Las paradojas del movimiento

Revista VIVA
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Hoy, después de abrir los ojos al despertarnos, seguramente habremos movido la sábana, nos habremos parado al lado de la cama, nos habremos lavado los dientes, habremos movido el picaporte y abierto la puerta de la cocina y habremos puesto la pava para el mate, entre otras tantísimas acciones “sencillas” que realizamos de nuestra vida cada día. Es decir, habremos realizado varios movimientos automáticos, adaptados a un fin determinado. Sin embargo, aun estas acciones voluntarias simples dependen de procesos cognitivos-motores muy complejos.

Existe una condición neurológica en la que estos procesos están alterados, que se denomina “apraxia”. Quienes la padecen tienen inconvenientes para, por ejemplo, hacer gestos y utilizar herramientas aun teniendo la capacidad física para lograrlo.
A principios del siglo pasado, un consejero imperial, conocido como MT por la literatura médica, presentaba lo que para ese entonces era una extraña patología: el movimiento de uno de sus miembros superiores era defectuoso. El neurólogo y psiquiatra alemán Hugo Karl Liepmann analizó a este paciente de 48 años, quien había sido considerado como demente por otros médicos, y dio comienzo así el estudio sistemático de la apraxia. El consejero no podía llevar a cabo de manera exitosa acciones con su brazo derecho. En cambio, si le sujetaban ese brazo, era capaz de ejecutar los movimientos con su mano izquierda a la perfección. Esto probaba que su capacidad para reconocer los objetos y comprender las consignas se encontraba preservada. Esta situación le permitió a Liepmann sostener que las dificultades de MT se debían a una desconexión de los centros sensoriomotores de otros centros implicados en este tipo de movimientos. Años después, al realizarse la autopsia al paciente, se observó una lesión en los dos tercios anteriores del cuerpo calloso (el haz de fibras nerviosas encargado de transmitir la información de un hemisferio cerebral al otro). La gran contribución de este estudio fue señalar que los movimientos planeados y voluntarios tienen una localización cerebral que puede comprometerse en forma selectiva por una lesión.
Hoy, uno de los modelos de referencia sobre esta patología es el que describieron los investigadores Eric Roy y Paula Square en 1985. La realización de un movimiento requiere la activación de dos sistemas: uno conceptual y otro de producción. El conceptual involucra información de las funciones de un objeto, de las acciones y de su organización. Para cortar un papel, debemos primero reconocer el objeto que vamos a utilizar para el corte e identificar que una tijera sirve para esto. Además, tenemos conocimientos sobre las acciones independientemente del uso de herramientas (podemos cortarlo con un cuchillo si no tenemos la tijera). Y necesitamos organizar en serie las secuencias de los movimientos parciales necesarios para el acto global. Los pacientes con alteraciones en este sistema utilicen un objeto como si fuera otro (una cuchara para peinarse, por ejemplo).
Aunque parezca paradójico, comprender los procesos de las acciones más simples nos ilustra sobre la enorme complejidad de nuestro cerebro. Y en la historia de la ciencia, sobre todo antes de la irrupción de las tecnologías que permitieron el estudio del cerebro “in vivo”, esa comprensión fue posible a través de personas que sufrían patologías neurológicas como el consejero imperial. Esto también resulta paradojal: que aquellos que muchas veces resultaron marginados y confinados a la oscuridad fueron quienes iluminaron el camino.