La mejor obra de Ravel

Revista VIVA
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A principios de la década de 1980, una película que retrataba, una vez más, las crueles consecuencias de la segunda guerra mundial tuvo un gran impacto en el mundo y también en la Argentina. Aquellos que tuvimos la suerte de ver Los unos y los otros (así se llamaba el film), seguramente recordaremos un momento fundamental en el que Jorge Donn bailaba magistralmente el Bolero de Ravel. Quizás, para los que éramos chicos en ese momento, esa escena haya significado una considerable aproximación a uno de los músicos más excepcionales del siglo XX.

Maurice Ravel nació en 1875 en Ciboure, una pequeña localidad al sur de Francia, y fue el primero de dos hermanos. Como compositor, desde muy joven tendría reconocimiento de sus pares y del público pero sería en la década de 1920 que alcanzaría un considerable éxito en Europa, Canadá y Estados Unidos. Murió en París a los 62 años. La excepcionalidad de la carrera musical de Ravel se debió no solo a la calidad de su composición, sino a algunos de los recorridos biográficos que lo llevaron hasta ahí.
La historia médica de Maurice Ravel tiene algunos determinantes en su conducta. A partir de documentos clínicos, se cree que Ravel pudo haber desarrollado algunas de las enfermedades neurodegenerativas que impactan en el lóbulo frontal. Esto se vio acentuado, según algunos investigadores, a partir de un accidente automovilístico que el músico sufrió y que le provocó un traumatismo de cráneo. Por supuesto que toda retrospección sobre patologías desarrolladas en personas que vivieron hace más de un siglo resulta condicionada por la carencia, en aquella época, de métodos sofisticados de neuroimágenes tales como la tomografía computada y la resonancia magnética. Estas tecnologías, hoy claves para las neurociencias, permiten estudiar el funcionamiento in vivo de los cerebros.
Muchos investigadores llegaron a la conclusión de que Ravel habría padecido alguna de estas enfermedades a partir de los datos clínicos en los que se consignaba la confluencia de varios de los síntomas que hoy funcionan como marcadores de las mismas: afasia (déficit en el lenguaje), agrafia (pérdida de destreza en la escritura) y apraxia (pérdida de la capacidad de llevar a cabo movimientos de propósito), alexia (pérdida de la capacidad de leer) y dificultades de concentración, disminución de la energía, agitación, depresión y ansiedad.
Existen hipótesis científicas que ligan estas patologías a la creación musical de Ravel (también, como corresponde al desarrollo de la investigación científica, otros investigadores no están del todo de acuerdo con esto). Algunas de estas hipótesis referidas ligan esa estética de reiteración obsesiva de la melodía principal del famoso Bolero de Ravel (ostinato, según me enseñaron amigos músicos) con las conductas recurrentes que derivan de la afectación del lóbulo frontal. Aunque, como mencionamos, hay diferentes hipótesis sobre esto.
El estudio de casos como el de Ravel nos permite aprender sobre determinados elementos comunes que van más allá de la persona descripta que sufrió la enfermedad y, a su vez, desarrolló una obra musical fundamental para la historia (su bolero es una de las obras más interpretadas del mundo en el último siglo). Y también nos promueve una reflexión y conclusión sobre algo mucho más importante: por supuesto que no toda persona que sufra una enfermedad neurológica o psiquiátrica es capaz de crear una obra artística fundamental para la historia, pero podemos estar seguros de que la sociedad actúa inmoral y torpemente cuando se mueve a partir del prejuicio de que las personas con trastornos cerebrales están imposibilitadas de llevar una vida que valga la pena para él mismo y para los demás. Si todas las veces los seres humanos hubiésemos actuado con tal prejuicio, nos habríamos privado de varias genialidades como, quizás, el Bolero de Ravel.