¿Más tristes pero más sabios?

La Nación

En 1979, las psicólogas estadounidenses Lauren Alloy y Lyn Yvonne Abramson diseñaron un experimento para comparar la percepción de control entre estudiantes deprimidos y no deprimidos. Los participantes debían elegir si apretaban o no un botón. A veces aparecía una luz verde después de apretarlo y a veces aparecía sin haberlo apretado. Las investigadoras armaron distintas series en las que había mayor o menor frecuencia de aparición de la luz. Al final, se les preguntó a los participantes qué grado de control pensaban que habían tenido sobre la aparición de la luz verde, es decir, cuánto creían ellos que habían influido en el encendido o no de la luz verde.
El hallazgo fue que los estudiantes deprimidos eran mucho más eficientes para estimar el control que ejercían en relación a los no deprimidos, quienes solían sobrestimar su grado de influencia sobra la luz demostrando tener una ilusión de control. A partir del estudio, se determinó que las personas deprimidas hacen juicios más precisos sobre la imposibilidad de tener control en situaciones donde, en efecto, no lo tienen.
Pero una década más tarde, las mismas investigadoras encontraron que las personas deprimidas también perciben no tener control en una situación cuando, en efecto, lo tienen. Esto demuestra que su percepción no es más precisa en general, solo en ciertas situaciones específicas. En una revisión reciente de todos estos estudios, investigadores de la Universidad McCaster, en Canadá, llegaron a la conclusión de que las únicas situaciones en donde las personas con depresión estiman mejor es cuando la respuesta correcta es decir que “no”, ya que coincide con el pesimismo típico de la depresión. Nassir Ghaemi, profesor de psiquiatría de la Universidad Tufts, en su libro First Rate Madness, habla del denominado “Realismo melancólico” y cita varios casos históricos en los cuales líderes afectados por depresión, fueron más eficientes para predecir un curso negativo de los acontecimientos.
La respuesta a la pregunta inicial, entonces, es que ni la tristeza nos hace más capaces para transitar todos los escenarios posibles. Ni tampoco la sabiduría nos vuelve fatalmente personas más tristes.