Vivir en la ciudad

Revista Viva
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Se llamaron “aguafuertes” a las pequeñas estampas grabadas que popularizaron artistas plásticos como Durero y Rembrandt. En nuestro país, esta palabra repercutió en un sentido metafórico al ser utilizada por uno de los escritores argentinos más importantes del siglo XX: Roberto Arlt. Esos relatos cotidianos, crónicas fragmentarias y comentarios al pasar se transformaron en las célebres Aguafuertes porteñas y supieron poner la luz en los típicos y pintorescos hábitos y personajes de la ciudad. También en sus sombras.

Caos en el tránsito, corridas contra reloj, largas filas esperando el colectivo, en el banco o la oficina pública, bocinazos y polución del aire son algunos de los aspectos que padecemos día a día quienes vivimos en las ciudades. Hoy más de la mitad de la población mundial habita en zonas urbanas y se trata de una tendencia que va en aumento. El estrés que genera su dinámica posee un alto costo emocional.

El estrés social es uno de los aspectos más dañinos de las ciudades. Responde a la presión que se produce a causa de la competencia desmedida en un contexto de lazos sociales débiles. Como ya lo leemos en Arlt, desde las primeras décadas del siglo XX se comenzó advertir sobre el riesgo de sufrir una alteración emocional como la depresión, la ansiedad y el abuso de sustancias en los contextos urbanos. Los barrios con desventajas socioeconómicas o en los que el recambio constante de habitantes da lugar a una frágil integración social tienen mayor porcentaje de trastornos.

Investigadores del Instituto Central de Salud Mental de la Universidad de Heidelberg, en Alemania, observaron que la tensión de la vida urbana afecta circuitos neuronales específicos de estrés en el sistema nervioso central. Estos mismos circuitos se encuentran alterados en personas con trastornos mentales y del estado de ánimo. Las pruebas consistían en resolver problemas aritméticos complejos bajo la presión de recibir comentarios negativos y actitudes reprobatorias. Los voluntarios, que pertenecían a ambientes urbanos y rurales, eran controlados a través de un escaneo cerebral mientras realizaban las tareas. Las áreas que variaban de acuerdo con la procedencia de los voluntarios eran la amígdala, zona clave en el procesamiento de las emociones, y la corteza periungialcingulada anterior (paCC), estructura que contribuye a regular la amígdala y a procesar emociones negativas. Ambas áreas se activaron más intensamente en los habitantes de las ciudades. La investigación también demostró que cuanto mayor es el tiempo que una persona vive en una ciudad, menor es la comunicación entre su amígdala y la paCC. Se concluyó, entonces, que la vida en un ambiente urbano modifica la respuesta del cerebro a las situaciones de estrés social. Por el contrario, son los lazos de los seres queridos los que repercuten positivamente en el comportamiento de estas áreas cerebrales, es decir, el afecto familiar y de los amigos nos protegen de los efectos perjudiciales del estrés.

No se trata de atacar la vida urbana, sino de tomar conciencia de que hay factores dentro de esta que pueden mejorarse para beneficio de la calidad de vida de quienes habitamos las ciudades. La presencia de espacios verdes, la reducción de la contaminación ambiental y, fundamentalmente, la conformación de redes sociales “reales” son aspectos a priorizar. Esto evitaría que las ciudades se conviertan, como describe Roberto Arlt en una de sus Aguafuertes, “en un escenario grotesco y espantoso donde, como en los cartones de Goya, los endemoniados, los ahorcados, los embrujados, los enloquecidos, danzan su zarabanda infernal”.