Una buena corazonada

Revista Viva

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Se dice que todas las historias derivan de los clásicos. La de Euríloco, por ejemplo, ese personaje homérico que “barruntando que se trataba de una trampa” se niega a entrar a la morada de Circe, quien a fuerza de brebajes sí logra hechizar a sus compañeros para transformarlos en cerdos. ¿Qué lo llevó a tomar esa decisión intuitiva si hasta entonces no tenía evidencia de lo que le ocurriría?
Nuestra mente decide fundamentalmente a través de dos sistemas que interactúan entre sí. Uno es analítico, demanda trabajo y corresponde a un procesamiento de la información consciente y deliberada. El otro sistema, por el contrario, es automático y asociativo. Podemos decir que no requiere de esfuerzos y que, generalmente, está guiado por las emociones.
Comúnmente llamamos “intuición” a esas corazonadas, esas percepciones en las que no intervienen los razonamientos analíticos. Las neurociencias cognitivas entienden que se trata de asociaciones aprendidas. Estas percepciones se deben a procesamientos veloces que resultaron necesarios en la evolución. Nuestros antepasados discriminaban rápidamente las emociones de enojo, miedo o tristeza en los extraños con los que se cruzaban de modo de garantizar su supervivencia.
Nuestros sentidos están conectados con los centros que se encargan de generar las respuestas emocionales de nuestro cerebro; es por ello que siempre “sentimos” antes de analizar las situaciones.
Estudios realizados por el psicólogo John Bargh de la Universidad de Yale demostraron que las personas realizan evaluaciones sobre personas, objetos y situaciones en solamente fracciones de segundo. Los investigadores Nalini Ambady y Robert Rosenthal observaron que las impresiones sobre los demás se configuran tan rápidamente casi como lo que dura un “parpadeo”. Por ejemplo, registraron que las personas podían tener una idea sobre la calidez de otra persona antes de un analisis deliberado.
Muchos de nuestros juicios se convierten en automáticos si aprendemos a asociar determinadas señales con ciertos sentimientos. Es posible también hacer referencia a una intuición experta que se presenta a partir de la experiencia ganada dentro de una profesión u oficio, como, por ejemplo, les sucede a los mecánicos de autos, que pueden reconocer los problemas con solo darle un vistazo al automóvil.
La intuición a veces (no siempre) beneficia la toma de decisiones. Un estudio llevado a cabo en la Universidad de Ámsterdam relevó el funcionamiento de la intuición en las decisiones. Dividieron a los participantes en tres grupos y les entregaron información compleja acerca de posibles departamentos para vivir. Al primer grupo le solicitaron que dijera sus preferencias inmediatamente después de leer los datos. Mientras tanto, al segundo grupo le otorgaron tiempo para que analizaran conscientemente la información. Sin embargo, sus resultados solo fueron levemente mejores que los del primer grupo. Por último, hicieron que los integrantes del tercer grupo tuvieran un momento de distracción para que pudieran procesar la información compleja de manera inconsciente. Esto es posible porque, como sabemos, cuando nos relajamos, el cerebro procesa información intensamente. La conclusión de esta experiencia mostró que sus juicios fueron más organizados y notablemente mejores. Es decir, cuando tenemos que tomar decisiones complejas, puede ser productivo tomarse un tiempo para esperar el resultado intuitivo de nuestro procesamiento no consciente.
Ahora bien, como la intuición consiste en asociaciones aprendidas, puede manifestarse a través de prejuicios. Así, podemos presentar actitudes implícitas que expresan cautela, miedo o disgusto hacia quienes no nos resultan familiares o que nos recuerdan a personas con las que tuvimos malas experiencias.
“Circe”, como la hechicera de la Odisea, se llama uno de los relatos más famosos de Julio Cortázar de su libro inaugural. Porque sobre el mito homérico apoya su historia de amor, de locura y de muerte de Delia y Mario. Ella, quien hechiza a los hombres con pociones en forma de bombones, y él, quien, al final del cuento, desiste de comerlos y preservar su vida. Como Euríloco, la buena fortuna a fuerza de corazonadas.