Prueban que el gesto de donar activa la oxitocina, hormona del placer

Clarín

La solidaridad como objeto de estudio.
Surge de distintos estudios científicos. “Ser solidarios activa el mecanismo de recompensa”, dice Manes.Experto-solidaridad-empatia-afirma-Manes_CLAIMA20160121_0151_28

La felicidad no siempre suele estar muy lejos ni costar demasiado. Una pequeña donación puede ser suficiente para empezar a sentirse mejor. Distintos estudios han logrado demostrar que el simple gesto de donar puede desatar una inyección de alegría.
La oxitocina es la hormona que se libera durante el sexo. También, cuando la madre amamanta a su bebé. Es decir, es la hormona del placer. Y es, precisamente, la misma que se libera cada vez que hacemos una donación. Paul Zak, jefe del departamento de Neurociencias de la Universidad de Claremont, en California, logró demostrar que el nivel de oxitocina en el cuerpo aumenta hasta 80 por ciento cada vez que se realiza un acto de generosidad.
Facundo Manes, especialista en neurociencias y director de Ineco, lo explica así: “Los estudios neurocientíficos prueban que cuando somos solidarios se activan en nuestro cerebro las áreas asociadas a los mecanismos de recompensa, de modo muy similar a la activación que se produce si recibimos dinero. Así, al hacer donaciones se liberan neurotransmisores como la dopamina y las endorfinas a nivel cerebral, que hacen que sintamos una gran alegría”.
En su libro, La Molécula de la Felicidad, Zak señala: “podemos rastrear la empatía desde el incremento inicial de oxitocina hasta la secreción de dopamina y serotonina que convierte la experiencia en agradable y en algo que deseas repetir, hasta el compromiso social que se produce como resultado”.
Este estudio se suma a otro que en 2008 hizo Michael Norton de la Escuela de Negocios de Harvard. Este investigador pudo determinar que donar dinero aumenta la felicidad de quien dona mucho más que si la hubiera gastado en sí mismo.
La donación, los gestos solidarios, la empatía con el otro se convirtieron en objeto de estudio para la ciencia que busca entender qué nos ocurre cuando logramos calmar el dolor ajeno. Es que la solidaridad parece tener mucho más ventajas que las evidentes: en las universidades de Berkeley y Michigan encontraron que los ancianos que eran solidarios vivían más que los que no lo eran. Y en las de California y Harvard determinaron que las personas generosas producían además un “efecto cascada” porque con sus actos lograban inspirar a otras tres personas a ser solidarias.
Los argentinos no están ajenos: una encuesta de la consultora Voices! –publicada por Clarín en su edición de ayer– mostró que el 24 por ciento de los consultados aseguró sentirse “muy solidario”, mientras que el 55 por ciento se consideró “bastante solidario”. Colectas como la que se hicieron a fin de año para los inundados o la avalancha de donaciones que recibió Lucas Cesio –el chico de la calle que logró terminar la primaria– parecen una muestra de la solidaridad argentina.
“Una de las claves de la solidaridad se encuentra en la empatía –asegura Manes–. Gracias a ella sobrevivimos como especie porque los seres humanos nacemos prematuros respecto a otros primates y necesitamos protección. Desarrollar un cerebro empático fue clave en la evolución para cuidar a los infantes”. Placer y años de vida. Los beneficios de ser solidario están muy alcance de la mano.