La familia del paco

Revista Viva
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“Me llamo María Rosa, nací y vivo en Ciudad Oculta. Tengo cuatro hijos, una mamá, un hermano. Y una especie de cartel que me cuelga del cuello. Me llaman ‘la madre del paco’. Aunque no estoy de acuerdo. Al paco no lo parí: yo parí un hijo que está en problemas por fumar basura.”, así comienza el relato de Gustavo Nielsen que se publicará próximamente en Al fin amanece, un libro sobre adicciones editado por Intramed. Se trata de casos reales que narran escritores. Y como lamentablemente no es puro cuento, resulta imprescindible poner a la luz también desde la ciencia la implacable problemática del paco.

El paco es la pasta base de la cocaína (PBC), que se produce en el proceso de extracción del alcaloide cocaína de la hoja de coca. En nuestro país su consumo se instala fundamentalmente en el transcurso de la crisis socioeconómica de comienzos de la década pasada. Y, desde entonces, todo cambia. Como tiene bajo costo de síntesis y es de fácil acceso, se ha difundido principalmente en las zonas socialmente vulnerables. Según las estadísticas, la edad promedio en la que se empieza a consumir es a los 16 años. Es altamente adictiva: la mayoría de quienes han consumido PBC ha desarrollado algún grado de dependencia.

La toxicidad del paco es mayor que la de la cocaína. Se considera que esto, sumado a la temprana edad de inicio en su consumo, provoca daños severos en las regiones subcorticales y frontales del cerebro. Por eso, este tipo de lesiones impacta en múltiples funciones cognitivas y sociales. El perfil de los adictos al paco es diferente al de los adictos a otras sustancias ilegales. Entre otros aspectos, se evidencia una persistencia en el tiempo de la conducta adictiva del PBC que sugiere que se produce una alteración a nivel estructural y funcional en la expresión de ciertos genes.

Resulta preocupante la falta de importantes avances en las investigaciones científicas sobre esta adicción. Al día de hoy no hay estudios clínicos concluyentes sobre los mecanismos de acción y sus efectos. Tampoco se ha realizado un perfil psiquiátrico ni neurobiológico de los consumidores de paco. Todo esto lleva a que no existan estrategias terapéuticas específicas y efectivas. Tanto en Europa como en Estados Unidos el consumo del paco no está extendido como aquí; por consiguiente, la investigación, la prevención y el tratamiento dependen exclusivamente de la comunidad académica de nuestra región. Y por lo tanto, debe ser una prioridad para las políticas de investigación científica el estudio de los mecanismos cognitivos, funcionales y estructurales vinculados con el consumo crónico de PBC, cómo se modifica la expresión de los genes por esta adicción y el impacto que puede tener en el desarrollo.

Según el Estudio Nacional sobre Consumo de Sustancias Psicoactivas del Sedronar, el consumo de paco se incrementó un 200% en los últimos años. Se estima que en nuestro país se consumen 400.000 dosis de paco por día. Es tal la gravedad del problema que representa el uso abusivo de esta droga en nuestra sociedad que las próximas investigaciones tienen que ser el punto de partida para comprender sus efectos sobre el cerebro, especialmente sobre el sistema nervioso central. Esto resulta fundamental para el diseño de tratamientos efectivos. Su conocimiento, a la vez, permitirá diseñar estrategias de prevención y contención social.

Como en otros crímenes y flagelos de nuestra historia, son las madres las que salen a la calle a enfrentar a sus responsables con una fuerza incomparable. Las madres, siempre las madres.