La lección de una doctora

Revista VIVA
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Temple Grandin revolucionó el diseño de los mataderos en busca de que los animales tuvieran una vida y, sobre todo, una muerte menos dolorosa. Pero fue su propia historia de esta doctora en Ciencia Animal la que generó un amplio interés y una gran repercusión internacional, tanto que el célebre neurólogo Oliver Sacks le dedicó uno de sus brillantes relatos, Un antropólogo en Marte, y la señal de televisión HBO estrenó un film cuyo título fue, justamente, su nombre. Hoy, si buscamos en Internet, podemos encontrar testimonios y videos de sus conferencias en universidades y prestigiosas instituciones. Quizás este impacto se dio porque, muchos años antes de estas conferencias, de estas películas y de estos relatos, a sus tres años de edad, a Temple Grandin  le habían diagnosticado “autismo”.

La ciencia considera al autismo como un trastorno del desarrollo que impacta esencialmente en tres áreas: la comunicación, la socialización y la conducta. Los trastornos del espectro autista están referidos a distintos cuadros clínicos que se presentan con diferentes matices. Algunos de ellos consisten en mostrar un interés restringido, tener dificultad en la interacción social, en comportamientos no verbales como el contacto visual, la expresión facial, la reciprocidad emocional y el entendimiento de convenciones sociales.

Hasta el momento no se ha dilucidado la neurobiología del autismo, aunque existe evidencia científica acerca de patrones de activación distintivos en la amígdala, área con un rol clave en el procesamiento de la información emocional, y también en otras áreas como el cerebelo. En un estudio de la Universidad de Columbia se observó la presencia de un exceso de sinapsis, especialmente en las zonas encargadas del procesamiento visual.

La historia de Temple Grandin, especialista en el bienestar de los animales, representa una lección de vida. En 1950, cuando los médicos les comunicaron la condición de ella a sus padres, recomendaron que la internaran en una institución mental. Por entonces el autismo era sinónimo de “daño cerebral”. Su madre desoyó a los especialistas y la incentivó a descubrir el mundo. La ayudó un acompañante que le enseñaba  a hablar, jugar e interactuar con los demás. Así, pudo asistir a una escuela integradora e incluso trabajar en un almacén y, a veces, ayudar a una amiga de la madre en un taller de costura. Aprendió con sumo esfuerzo las normas sociales básicas como saludar, mirar a los ojos y dar la mano pese a no soportar el contacto corporal. Cuando tenía 16 años, permaneció un tiempo en la granja de su hermano, donde se familiarizó con los animales y, a partir de observar cómo el ganado se tranquilizaba al quedar inmovilizado en una máquina que los contenía, diseñó una “máquina de abrazar” como terapia para sí misma. Ingresó a la Universidad, se graduó en Psicología y continuó los estudios de posgrado especializándose en la ciencia animal. No solo innovó el diseño de los corrales de los mataderos sino que fue consultora de grandes cadenas alimenticias y autora de varias publicaciones. Hoy es profesora de la Universidad de Colorado y brinda conferencias sobre autismo -también escribió libros- y sobre su especialización.

Grandin logró superar las dificultades y desarrollar sus habilidades. Y, sin duda, su posibilidad de ver a través de una perspectiva resultó muy útil. “El mundo necesita de diferentes tipos de mentes que trabajen conjuntamente”, enseña a todos con su palabra, con sus acciones, con su mente. Enfocarse en lo que los seres humanos sí podemos hacer parece ser la clave.