“Vivimos en piloto automático”

Página 12
Por Andrés Valenzuela

Además de herramientas y conceptos sobre biología y cultura, el libro escrito por el neurocientífico junto a Mateo Niro propone revisar la relación de la sociedad con su historia y su memoria. La presentación fue en una colmada sala Jorge Luis Borges.
“Yo también soy un cerebro argentino y quiero reconocer mi historia, que quizá sea parecida a la de muchos de ustedes”, planteó el neurocientífico Facundo Manes antes de ahondar en su memoria familiar, en su infancia en Arroyo Dulce y en Salto, en los consejos de su padre, de su madre, en las aventuras compartidas con su hermano, en su encuentro con el Premio Nobel César Milstein en Cambridge. Es decir, en todo lo que lo llevó a ser uno de los científicos dedicados al estudio del cerebro más destacados del país. Junto con su amigo Mateo Niro publicó Usar el cerebro, y ese título vendió más de 300.000 ejemplares. El sábado en la Feria del libro de Buenos Aires la dupla presentó su nuevo trabajo, El cerebro argentino, que busca explicar cómo el ambiente, las historias comunes de una sociedad, inciden en los cerebros y condicionan una serie de respuestas ante los avatares de la vida diaria, desde la más íntima y pedestre hasta la vinculada con las formas más complejas de la sociopolítica. El escenario del encuentro fue una sala Jorge Luis Borges colmada de público hasta la última fila de butacas, e incluso con gente de pie, esperando escuchar al investigador de la Fundación Favaloro.

El cerebro argentino se puso a la venta el viernes pasado, apenas un día antes de su presentación en la Feria del libro y según el director editorial del Grupo Planeta –Ignacio Iraola–, el título oficia de continuación del anterior y “nos describe como argentinos”. Niro fungió de presentador de su compañero, dispensó agradecimientos, celebró el éxito del trabajo anterior y ofreció un paneo general del libro capítulo por capítulo. “La bajada de este libro podría ser ‘conocer el cerebro de nuestra sociedad para vivir mejor’, haciendo anclaje en lo que tenemos cerca, en la comunidad de la que formamos parte”, planteó Niro.

Además de algunas herramientas y conceptos básicos sobre biología y cultura, El cerebro de los argentinos propone revisar la relación de la sociedad con su historia y su memoria, la ligazón “que tenemos como pueblo con la adversidad o el sentido de lo imprevisible”, la importancia de la comunidad (aquí, anticipó, exploran la idea de moral y la de viveza criolla), un capítulo más dedicado a cómo se toman las decisiones y un último, enfocado “en la felicidad”. Además, Niro destacó que “el apéndice nos permite completar la bajada real de este libro: una manera de pensar, dialogar y hacer un país mejor”.

“Anatómicamente, el cerebro argentino es igual al de un ruso, un americano, un inglés”, dijo Manes y en ese instante todo el mundo supo que había terminado con los agradecimientos y había comenzado la hora de la neurociencia en lenguaje asequible. “La cultura, las historias compartidas, los demás, la gente que nos rodea influye en nuestros esquemas mentales: nuestro cerebro es una máquina de aprender y tiene la capacidad de modificarse por la experiencia”, comenzó y destacó que gran parte de nuestras acciones diarias se realizan “en piloto automático”. Es decir, que el cerebro va formando reacciones habituales para situaciones más o menos recurrentes de la vida cotidiana. Manes propuso el recorrido por las góndolas del supermercado, pero se aplica también a otras cosas, como manejar un auto. “Volvemos preocupados de nuestro trabajo y ni nos damos cuenta de que estamos por llegar, ¿cómo es que no chocamos? Porque hacemos las cosas en piloto automático”, explicó. “Nos gusta pensar que somos racionales y lógicos, pero la mayor parte del día vivimos en un piloto automático marcado por las experiencias previas”, insistió. “Esto nuestro sistema cognitivo lo hace por eficiencia, así no hay que repetir una racionalización que ya hicimos.”

Este “piloto automático” empujado por la emoción y la experiencia previa, advirtió, también depende “de los esquemas mentales de quienes nos rodean y las historias compartidas de la sociedad”. A todo esto Manes se refirió como “sesgos cognitivos”: el de confirmación y el de optimismo. El primero significa que en una discusión “no escuchamos al otro, sino que básicamente buscamos información en lo que dice que refuerce nuestros pensamientos previos”. Por eso, consideró, no sólo para pensar más y mejor hay que escuchar a los demás, sino para que la sociedad misma mejore hay que evitar escuchar solamente a quienes piensan como uno. “Vamos a resolver peor si sólo pensamos como lo hacen quienes nos rodean”, puntualizó. “Tenemos que esforzarnos en incorporar al que piensa diferente, en nuestra escuela, la empresa, el país”, reclamó mientras entre el público tanto jóvenes como señoras mayores asentían con entusiasmo.

Otro eje en el que se explayó Manes tiene que ver con la corrupción. Comparó Argentina con Dinamarca, pero advirtió que “hay conductas corruptas desde nuestra evolución: los primeros humanos robaban comida a sus vecinos, hay conductas corruptas en las abejas, las hormigas y los chimpancés”. ¿Cómo enfrentarla, entonces? Para Manes la clave está en la sanción social. “No es que el cerebro de un dinamarqués es menos corrupto que el argentino, es que en Dinamarca hay más sanción social, en el otro extremo, en algunos países africanos la corrupción está tan extendida y tiene tan poca sanción social que los pueblos terminan votando a los políticos que les confirman que son corruptos.” Luego, el neurocientífico aportó dos casos muy simples de cómo en Inglaterra se subió la recaudación de impuestos haciéndole creer a los morosos que eran los únicos del barrio que no los pagaban y cómo un simple cambio en la forma de formular una pregunta lleva a una abrumadora mayoría de donantes de órganos posmortem en Austria, contra apenas 12 por ciento en Alemania, “pese a que son países de culturas similares”.

Finalmente, Manes propuso usar este conocimiento de la neurobiología para pensar el futuro político del país. “Nuestra proclama es por qué no cambiamos nuestro sesgo colectivo en pensar un país a largo plazo, una política de Estado con la que todos podamos estar de acuerdo”, arengó. “La última vez que lo logramos fue con la democracia, cuando la mayoría de los argentinos la aceptamos como paradigma, es momento de pensar un nuevo paradigma. Nosotros proponemos el paradigma del conocimiento, a largo plazo, pensar el país que quizás no vamos a llegar a conocer”, llamó.