómo los niños aplican nociones de justicia e injusticia, que ponen a prueba la memoria de los mozos o se preguntan por la actividad neuronal de alguien que siente a Dios, es poner el acento en lo que es, en verdad, hacer ciencia. E ilumina la razón por la que leemos estos libros. Esas escenas muestran al científico en su trabajo y marcan nuevos estilos de contar la ciencia, de hacerla entendible y apasionante.

Así como la literatura de anticipación de los 80 predijo muchas de las preguntas de los científicos, también la forma de escribir divulgación cambió mucho desde la publicación deCosmos , el célebre libro de Carl Sagan que marcó esa década. Escrito con pasión y rigurosidad, pero en un estilo todavía enciclopédico, suponía un lector mucho más ingenuo. Con la llegada de Internet y los nuevos medios de información, los libros de ciencias para el público masivo se fueron complejizando. Desde El pulgar del panda, de S. J. Gould (1980), a Los ojos de la mente (2010), de Oliver Sacks, pasando por Breve historia del tiempo (1988), de Stephen Hawking, y otros más, lo que cambió no fue sólo el interés social por ciertas disciplinas (de la biología de la evolución a la astrofísica y las neurociencias), sino también el nivel de información y formación del público. Y los científicos se fueron adaptando a lectores mucho más exigentes.

Será por eso que a ninguno de los autores argentinos consultados le preocupa la etiqueta de “autoayuda”. “Tuve la oportunidad de vivir en los Estados Unidos e Inglaterra y allí los libros de divulgación tienen una gran circulación. En la Argentina, con relación a las neurociencias, eso estaba vacante o recién en sus primeros pasos y entendí que podíamos colaborar para su desarrollo”, dice Facundo Manes. Escrito en un estilo emparentado con la comunicación tradicional de la ciencia, Usar el cerebro se ocupa tanto de una descripción general de ese órgano y sus procesos como de las prácticas saludables para mantenerlo “cada vez más vital”. Sin embargo, no por formativo, el libro supone un lector menos formado. “A diferencia de otros accesos a la lectura (Internet, diario, revistas), antes de leer un libro todos nos transformamos en sofisticados ‘decididores’”, aclara Mateo Niro, su coautor. “Por el tiempo que lleva la lectura, por el dinero que hay que invertir, pensamos mucho antes de comprar un libro. Eso es muy importante para quienes escribimos. Además de acompañar al lector o motivarlo a la continuidad, se le puede exigir. Un ejemplo de esto para nosotros fue la opción de ubicar la descripción biológica del cerebro, o la historia y los alcances de las neurociencias al comienzo del libro, una manera de preparar el equipaje para alguien que está por salir de viaje.” Narrar también es una forma de exigirle a ese lector, obligarlo a que se involucre, a que ponga el cuerpo entero en ese viaje. Es aquí donde el estilo de algunos libros de divulgación se reencuentra con la literatura. Para Todorov un relato, a diferencia del texto expositivo, pone en juego nuestras competencias lógicas en torno a la causalidad y la cronología de las acciones. Leer narrativa implica otro tipo de comprensión, no sólo la incorporación de léxico o conocimiento. Y, como todo escritor sabe, parte del éxito de un relato consiste en frustrar las expectativas del lector. Ese procedimiento es uno de los que privilegia La vida secreta de la mente , un libro que no se limita a describir el cerebro sino que nos cuenta la aventura del origen de nuestro pensamiento y lo que llamamos “conciencia”. Como si fueran pequeños cuentos, Sigman narra experimentos que ponen a prueba los supuestos del sentido común sobre el libre albedrío, la toma de decisiones y el aprendizaje. Pero también nos dice cómo y por qué soñamos, qué son las “corazonadas” y por qué los magos siempre nos cautivan con un mero mazo de cartas. “Hay una especie de ‘instinto docente’ que para mí es indisociable de lo que hago. Compartir es parte de la pasión, del entusiasmo. Además, volver a la ciencia entendible para otros”, señala Sigman, “es también volver a pensarla. Escribir para mí no es sólo divulgar o enseñar, es también un acto creativo que saca a la ciencia de su encapsulamiento y hace aparecer preguntas nuevas”.

Aunque combinada con pasajes más argumentativos (muchas veces en forma de anécdotas), la narración también es clave en el libro de Golombek. “En mi caso”, confiesa, “la pasión por contar llegó antes que la ciencia. Comencé a trabajar en periodismo a los 15 años y, por motivos hasta ahora insondables, aparecí en la Facultad de Ciencias. Juntar ambos universos resultó un camino natural y, si bien al principio continué con una visión periodística de la comunicación (contar la investigación profesional, los hechos de la ciencia), poco a poco fue mutando hacia tratar de contar la mirada. Esto me permitió aprovechar al máximo los recursos de la tele, de los libros. Una vez que el rigor científico está asegurado, todo vale para contagiar el entusiasmo por ver el universo con ojos de científico”. Y si algo muestra Las neuronas de Dios es que el tema de la religiosidad puede abordarse con tanto humor y guiños intertextuales como los que abundan en la literatura.

La ficción no sólo puede prestar al divulgador sus procedimientos narrativos, también abre posibilidades extraordinarias. Así la piensa Sigman: “Desde Borges a los X-Men , lo que la ficción puede darte es la simulación de un escenario disparador de hipótesis y preguntas fascinantes. Hay que tener en cuenta que en neurociencia no hay una gran teoría que conduzca la investigación. Se avanza por ‘fuerza bruta’, a diferencia, por ejemplo de la biología de la evolución, que tiene la de Darwin, o en física, que existe la teoría de la relatividad o la del electromagnetismo. Lo que hay en neurociencias son muchos resultados, casi una enciclopedia del cerebro, pero no una teoría abarcadora. Y de ahí que la ficción actúe, para mí, como un simulador de escenarios exagerados, una fuente de esbozos conjeturales”.

Las tres facetas que Vladimir Nabokov reconocía en los buenos escritores –magia, narración, lección– están presentes también en el trabajo de todos los días del científico. Pero aquellos que se dedican al estudio de la mente tienen todavía una ventaja más sobre sus colegas de otras disciplinas. A diferencia de la astronomía, la botánica o la entomología, las neurociencias interpelan nuestra ilusión de control sobre acciones y decisiones, nuestro delirio de poder. “Al contrario de otros discursos”, recuerda Niro “el de la ciencia, como si fuera un relato policial, permite reconstruir los procesos, y el de las neurociencias en particular te aproxima a una evidencia con la que uno convive todos los días: el propio cerebro”. En este sentido, estos libros no pueden dejar de atraernos: confirman que el verdadero misterio, la trama, somos nosotros mismos.

Betina González es escritora. Su última novela es “América alucinada” (Tusquets)