El insomnio de una noche de verano

Revista Viva
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El cine ha retratado en numerosas ocasiones uno de los trastornos de sueño más extendidos: el insomnio. En la película Noches blancas, por caso, el personaje encarnado por Al Pacino (Will Dormer) es un detective perturbado que viaja a Alaska junto con su compañero para resolver el asesinato de una adolescente. Pero las soleadas noches de verano de esos rincones del mundo y las investigaciones de “Asuntos Internos” que ponen en riesgo toda su carrera le impiden dormir.

El insomnio es la dificultad para iniciar o mantener el sueño, y afecta su cantidad, su calidad y su eficacia. Quienes lo padecen durante un tiempo prolongado suelen tener un mal rendimiento en sus actividades, se muestran irritables y poseen mayor probabilidad de desarrollar trastornos de ansiedad y depresión. También aumentan los riesgos de tener accidentes porque disminuye la activación psicomotora durante el día. En consecuencia, el insomnio impacta negativamente en la persona en toda su esfera social, interpersonal y laboral. La película lo muestra a través de una situación extrema: la densa niebla y la falta de lucidez del detective lo llevan a caer en una grave confusión y a dispararle a su propio compañero. Así, como un círculo vicioso, el insomnio empeora, le cuesta mantener la atención, sufre alucinaciones y no puede anticipar la acción del asesino (interpretado por Robin Williams), testigo de su insomnio y sus consecuencias.

Tener una personalidad ansiosa y perfeccionista, sentir ansiedad al intentar controlar el ciclo sueño-vigilia, tener tensión muscular elevada cuando se va a iniciar el sueño, asociar la cama con las actividades diurnas y preocuparse por no poder dormir son algunos factores que ocasionan el denominado “insomnio primario”. En cambio, se trata de “insomnio secundario” cuando el trastorno está asociado a otras causas como problemas médicos y psicológicos (por ejemplo el estrés, la depresión, las pesadillas, la apnea y las piernas inquietas, o factores ambientales como los ruidos, la temperatura y la luz).

Es clave desarrollar hábitos y actitudes compatibles con el “buen dormir”. En este sentido, las pautas de higiene del sueño son estrategias cuyo fin es minimizar o eliminar los factores externos que dificultan la conciliación del sueño. Para esto deben evitarse, por ejemplo, la tecnología (teléfono, IPad, TV, emails, etc.) en la cama; el ejercicio físico excesivo varias horas antes de irse a dormir, pues provoca activación fisiológica; beber alcohol dos horas antes de acostarse porque, pese a que actúa como depresor del sistema nervioso central, da lugar a un sueño poco reparador; consumir bebidas, alimentos y medicamentos con cafeína durante las seis horas previas a dormir, dado que sus efectos persisten varias horas luego de su ingesta; fumar y consumir grandes cantidades de azucares porque también actúan como estimulantes.

Este trastorno requiere atención profesional cuando, al menos tres veces por semana durante un mes, iniciar el sueño demora más de 30 minutos, uno se despierta bastante tiempo antes de lo deseado, se duerme menos de seis horas y media, o el sueño no resulta reparador. En general, frente a este trastorno se esperan soluciones espontáneas y mágicas que terminan empeorando la situación. Por el contrario, la adopción de conductas adecuadas para conciliar el sueño es primordial. Y que las noches vuelvan a su color y las ovejitas, sean la cantidad que sean, mansas a su rebaño.