Con inteligencia, trabajó para que las personas sufrieran menos

La Nación

Para llegar a ser Oliver Sacks se necesitan varias cosas: un infinito talento, un contexto que motive y permita que éste se desarrolle, mucha fuerza de voluntad para afrontar los duros desafíos de la vida, rigor en la investigación y el método, y, también, el humanismo y la sensibilidad para con el otro. Sacks fue científico y escritor, pero fue en su arte de médico neurólogo donde encontró la chispa de aquel fuego que lo haría reconocido mundialmente: las historias que, antes que un enfermo, cuenta el ser humano que está sufriendo. Los médicos, previo a la enfermedad, incluso antes que con el síntoma, nos topamos con una persona íntegra que nos cuenta cómo llegó hasta ahí. Y Sacks supo transformar la afección en virtud, le puso el oído y todo el cuerpo, la transformó en escritura bella y, a través de esta, interpeló a todo el mundo sobre el sobreestimado valor de la “normalidad”.

Sacks logró sacudir reflexiones y emociones con sus libros, sus artículos y sus conferencias a lo largo de muchas décadas. Y así fue hasta casi sus últimos días. De hecho, la carta del adiós fue leída y releída en diarios, radios, televisión e infinitamente replicada en redes sociales. Aun en el crepúsculo, seguía vibrando y haciendo vibrar: “Ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda”, dijo como se dice tal cosa.
Y así terminaba la carta a la cual llamó De mi propia vida: “No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores. Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”.
Una vez le escuché decir al recordado director de cine Leonardo Favio que el mundo podía dividirse entre las personas que sufren y las que hacen sufrir. Estoy seguro de que Oliver Sacks perteneció a un tercer sector, el de esos que trabajan día a día, con inteligencia, rigor y pasión, para que las personas sufran menos.
Por todo esto, los agradecidos somos nosotros, querido y admirado Oliver.