El cerebro y la justicia

Revista Noticias

Por Andrea Gentil

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Las neurociencias entran al mundo de la ley. Moral, libre albedrío, imputabilidad, conciencia, algunos de los temas que investigan.

Con justicia los últimos veinte años se han ganado el título de “las décadas del cerebro”. Y es que después de que los genes fueran el boom de los ´80 y los ´90, el cerebro es el gran misterio a develar desde el inicio del nuevo siglo. En verdad, el misterio no comenzó con el 2000, pero sí las tecnologías que permiten conocerlo más en profundidad, y también el interés de los gobiernos, que se traduce en fondos públicos que abastecen a los laboratorios de investigación repartidos en buena parte del mundo. La ola es tan abrumadora que en Europa fue lanzado el año pasado el proyecto Human Brain, al cual se dotó de más de mil millones de dólares para los próximos diez años, y pocos meses más tarde, Barack Obama anunció la inversión de tres mil millones de dólares en investigaciones relacionadas con el conocimiento del cerebro.
Los avances en los laboratorios científicos, logrados a una velocidad nunca vista, llegaron a los juzgados. Primero, en los Estados Unidos, que a fines de los ´90 se encontraron con un caso en el que el abogado defensor de un acusado de asesinato alegó que su cliente tenía una malformación en su cerebro (producto de un traumatismo de cráneo) que era el responsable de que el hombre hubiera matado a su esposa. En ese momento, el abogado no logró nada. Pero aquella fue la primera vez que un juez y un jurado oyeron hablar de trastornos biológicos adquiridos durante la vida, que trajeran aparejados problemas de comportamientos que, llamativamente, pudieran terminar en una violencia extrema.
Poco a poco, la idea de que la neurociencia tiene mucho que aportar al Derecho, para ajustarlo, para mejorarlo en algunos casos, para tal vez eliminar la paradojal injusticia de que inocentes vayan a prisión durante años antes de quedar en libertad (o, lo que es peor, para no recuperar su vida nunca más), fue ganando un lugar, tanto en universidades de primer nivel de los Estados Unidos como de Europa.
Bajo términos como “neurolaw” (algo así como “neurojusticia”), grupos de neurocientíficos y juristas tratan de encontrar puntos de encuentro para delimitar aquellas cuestiones que siempre desvelaron a la ley: ¿Existe o no el libre albedrío y cuándo lo ejerce una persona? ¿Es factible saber con certeza cuándo está mintiendo alguien? ¿Hasta qué punto hay problemas biológicos que trastornan el comportamiento humano? ¿Cuándo hay conciencia y cuándo no? ¿Cómo es que las personas toman decisiones de tipo moral y cómo cambian esas decisiones en quienes hay trastornos cognitivos de diverso tipo?

Libre albedrío. En la Argentina, acaba de crearse IneDe, el Instituto de Neurociencias y Derecho, dentro del Instituto de Neurología Cognitiva, Ineco. “Entender de qué manera los diferentes elementos del cerebro interactúan, originan y condicionan la conducta humana es indispensable para un sistema jurídico cuya misión es, precisamente, regular las conductas de los seres humanos con la misión de asegurar una convivencia social, pacífica y próspera. El cerebro y las regulaciones jurídico-políticas están íntimamente ligados, pues con el cerebro procesamos la información para una vida en sociedad regida por normas de derecho”, puntualiza Daniel Pastor, titular de cátedra de Derecho Penal y Procesal Penal de la Universidad de Buenos Aires y director de IneDe. Para lograr esto, IneDe está integrado por neurólogos, psiquiatras, psicólogos, juristas, todos trabajando bajo el marco teórico de las neurociencias y de manera interdisciplinaria.
“No es la primera vez que la medicina y el derecho tienen relación –recordó el juez Ricardo Lorenzetti, presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, durante la presentación del Instituto-. Hubo épocas en que la ciencia avanzó mucho sobre el derecho, por ejemplo con la morfología de Lombroso. Hubo también extremos, cuando los jueces derivaban en la medicina la decisión de si alguien tenía una enfermedad mental o no. Ahora hay que analizar cómo confluyen la neurociencia y el derecho en la solución de problemas concretos, como la posibilidad de predecir lo que hace un sujeto, abriendo el debate acerca de si esto es bueno o no y dónde queda el libre albedrío de los seres humanos.”
Ese es uno de los temas que más estudian los neurocientíficos dedicados a la investigar la mente en relación con aquellos tópicos que más influyen sobre el derecho: el libre albedrío. ¿Somos realmente libres? ¿O somos máquinas que responden automáticamente a su entorno, de acuerdo con un cuerpo biológico que responde sin preguntarnos? Si somos máquinas, ¿hasta qué punto es “justo” imponer una pena a quien delinque, si delinque porque su biología se lo impone? En este sentido, la neurociencia o más bien la mala interpretación de sus resultados, o el empleo de estudios de mala calidad hechos por científicos poco calificados, pueden llevar a abusos de toda índole. Los riesgos de estar de moda.
Esta pregunta acerca de cuán libre es el ser humano al momento de tomar decisiones es uno de los interrogantes más básicos de la filosofía. Con la llegada de las nuevas herramientas de imágenes cerebrales que muestran al cerebro en acción, los neurocientíficos reexaminan las teorías, y muchos abogados se entusiasman con la idea de hallar aquél píxel en el cerebro de sus clientes que muestren una anormalidad, una malfunción que expliquen sus acciones criminales. Algo que les permita decir ante el juez “no fue él, fue su cerebro”. Pero esta no es la idea de la neurociencia seria. Y tampoco lo es en el caso de una justicia seria, porque aún cuando ese píxel anómalo exista, eso no implica que su portador pueda ser exculpado. Por ahora, la mayor parte de la comunidad tanto científica como filosófica y legal, se inclinan por tener en cuenta las pruebas que demuestran la existencia de la capacidad de libre elección, aún dentro de cierta dosis de automatismo.

Moral y memoria. “La neurociencia moderna tiene y tendrá un gran impacto en la ley. Fundamentalmente en la responsabilidad criminal, la justicia juvenil, la toma de decisiones en el envejecimiento, el significado de la actividad cerebral en pacientes con trastornos de conciencia y por las nuevas investigaciones sobre la memoria y el engaño”, comenta el neurocientífico Facundo Manes, presidente de la Fundación Ineco y director de IneDe.
En lo que a la memoria se refiere, un estudio hecho en los Estados Unidos muestra que, sobre 300 casos analizados, un 70% de los condenados por memoria de los testigos eran en verdad inocentes, de acuerdo con posteriores análisis de ADN. Esto no implica que todos los testigos involucrados hubiesen mentido de manera conciente. Lo que sucede es que la memoria humana no funciona tal y como lo hace una cámara fotográfica, no registra y guarda imágenes de los sucesos de la vida, sino que va modificando el recuerdo cada vez que los trae a la conciencia. Con cada rememoración, con cada relato, el recuerdo de un suceso es modificado, y sin que el individuo se dé cuenta. “La vida no es la que vivimos sino la que recordamos para contarla”, decía el escritor Gabriel García Márquez. “Las memorias son circuitos neuronales reforzados por síntesis de proteínas –describe Manes-. Y hay experimentos de laboratorio hechos con ratones que muestran cómo una memoria se puede bloquear por medio de un fármaco. Lo cual demuestra que la memoria es un hecho creativo, se va reconstruyendo”.
Pero, además, hay un tema que va in crescendo: el de los trastornos cognitivos vinculados con la edad. Las demencias frontotemporales, el mal de Alzheimer y sus consecuencias sobre la salud cerebral también tienen fuertes injerencias legales, sobre todo a la hora de decidir si una persona es jurídicamente capaz o no, ¿puede tomar decisiones o no? Y algo más conflictivo aún: ¿qué sucede en la mente de una persona que está en estado de conciencia mínimo? Ese estado en el que está despierta, conectada, pero a veces a niveles tan bajos que muchos médicos lo confunden con un estado vegetativo.
Demasiadas preguntas que no tienen respuestas definitivas. Pero que las buscan. Y eso es lo que pretenden las neurociencias, ir tras las respuestas o, al menos, de achicar los campos de los interrogantes.

Mentiras ¿indetectables? Los polígrafos, esos detectores de mentira que se hicieron tan famosos a través de las series de detectives de la década del ´80, funcionan en base a detectar cambios fisiológicos en la persona investigada: aumento en la frecuencia cardíaca, en la respiración, en la presión sanguínea y en la transpiración. Pero la realidad es que se trata de una máquina que puede ser fácilmente engañada, porque algunas personas son muy buenas para controlar sus respuestas fisiológicas. Otras técnicas están siendo desarrolladas por neurocientíficos. Una de ellas es el escáner de cerebro por infrarrojo cercano, que analiza la circulación sanguínea del córtex prefrontal, una zona del cerebro que se sabe está vinculada con la toma de decisiones y la decepción. De acuerdo con Britton Chance, un biofisiólogo de la Universidad de Pennsylvania, los sensores pueden detectar cuando una persona decide mentir. Otra opción es una cámara sensible al calor que detecta también cambios en la circulación de la sangre, pero esta vez alrededor de los ojos, porque algunos científicos aseguran que cuando alguien miente, hay más cantidad de sangre en esa zona. Pero las pruebas no se quedan allí y también hay una técnica de imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI) que rastrea cómo se modifica el córtex cingulado anterior cuando un individuo miente, una región cerebral que se relaciona con el procesamiento de las emociones, la toma de decisiones y la resolución de conflictos, junto con el sistema límbico y el córtex prefrontal.

Malos usos. Que las neurociencias estén teniendo injerencia sobre la justicia no implica que no haya debate al respecto. Lo hay, sobre todo en los Estados Unidos, donde algunos juzgados han admitido imágenes cerebrales como prueba de que acusados de crímenes eran médicamente “insanos” (un ejemplo fue John Hinckley, que trató de asesinar al ex presidente Ronald Reagan en 1981). Un informe hecho por un comité de bioética del ex presidente Bus dijo que “los escépticos consideran que el uso de la tecnología de escaneo cerebral puede ser visto como un súper dispositivo de lector de cerebros que amenace nuestra privacidad y nuestra libertad”. Ante algo así, sería necesario que naciera una justicia que velara por nuestra “justicia cognitiva”. Sin embargo, respetados neurocientíficos siguen trabajando en red en todo el mundo. Facundo Manes dice: “Tenemos que evitar que el prestigio de la neurociencia sea usado como márketing”.