“Somos menos racionales de lo que creemos”

Clarín
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El neurólogo llena auditorios con sus consejos para mantener el cerebro sano y bate récords de venta con su libro. Apuesta a la educación y a la sociedad del conocimiento.


Pero hostia ¿Tanto revuelo por un tío que viene a hablar del cerebro?”, preguntó Joan Manuel Serrat, en concierto por Tucumán pero desconcertado por la cantidad de gente que convocaba Facundo Manes a la charla titulada Conocer mejor tu mente para vivir mejor.
En cada presentación por las provincias, que recorre como si fuera un candidato presidencial, el neurocientífico firma libros, acepta selfies y responde inquietudes sobre pensamientos, emociones y prioridades nacionales mientras lo tratan como a una celebridad.
Es inusual que su agenda de múltiples vidas de divulgador de la ciencia, neurólogo con pacientes, director de un instituto de investigación, padre de dos chicos y runner por las noches tenga un hueco para conversar a fondo o intentar un proyecto más. Pero como buen nueve de área, jugador del año en la liga universitaria del Cambridge en 1990, habilidoso y zurdo, Manes se sabe desmarcar y queda solo frente a Viva.
“En la Argentina no estamos condenados al éxito, esa es una idea equivocada. Hay que trabajar para alcanzarlo, entender el valor de la educación y el conocimiento, y exigir a los líderes una revolución basada en esos pilares”, lanza Manes, quien pone como ejemplo de ese camino al neurocirujano René Favaloro: “Para mí, él representa lo mejor de este país”.
Manes dio la cara en agosto cuando la ciudad que abrigó su infancia, Salto, fue azotada por la inundación. Agradeció la solidaridad, pero sobre todo apuntaló un mensaje: el futuro argentino se juega en la articulación de la sociedad civil.
Así, mientas da volumen a las neurociencias, forma equipos de trabajo y brinda consejos para el descanso de la mente, se interesa también ahora por introducir la dimensión política en su laboratorio personal. De hecho, Manes se adentra en la charla a metros de una emblemática foto del abrazo entre Juan Domingo Perón y Ricardo Balbín.
“Un principio que permite la interacción social es la capacidad de darnos cuenta de que los otros tienen deseos y creencias diferentes”, tuiteó hace unos días a sus 108 mil seguidores.
Manes sabe que, para impactar a una audiencia, el saludo y los primeros 30 segundos son decisivos. “No sé cómo va a salir la nota, pero cuando entré y te vi jugando con mi hijo Pedrito ya me caíste bien”, halagará al final de la entrevista, en la despedida. Antes no sólo habló: dijo.

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Hace algunos años eras una personalidad reconocida en tu área, pero ahora te convertiste en un personaje mediático. Salís en la tele y te conocen en todo el país. ¿Tu vida hizo un clic en este tiempo?

Yo estoy concentrado en la causa de las neurociencias. Cuando volví a la Argentina, en 2001, era todo psicoanálisis, la mente se asociaba al psicoanálisis. Y hoy mucha gente habla de neurociencias, sobre todo los jóvenes. Desde que regresé me interesó que mi sociedad, la argentina, empezara a conocer los avances de las neurociencias cognitivas modernas. Junto con eso, la otra causa en mi vida es que la sociedad, tal como pidió democracia en los 80, empiece a pedir conocimiento. Estas dos causas son mi vida, más allá de mi familia, de River y de Salto, mi pueblo. Son los dos propósitos: estudiar el cerebro con estándares internacionales desde mi país y, a su vez, que la sociedad argentina no quede fuera de ese conocimiento. Es lo que me lleva a salir en los medios. Mi vida es comunicar, tratar de que ustedes piensen que estudiar el cerebro es fascinante, que la sociedad del conocimiento es fascinante. Era obvio que en algún momento iba a ocurrir lo que ocurre ahora: la Argentina está enamorada de las neurociencias. Es que el mundo también lo está. Vas una semana a París, a Londres, a Nueva York, comprás el New York Times, Le Figaro, El País, y siempre encontrás una nota sobre el cerebro. Yo no inventé las neurociencias; si en el mundo están de moda, ¿por qué el tema no iba a explotar acá? Y para mí es obvio también que la sociedad va a pedir, como hizo la Generación de 1880, que nos concentremos en el conocimiento, del cual la educación de calidad es una parte. Comunicar esto es mi vida y mi lucha. Puedo estar un año sin salir en los medios y no me importa, porque estoy tratando de convencer al portero de que estudiar el cerebro es fascinante. En 2001 no había centros de estudio del cerebro. Nosotros tuvimos que hacer ciencia de primer nivel y pagar hasta el papel higiénico, o sea crear la estructura. En Estados Unidos tendría un sueldo, la universidad ya existiría y le pagaría a la gente que limpia, a los que arreglan las computadoras. Acá nosotros tuvimos que hacer el sistema.

Esta acción que describís ha provocado el efecto de llenar teatros, salas de cine en el interior, clubes de barrio. ¿Qué implica esa popularidad?

Es una cosa increíble lo que está pasando. Desde Puerto Madryn o Gaiman hasta Corrientes y Tucumán, donde entraron 5.000 personas y tuvieron que poner una pantalla gigante en la terraza para los que se quedaron afuera. El vicegobernador de Corrientes dijo que si no cerrábamos la puerta del casino, había 10 cuadras de cola. Y así en todos lados. Pero no lo tomo como un logro propio. En la Argentina nos dividen l pasado y el presente. Ahora, ¿qué nos puede unir? Para mí, el futuro.¿Y en qué contexto? En el paradigma de la educación y el conocimiento. Yo aspiro a que pidamos una sociedad del conocimiento.

¿Qué es exactamente la “sociedad del conocimiento”?

Hoy el capital más importante de un país es el capital intelectual, el capital mental de los ciudadanos. Y para entrar en el camino del conocimiento tenemos que ocuparnos primero de los pobres. En la Argentina, de acuerdo con las estadísticas, hay un 25, 30 por ciento de pobres y un 4 o 5 por ciento de indigentes, según la UCA. Los indigentes a veces no pueden comer. No hay que ser neurólogo para entender que el que no come bien tiene una atrofia cerebral. Pero además la pobreza produce un impuesto cognitivo. El pobre no puede salir del esquema mental de ser pobre. Si nosotros fuéramos pobres aquí, lo único que pensaríamos es qué vamos a comer esta noche y cómo vamos a dormir más cómodos y sintiendo menos frío. Entonces ese 30 por ciento de argentinos que no puede comer bien, pobre e indigente, va a tener un impacto cerebral.

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Café –el de las cápsulas– servirá Josefina y un caniche color café con leche, llamado naturalmente Coffee, logrará congraciarse de entrada con los cronistas. Nada sabe Coffee de neurociencias, pero sí entiende de emociones, y las emociones, al decir del anfitrión, guían las conductas. No lo afirma cualquiera: Facundo Manes, 46 años, las reivindica desde la racionalidad. Es de noche y más de noche será cuando termine la entrevista y vaya desde su departamento con vista a la 9 de Julio hasta Palermo, para cumplir con la rutina del running pautada por su personal trainer. Corre Manes, pero mete la pausa: “Duermo bien, mis ocho horas, no se preocupen. Hago muchas cosas pero sé delegar”. Con Josefina llevan –saca la cuenta en el momento– 14 años de matrimonio. Flechazo, un noviazgo que “duró tres días” y boda en un flash. Tiempos en que Manes vivía en Estados Unidos y la lejanía hacía barajar la posibilidad, luego descartada, de casarse, como hace un siglo, a la distancia. Dos hijos: Manuela (10) y Pedro (7). Pedrito exhibe sus habilidades con la pelota en el living armonioso, de piso de madera y paredes beige suave. Salió futbolero el nene, como su padre. Camisa rosa, pantalón claro, Manes repasa con los cronistas álbumes y fotos sueltas.

Recogemos tu táctica de mostrar una foto emblemática para comunicar y queremos que nos digas qué se activa en el cerebro cuando vemos una imagen como aquella del chico sirio ahogado. ¿Una imagen puede cambiar el mundo?

Sí, una foto así produce una emoción, y las emociones guían las conductas. Así que claramente esa foto puede cambiar el mundo. Y en particular, esa foto a mí me produce dolor, impotencia y también fuerza para intentar poner mi granito de arena para que estas cosas no pasen más. Si la mayoría de nosotros viéramos a este chico ahogándose acá, intentaríamos rescatarlo ahora mismo, porque somos humanos, tenemos la posibilidad de ser altruistas en lo que no vemos. A veces los argentinos somos muy buenos cuando hay inundaciones. En mandar colchones, por ejemplo. Lo he visto en Salto: fuimos, ayudamos. Es altruismo inmediato y somos bárbaros en eso. Familieros, imbatibles. Pero también tenemos que ser altruistas en trabajar, en no ser corruptos, en planificar para que las inundaciones no pasen. Nos cuesta entender a veces que planificar es también ser solidario. Los suecos ya no dan colchones, pero planifican para que no se inunde. Planifican una sociedad.

Cuando decís estas cosas en un teatro, ¿qué reacciones observás?

Veo una sociedad que me supera. Yo digo, convencido racionalmente, que este es el camino, y veo una sociedad que me supera en ganas de hacer cosas. Creo que lo que la gente ve es que mi historia representa eso. Si no fuera por la educación pública argentina, yo no habría navegado por las universidades de Estados Unidos o de Inglaterra. Mis padres seguramente no me habrían pagado una universidad así. Entonces creo que la gente que va a las disertaciones ve a uno de ellos que, vía la educación, tuvo una potencialidad diferente. Si yo hablara de física nuclear no despertaría tanto interés. Pero si les hablo de educación, sí: yo fui diferente gracias a la educación. Mi destino fue diferente por la educación. Sin la educación pública yo no habría sido el que soy. Creo que la gente ve en mí lo que produce la educación.

Combinando tus dos pasiones –las neurociencias y el interés en lo público–, un equipo tuyo trabaja sobre la mentira. ¿Cómo es que la clase dirigente desarrolló tanto los engaños institucionalizados?

Nuestro cerebro es producto de miles, miles y miles de años, o sea que no se lo puede entender como una foto sino como una película bien larga. En algún momento los seres humanos tuvimos la bipedestación (se pone de pie): al ser bípedos adquirimos gestualidad, luego apareció la memoria, otro salto evolutivo dio lugar al lenguaje. No siempre hablamos como ahora. Y en un nuevo salto evolutivo surgió una condición que, según los investigadores, dio lugar a la aparición de nuestro cerebro, que fue la interacción social. Para muchos investigadores de nuestro cerebro y antropólogos, la complejidad de nuestra especie dio lugar en parte al cerebro que tenemos. Somos la única especie que, por caso, hace esta entrevista. Y en cuanto a la lectoescritura, damos por descontado que leemos y escribimos, pero en la historia de la Humanidad eso es nada: 5.000, 7.000 años, nada en la evolución. Muchos investigadores, escépticos, decían que no puede ser que la interacción social haya sido clave para la evolución del cerebro; que los lemures, por ejemplo, tienen interacción. Y en Oxford estudiaron el engaño táctico en chimpancés y encontraron una relación: cuanta más capacidad de engaño tenía una especie de chimpancés, mayor era el grosor de la corteza cerebral. Quiere decir que el engaño táctico, evolutivamente, también es algo que nos hizo humanos. Todos tenemos mentiras cotidianas, como hacerse el dormido en el colectivo para no darle el asiento a una mujer. El punto de tu pregunta es qué pasa con la corrupción. Bueno, muchas especies –no sólo el ser humano– son corruptas. Especies de abejas o de chimpancés tienen conductas corruptas. El hombre, por supuesto, también. En Uganda hay un acostumbramiento a la corrupción. Si uno no es corrupto como político no es votado, porque la gente vota al político que le asegure favores personales. En sectores rurales de China hubo castigos a la policía: echaron a uno honesto porque se negaba a recibir coimas. Con esto digo que la corrupción, el interés en lo propio, está en el cerebro, como en otras especies. Pero, ¿qué hacen los países que se desarrollan? Crear instituciones, crear sanción social.

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No tan lejos de las luces porteñas, a 175 kilómetros, viven tres de sus mejores amigos. Son de Salto, al norte de la provincia de Buenos Aires: Juan Manuel Morán, carpintero; el Turco Seleme, empleado de un frigorífico, y el Chori Minimo, criador de chanchos. Se siente cómodo el neurocientífico más famoso cuando evoca raíces. Se aleja del molde de rockstar que supone su masividad, toma de un mate con sus iniciales (¿“Me bancan que pida un termo?”), no le preocupa el reloj y durante casi dos horas no sonará ni se verá su celular, guardado o desactivado. Durante la nota está hiperactivo (las manos siempre en movimiento, las frases en cataratas ordenadas) pero no hiperconectado, salvo con los periodistas y con dos de los integrantes de su staff que asisten a la charla. Uno es Mateo Niro, licenciado en Letras, coautor de Usar el cerebro, el best seller de Manes que ya vendió más de 300.000 ejemplares. El otro, Martín Maximino, politólogo, master en Política Pública de la Harvard Kennedy School, especialista en campañas y elecciones.

Hacés todo en equipo. Sólo así se explica que te alcance el tiempo para cubrir tantos frentes.

Es como ustedes dicen: formo equipos. Con Mateo hicimos el libro. A Martín lo trajimos de Harvard para que sea director ejecutivo de Educar para Poder, una fundación que estamos armando con muchos amigos, dedicada a la artiuculación con la sociedad civil. Cuando volví a la Argentina, en 2001, fui al Fleni como jefe de un área importante. Tenía casi 33 años y armé equipos de gente joven: biólogos, matemáticos, físicos, que sabían inglés y estaban interesados en el cerebro. Los puse en contacto con todas las universidades del mundo. Y se generó una masa crítica. A los 4 o 5 años de estar ahí, cómodo y mimado, sentía que quería darle forma a un centro de vanguardia sobre ciencia del cerebro, como lo había sido para el arte el Instituto Di Tella. Renuncié. Mi mamá me llamó desde Salto porque no entendía nada… Al final hicimos el Instituto de Neurología Cognitiva (INECO).

¿Dónde queda el inconsciente?

Hoy Freud se habría sorprendido con los avances de las neurociencias, que muestran que la mayoría de nuestros actos son más no conscientes de lo que él imaginó. Vivimos en forma automática. Sólo a veces decidimos racionalmente, lo que implica evaluar los pros y los contras, como yo evalué en tres días la decisión de casarme. Y muchas veces no tenemos los datos. Haciéndola corta: la mayor parte del tiempo decidimos guiados por nuestras emociones, por nuestras experiencias previas. También decidimos por quienes nos rodean. Nuestros compañeros de trabajo, nuestra familia, nuestros amigos influyen en la manera en que sentimos, pensamos y decidimos. También el país en que vivimos. Y hasta la experiencia de nuestros antepasados.

¿Y en vos gana la emoción o el raciocinio?

En mí gana lo que le pasa a cualquier ser humano: pensamos que somos más racionales de lo que somos, pero finalmente somos menos racionales de lo que creemos porque la emoción juega un rol clave. Y yo no soy la excepción.