Neurociencias: detectamos en milésimas de segundos la intención de dañar

La Nación
Por Nora Bär

Un equipo de investigadores argentinos demostró cómo es el proceso cerebral para identificarla; es una capacidad clave para la supervivencia.
salud-2109715w620Al sistema de Justicia puede tomarle meses o años probar que alguien actuó con “dolo”; es decir, maliciosamente, con intención de dañar. Sin embargo, al cerebro humano le lleva menos de un segundo.Pero aunque esto ya se había advertido en diferentes estudios, no se había determinado con certeza qué áreas y circuitos dotan al cerebro de esta habilidad sorprendente. Ahora, poniendo a punto técnicas desarrolladas en el país, el equipo liderado por Agustín Ibáñez, director del Laboratorio de Psicología Experimental y Neurociencias del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco-Conicet-Nufin), logró demostrar cuáles estructuras intervienen y en qué secuencia: la amígdala, una estructura ubicada en la profundidad de los lóbulos temporales del cerebro, no sólo se activa a los 125 milisegundos, sino que recluta otras áreas. El trabajo se publica en Brain, una de las revistas más preciadas de las neurociencias.
“Antes de los tres años, los chicos ya detectan rápida y automáticamente cuándo una persona quiere dañar o agredir a otra -cuenta Ibáñez-. Dos estudios [del neurocientífico francés] Jean Decety en chicos de entre un año y medio, y dos años y medio, ya muestran una hiperatención al daño intencional. Determinar la intencionalidad no sólo es una capacidad crítica para la supervivencia, sino que además juega un papel muy importante en el escenario moral: ante daños equivalentes, sentimos más enojo, más empatía por la víctima y castigamos más al agresor cuando las acciones son a propósito.”
Esta capacidad inspira muchísimo interés entre los neurocientíficos precisamente porque desde un punto de vista moral se le atribuye una importancia cardinal a la intencionalidad: casi el 80 por ciento de las evaluaciones morales se basan en la intención, más que en el resultado de las acciones.

Las dificultades

El gran problema para determinar exactamente dónde nace el impulso es que se trata de un proceso ultrarrápido, y la mayoría de los estudios de neuroimágenes tienen una resolución temporal de un segundo como mínimo.”
En general, los métodos de neuroimágenes son correlacionales: no permiten saber si una área es crítica o no -explica Ibáñez-, ya que suele haber coactivación. Por otro lado, los estudios que tienen alta resolución temporal, como el electroencefalograma o la magnetoencefalografía, tienen muy poca precisión espacial. No hay certeza porque no es una medición directa, sino una estimación matemática.”
Otra dificultad adicional es que la amígdala está rodeada de venitas que pasan a otras estructuras. Y como las neuroimágenes captan cambios en la oxigenación de la sangre, cuando durante un experimento otras áreas que reciben esos vasos sanguíneos se activan, no se puede dilucidar con certeza si es la amígdala o son otras regiones las que intervienen.
Para superar todos estos obstáculos, el grupo contó con el valioso aporte de la primera autora del trabajo, Eugenia Hesse, ingeniera biomédica de la Universidad Favaloro, que está haciendo un doctorado en Ineco. Ella se ocupó de implementar algoritmos necesarios para registrar la actividad de 115 áreas del cerebro por medio de electrodos intracraneales, colocados en tres pacientes del Hospital Italiano que se encontraban a la espera de una cirugía para la epilepsia refractaria a los medicamentos. “Es la mejor técnica para medir actividad cerebral en humanos, la única que mide directamente la actividad cerebral”, subraya Ibáñez.
“Cada sujeto tenía ciento veintiocho electrodos y usamos algoritmos muy complejos para descartar los que tuvieran información epiléptica a partir de información clínica -cuenta Hesse-. Ninguno tenía afectada la amígdala ni áreas cercanas. Usamos todos los controles estandarizados que se emplean en los mejores estudios. Eso nos dio mucha robustez.”
Mientras estaban conectados, se les mostraron videos de 1,7 segundos en los que veían situaciones de daño intencional o accidental, y acciones neutrales.
“En los tres sujetos, de forma sistemática, sólo la amígdala respondía selectivamente, mucho más y en menos de doscientos milisegundos, a las acciones intencionalmente dañinas -ilustra Ibañez-. Pero además predecía la respuesta del sujeto que ocurría segundos después: la activación de la amígdala predecía la respuesta en un porcentaje del 70 por ciento de aciertos, que es muchísimo. Adicionalmente, encontramos que la amígdala se comunicaba selectiva y tempranamente con diversas regiones frontales y del lóbulo temporal, durante la observación de acciones intencionalmente dañinas.”
Para Facundo Manes, rector de la Universidad Favaloro, presidente de la Fundación Ineco y coautor del trabajo: “Este paper marca dos cosas: primero que el conocimiento actual se hace en equipo interdisciplinario, ya no bastan los esfuerzos individuales; segundo, que hoy en la Argentina se puede hacer investigación con técnicas y metodologías de primer nivel. Esta técnica de registro intracraneal con paradigmas cognitivos complejos se hace en pocos lugares del mundo. Buenos Aires está en la vanguardia. Son logros que pueden alcanzarse gracias al ecosistema que hemos creado, donde ingenieros, biólogos, psicólogos, neurólogos, psiquiatras, físicos, matemáticos trabajan juntos; algo que no es común en el mundo. Es el primer trabajo que muestra empíricamente lo que se sospechaba teóricamente.”
Y concluye Ibáñez: “Pudimos demostrar que la amígdala es un área crítica, fundamental, para la detección de la intencionalidad del daño, que es la base de la teoría de la mente, de la cognición moral y de la empatía. No sólo responde en ventanas de menos de doscientos milisegundos, sino que se conecta tempranamente con otras áreas del cerebro, lo cual habla de una «red rápida» en la que la amígdala es central. Nosotros proponemos que la amígdala responde esencialmente a la saliencia o relevancia: es crítica en cualquier evento saliente, especialmente social”.