Aproximaciones a la poesía de la mente

Revista Ñ

Por Eduardo Berdichevsky

Neurociencias. Un nuevo boom editorial ha llegado. Viene de la mano de científicos que toman distancia del clásico género de autoayuda para explicarle al lector común –de forma amena pero rigurosa– cómo pensamos, sentimos y recordamos.

En la Argentina de 2014, cuatro libros estuvieron entre los diez más leídos en la categoría “no ficción”: son Agil-Mente y En cambio , doblete del biólogo molecular Estanislao Bachrach, Usar el cerebro , del neurólogo, neuropsiquiatra e investigador Facundo Manes, director en esa área de la Fundación Favaloro, y Las neuronas de Dios , del neurocientífico, editor, divulgador, productor televisivo y cuentista Diego Golombek. Por los quilates científicos de los autores, parecen buenas noticias para el lector criollo con hambre de complejidad.
La complejidad viene en picada en el mundo libresco. ¿De dónde sale este renacimiento? ¿Va a durar? Sí. La explosión de títulos y autores de “neuromarketing” en 2015 marca más una avalancha que una tendencia. ¿Pero cómo se articula esto con la historia editorial reciente?
Desde los 80, conforme el país perdía calidad educativa, su industria editorial y sus miles de librerías “de dueño”, la literatura y la ciencia se batieron en retirada anaquel por anaquel. Desaparecieron el de poesía, el de divulgación y el de cuento. El de novela resiste como Stalingrado en 1941, pero infiltrada por vampiros, zombis y delicada pornografía rosa.
Lo dicho, complejidad a la baja.
Crecen los anaqueles de literatura infantil, pero lo que arrasó dos décadas en vidriera es la autoayuda, bastante más infantil y hasta hace poco, firmemente anticientífica. Lejos quedó la calidad novelística y antropológica del padre de ese boom, Carlos Castañeda con Las enseñanzas de don Juan en 1968. Siguió una sobreproducción infumable de hamburguesas esotéricas para la felicidad individual y el éxito social.
Tal vez la devaluación de la banalidad superó algún umbral y las editoriales razonaron: “Vamos a perder público ABC1”. Es sólo una hipótesis. Lo cierto es que la industria del libro salió a “cerebrar” 2014 en todo el mundo, y la Argentina –fuerte tradicionalmente en biociencias y medicina– tiene expertos capaces de sustituir importaciones. “El personaje es el cerebro”, como tituló en tapa la periodista científica Andrea Gentil en Noticias , y si se refería a 2014, esto recién empieza.
Hubo un segundo detonador de la avalancha neurocientífica: la ignorancia pública respecto de los 30 últimos años de avances en esta disciplina es colosal. Desde 1986, con el debut de mercado del primer inhibidor de recaptación de la serotonina, la gente consume fluoxetina y otras moléculas emparentadas para sacarse depresiones severas, mitigar trastornos obsesivo-compulsivos, ataques de pánico, estrés postraumático, bulimia y siguen las firmas. Pero, en general, el lector tipo, incluso el abonado a tales pastillas, carece de nociones de qué y para qué sirve tener serotonina.
Este neurotransmisor no asegura la alegría y su exceso trae problemas. Pero su déficit intersináptico (entre una neurona y la que sigue) contribuye a la depresión endógena y persistente, con sus devastadoras consecuencias familiares y sociales de aislamiento y fracaso. Y es que esta molécula activa vías neurales dedicadas al escrutinio minucioso de los mundos externo y propio por parte del cerebro, y a la evaluación y control de ambos.
“No cabe un gurú más. Un científico allí”, dictaminó algún marketinero, y la industria dijo “ha lugar”. De modo que 2014 no giró 180 grados. Ahora imprime autoayuda “reloaded” con ciencia. Es un nicho nuevo y con autores científicos. Todavía no ha sido lobotomizado, pero tiene la vaca tan atada, en cuanto a público, que indefectiblemente lo será. La gente sigue queriendo guías para la felicidad y el éxito.
Me limito a dos autores exitosos enteramente ajenos a la autoayuda: el nac & pop Diego Golombek y el muy británico Oliver Sacks. Tienen mucha historia propia previa al reciente neurobrote editorial. Ambos se desmarcan a lo Messi de místicos que te hacen más angélico y sutil, pero también de los neurogimnásticos que te sacan propiamente hecho un “winner”. Comparten su asombro acerca de cómo un kilo y medio de agua, grasas, proteínas y cableado gelatinoso, el cerebro humano, produce eso que uno es o habita, y llama “su mente”. Admito que en el fondo los prefiero porque escriben sensacionalmente bien: son científicos-artistas, humanistas de lo que quizás el tiempo llame “un segundo renacimiento”. Son autores de gran habilidad literaria para desplegar la dramática poesía de la mente, ya sea vista desde la ciencia pura y dura (Golombek) o desde una práctica clínica mítica, consagrada por Hollywood (Sacks, con Despertares ).
No se compran como salvavidas. A estos dos se los lee por placer. Punto.