Un libro que abre puertas

Intramed

Por Daniel Flichtentrei

“De lo real no se puede dar ninguna explicación clara sin ayuda de la ficción”. Jeremy Bentham

Un libro apasionante que se anima a dar explicaciones con fundamento de aquello que nos hace humanos. Ciencia y arte en una obra que ignora el encierro de las disciplinas y ofrece un espacio de belleza y libertad para pensar.

Hay al menos tres cosas que demuestran que un libro me ha hecho feliz: 1. No quiero que termine. 2. Las páginas quedan repletas con mi subrayado maníaco. 3. No puedo aguantar el deseo de recomendarlo. Todas me han ocurrido con “Usar el cerebro”, el gran libro que han escrito Facundo Manes y Mateo Niro.
Por primera vez en la historia de la humanidad, la investigación científica va encontrando respuestas prudentes y rigurosas a las preguntas fundamentales acerca de qué y cómo somos. Cuando parecíamos condenados a la conjetura, al pensamiento mágico, a la analogía sin fundamento, a la deliberada oscuridad del lenguaje para esconder el vacío de ideas o al culto al delirio como recurso interpretativo, el pensamiento racional va encontrando el método para rescatar esos interrogantes de tanta impostura. Este libro es un ejemplo de honestidad intelectual que se opone al desvarío sistemático con que muchos han abordado el tema y aún hoy resisten amurallados en sectas autocelebratorias.
El encuentro de Manes y Niro es en sí mismo un gesto elocuente. Un manifiesto en los hechos de la disolución de las fronteras entre disciplinas, una forma sutil de poner en escena el nuevo modelo de intelectual “anfibio” capaz de saltar por encima de unos límites que siempre han separado más a minúsculos territorios de poder corporativo que a verdaderas áreas del conocimiento.  Un neurocientífico y un especialista en literatura producen al reunirse un acto irreverente, una declaración de independencia de unos criterios de demarcación que hoy resultan insostenibles.
El libro recorre los temas más trascendentes de la conducta y del pensamiento, del funcionamiento del cerebro y de su propiedad emergente: la mente. Traza el itinerario evolutivo que produjo a lo largo de millones de años aquello que nos hace humanos. La memoria, el lenguaje, la cognición, las habilidades sociales, la creatividad, la toma de decisiones, las emociones y los sentimientos encuentran un modo de explicarse sin renunciar a la razón. Su perspectiva desmantela la falacia del ingenuo dualismo mente / cuerpo y propone un marco integrador y productivo para pensarnos a nosotros mismos. Ofrece pruebas de lo que afirma y señala los límites del conocimiento haciendo explícito lo mucho que todavía no sabemos.

Saber crea obligaciones
Hay una voluntad de hacerse entender. El lenguaje es un vehículo al servicio de la comunicación, un modo generoso de compartir lo que se sabe y no un instrumento tramposo para esconder lo que se ignora. El filósofo Mario Bunge suele decir: “la cognición es individual pero el conocimiento es social”, este libro confirma esa afirmación. El saber es un capital social que no tiene dueños ni patrones. La claridad y la exactitud son deberes de quienes saben para quienes quieren aprender. No hay objeto menos privado que el conocimiento. Saber crea obligaciones, y este libro cumple con ellas abriendo las puertas del conocimiento.
Cada capítulo aporta la información científica y los ejemplos de la literatura o el cine que los encarnan. Este ejercicio obliga al lector a buscar en los fragmentos narrativos aquello que describe el científico. La tarea es apasionante y enriquecedora. Desde Luria a Kafka, de Gazzinga a Dostoievski, entre Darwin y Quevedo, de Ramón y Cajal a Edgar Allan Poe. Mateo Niro es un “buscador de perlas”, un sabueso que busca el rastro de lo nuevo en la infinita biblioteca universal. El viaje es fascinante, traza puentes entre ámbitos que creíamos irremediablemente separados. Lo que un escritor narra como historia anticipa en mucho tiempo lo que más tarde un investigador explica como fenómeno. El libro está atravesado por la indisciplina de un nuevo Renacimiento.  Por debajo de la mesa, Manes y Niro, se tocan con la punta de los dedos y restablecen la unidad de todo lo humano.

Diplomacia y humildad
El ámbito que las neurociencias  ocupan hoy ha sido un territorio especulativo y, en muchos casos, lo sigue siendo todavía. Sus temas de interés han sido abordados con otras herramientas conceptuales y, en general, fue considerado como ajeno a la investigación científica rigurosa. Pese a que esto resulta hoy insostenible, persisten creencias infundadas e intereses disciplinares que resisten a las pruebas y proponen la vigencia de la mera especulación.
El libro destaca la obra de Sigmund Freud y algunos de sus anticipos teóricos que hoy reciben confirmación científica. Es un acto de justicia con un pensador imprescindible en la historia de la psicopatología. Sin embargo, en un gesto de discreta diplomacia, nada dice de sus numerosos errores vistos desde el presente ni de la cantidad de afirmaciones que han quedado definitivamente refutadas. Es una sutileza de buen gusto, un acto conciliatorio por vía del silencio del que, lo confieso, yo nunca hubiera sido capaz. ¡Touché!
En el tema de las diferencias de género y de sus correlatos cerebrales y cognitivos, donde todavía se disputan la hegemonía la falsa distinción entre enfoques biologicistas y culturalistas, el texto resulta esclarecedor. Apela a la contundencia del dato empírico del neurodesarrollo para aclarar el equívoco vigente que confunde igualdad (desmentida en los hechos) con equidad (un derecho irrenunciable). Articula los datos de la anatomía y de la fisiología con el hecho inocultable de la influencia que sobre ellos tienen “las prácticas individuales o sociales que los precedieron”.

Pensadores y científicos, no gurúes
Las neurociencias fascinan por su poder explicativo y por la trascendencia propia de los temas que abordan. Como suele suceder, un modelo eficaz es una tentación para la generalización imprudente o el diletantismo desvergonzado. El libro de Manes y Niro es un antídoto contra la proliferación de neurogurúes y neurochantas que nos acosan desde varios frentes. La multiplicación de “iluminados” que encuentran aplicaciones extemporáneas de lo que simulan conocer y que la ciencia nunca ha propuesto ni ha demostrado jamás, es una verdadera pandemia.
El peligro acecha a los más ingenuos y enriquece a los menos honestos. Libros, cursos, talleres, programas de TV, artículos periodísticos o cualquier forma de promoción disponible, nos intoxican de mensajes que emplean un lenguaje pseudocientífico para investirse con el prestigio y la legitimación de las neurociencias para vender fórmulas milagrosas del éxito apelando a un respaldo fraudulento de una ciencia que no conocen y que los contradice en todo momento. Travestidos de “científicos” ofrecen falsas recetas para guiar la vida de la gente, incrementar su creatividad o garantizarle que tomarán decisiones infalibles.  Este libro, por el contrario, ofrece un conocimiento prudente, consciente de sus propias limitaciones. Leerlo es una buena forma de ponerse a salvo de las nuevas mitologías, de los especuladores del conocimiento y de la estafa intelectual.

Los falsos límites de lo bello
El libro de Manes y Niro no solo informa, es un ejercicio intelectual estimulante y desnuda una realidad tristemente ocultada: el conocimiento está cargado de belleza, de pasión y de intensidad.  Nunca ha sido cierto que el dominio de lo bello está alejado de lo verdadero. La fantasía, la creatividad y el deslumbramiento por lo que vemos y vivimos también son formas de la belleza.
La ciencia es el punto más alto del pensamiento de la humanidad. Es un ejercicio de la razón y de la humildad. Un trabajo paciente y austero –aunque cueste millones- que sabe esperar lo que sea necesario para que una hipótesis encuentre su confirmación. La ciencia es un perro desconfiado. Camina y habla con prudencia, advierte acerca de la fragilidad de lo que dice, busca evidencias que lo demuestren. Alejada de la conjetura arrogante que todavía sostiene a disciplinas enteras, de la seguridad falsa del que cree que lo que afirma no necesita pruebas, de las verdades reveladas y de la certeza de los charlatanes. La ciencia espera, trabaja, observa, experimenta. Avanza sobre el camino que otros, antes, mucho antes, han desplegado a sus pies. Un eslabón, después otro, una mano tendida a otras que señalan un rumbo, una posibilidad. La ciencia es una empresa solidaria y colaborativa por excelencia.
No es verdad que la ciencia sea desapasionada y distante. Es estúpido y mentiroso permitir que una idea como ésa se propague hasta establecerse en el sentido común.  Sólo el  desconocimiento y el prejuicio han sido capaces de privar a muchas de las personas más sensibles del privilegio de acceder a un saber extraordinario. Sobran las razones para que el abismo entre ciencia y humanidades se haya establecido alguna vez. Pero ninguna de ellas puede sostenerse hoy a menos que la ignorancia se considere un valor y la ceguera epistemológica una virtud.
La inteligencia no es patrimonio de una disciplina ni la sensibilidad estética de otras. Es necesario romper el mito de la inaccesibilidad de la ciencia, el de su aridez y desencanto. Las formas de la belleza son múltiples. No es menos complejo el Ulises de Joyce que la teoría de las cuerdas. Incluso es posible que suceda lo contrario. Pero tampoco uno es menos bello que la otra ni demanda menor preparación.  La educación no es sólo un repertorio de informaciones sino el valor que a ellas se les asigna y el modo con que se las asocia a la idea de sacrificio o de recompensa. Hay un placer intenso y único que es posible obtener del conocimiento científico. Una dimensión estética y una profundidad filosófica que ronda el núcleo mismo de lo que somos.
Las preguntas más inquietantes, las metáforas más creativas, las descripciones más fantásticas también habitan las páginas de los tratados y el áspero corazón de los papers. Sólo se requiere de una adecuada preparación, del esfuerzo indispensable para acceder a una de las formas más sublimes del placer intelectual. La misma educación sensible que se necesita para disfrutar de Jackson Pollok o de los laberintos de la memoria de Marcel Proust. Ni menos trabajo, ni menos satisfacción. Sólo la persistencia de un mito que se ha quedado sin fundamento y el empecinamiento de un modelo de intelectual que construye su identidad sobre el eje de una actitud anticientífica permiten no advertirlo.
Existe la necesidad de que lo que la ciencia hace, lo que piensa y las categorías con las que hoy construye sus descripciones sean contadas.  Es el poder ficcional del lenguaje lo que constituye una idea. Ya comienzan a roducirse encuentros que superan el encierro disciplinar, este libro es un ejemplo feliz de ello. Algo se está gestando en el poderoso cerebro colectivo de la época.
“Usar el cerebro” no es solo un libro de divulgación, es un valiente acto de política intelectual. Facundo Manes y Mateo Niro se desatan las manos, se desmarcan y saltan las barreras. Nos ofrecen lo que saben, nos educan al mismo tiempo que nos emocionan porque han comprendido cómo funciona la mente. Porque, aunque ellos no lo digan, aunque no lo sepan, nos han abierto una puerta. Yo ya lo hice,  ahora le toca a usted, ¡anímese!, lo invito a salir por ella.