Democratizar el cerebro

Diario La Voz

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Por Alejandra Beresovsky

El neurólogo y neurocientífico Facundo Manes propone comenzar a compartir con la sociedad el conocimiento de un órgano que ofrece tantas respuestas como misterios. Y lo hace a través de dos códigos diferentes: la literatura y la política.

Un tejido de dos metros cuadrados tortuosamente plegado y contenido en una caja de hueso. Eso es lo que nos define. Es el cerebro, y la pasión que despertó en Facundo Manes transportó a este neurólogo y neurocientífico argentino nacido en Quilmes y criado en Arroyo Dulce y Salto, provincia de Buenos Aires, a trabajar y completar su educación de posgrado en Estados Unidos e Inglaterra, donde realizó un máster en Ciencias en la Universidad de Cambridge. Cuando volvió, hace más de una década, se rodeó de brillantes investigadores para profundizar en el estudio de un órgano que parece la metáfora de la esencia humana: lo mejor de él no es su apariencia, su belleza radica en su potencial, en la compleja estructura de conexiones que explican sus funciones. Con el objetivo de abordar la investigación desde múltiples disciplinas creó el Departamento de Neurología Cognitiva y Neurociencias Cognitivas Humanas en Fleni, donde también fue jefe de la sección Neurología Cognitiva, Neuropsicología y Neuropsiquiatría. Posteriormente, fundó el Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco) y el Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro.
Fue precisamente en la Fundación Favaloro donde con sólo 44 años fue protagonista de un evento crítico en la vida política de cualquier país: encabezó el equipo de diagnóstico e intervención quirúrgica de la presidenta Cristina Fernández, quien el año pasado debió ser operada de un hematoma en el cerebro que se había formado como consecuencia de un golpe que le produjo un derrame.
Manes exhibe esa combinación de aptitudes y actitudes que en Argentina convierten a una persona talentosa en un exponente. Es intuitivo, estudioso y tiene don de gente. Como otros representantes de disciplinas antes ignoradas o desatendidas (artísticas, deportivas o científicas) parece destinado a reconciliar a la sociedad con especialidades que otros quisieran que fueran sólo de elite.
En ese plan escribió el libro “Usar el cerebro. Conocer nuestra mente para vivir mejor”, con coautoría del licenciado en Letras y doctorado en Glotopolítica Mateo Niro. En él describe a ese órgano que lo maravilla, con toda su potencia y los males que lo aquejan en lenguaje llano, de divulgación. Y también en ese plan se está adentrando en un terreno que no lo asusta, el de la política, cuyos códigos asegura que no están tan alejados de los ámbitos científicos.

–“Usar el cerebro”. ¿Para qué? ¿qué fines no terapéuticos permiten aprovechar mejor el conocimiento de ese órgano?
–Nuestra propuesta era escribir un libro para que toda la sociedad conozca los avances del estudio del cerebro normal. Cómo pensamos, cómo nos emocionamos, cómo tomamos decisiones, cómo se explica la creatividad. Tanto lo que sabemos, como lo que no sabemos. Hay explicaciones que, sin perder rigurosidad científica, son amables para el lector no especialista sobre las condiciones de las enfermedades mentales que más aquejan a la sociedad actual en el mundo: la depresión, la ansiedad, el Alzheimer. Creemos que el libro resume los avances en el estudio del cerebro de las últimas décadas, pero también los límites de lo que no sabemos y las próximas preguntas.

–¿Hubo un aumento de eventos agudos y enfermedades que afectan al cerebro? ¿Eso puede atribuirse al contexto social?
–Hoy la expectativa de vida es mayor, el mundo está envejeciendo, la Argentina está envejeciendo, y el principal factor de riesgo para el Alzheimer es la edad. De hecho, después de los 65 años, el riesgo de padecer Alzheimer crece a un ritmo exponencial. En otras patologías neurológicas también hay causas vinculadas con el entorno, el estrés. Hoy la sociedad vive muy estresada y el estrés puede llevar a la depresión. La ansiedad es la psicopatología más frecuente en la sociedad actual y tiene mucho que ver con el contexto, con la vida que tenemos. El cerebro termina de madurar entre los 20 y los 25 años y si no se alimenta bien y no recibe el afecto y el estímulo cognitivo, no se va a desarrollar plenamente. Entonces, claramente ahí el contexto produce situaciones que no deberían pasar en el cerebro.

–Por el lado positivo, en el libro se sugiere que la inteligencia también es superior ahora que en otras épocas de la humanidad.
–Sí. Ese efecto se ha medido en los últimos años y se comprobó que de generación en generación hay una evolución en la inteligencia. Pero el concepto que quiero dejar es que el cerebro evoluciona a través de miles de años.
La presión evolutiva nos hizo pasar a ser bípedos y tener las manos libres para hacer gestos y también permitió el desarrollo de la memoria episódica para contar gracias al lenguaje. El arte apareció alrededor de 40 mil años atrás, o sea que la mayor parte del tiempo el ser humano no tuvo arte. Por supuesto, hay algunos cambios que se producen de generación en generación.

–¿Hay estímulos que pueden acelerar esos cambios? ¿El uso intensivo de productos electrónicos, por ejemplo?
–Ese es un tema muy interesante y muy actual. Hoy hacemos lo que en inglés se llama multitasking y en castellano multitarea. Por ejemplo: estamos trabajando en un documento con la computadora y en la pantalla aparecen imágenes del diario, suena el teléfono, hay alertas de WhatsApp, Facebook y Twitter. La multitarea disminuye el rendimiento cognitivo. Siempre pongo de ejemplo a Kafka, que podía escribir un cuento en cuatro o cinco horas, concentrado. Imagínese ahora a Kafka en la computadora con Twi­tter, Facebook, e-mail; no se podría haber concentrado ni haber escrito cuentos que significaron mucho para la historia de la humanidad. Pero hay que dividir el análisis en lo que sucede en niños, adolescentes y adultos. Como decía, el cerebro termina de madurar entre los 20 y los 25 años. El efecto de la tecnología en niños y adolescentes obviamente no se conoce, se está estudiando, y además es un cerebro en construcción. El uso moderado no produciría problemas, pero eso implicaría usarlo como una herramienta, de manera moderada, como beber cuando uno tiene sed. Con respecto a los adultos, que ya tienen el cerebro desarrollado, pueden generar actitudes compulsivas o ansiosas, pero a personas que ya tienen predisposición. No es que la tecnología produzca ansiedad o compulsiones. A personas adultas que tienen tendencias obsesivas, compulsivas y ansiosas, la tecnología les va a disparar esas tendencias. Es como echar un poquito de querosén al fuego, gatillar conductas obsesivas. Se está empezando a hablar de adicciones a Internet y al consumo de productos electrónicos, pero por ahora sólo podemos dar un consejo: el uso moderado no genera ningún problema, ni en niños, ni en adolescentes, ni en adultos. Pero hay que tener cuidado con el consumo intensivo.

–¿Qué es la inteligencia? ¿Cómo podríamos explicar que el ser humano es más inteligente que en otras épocas?
–La inteligencia no se puede medir en toda su amplitud. El coeficiente intelectual tiene que ver con pruebas aritméticas, pero no predice éxito en la vida en otros aspectos. Hay una inteligencia social que no se puede medir, pero que existe. Hay gente que se da cuenta qué piensa el otro. Un buen político entra a un lugar y sabe quién lo quiere y quién no lo quiere. La inteligencia también está relacionada con el entorno social de cada persona para saber qué está pensando el otro. Y también está la inteligencia emocional, porque hay gente que es muy inteligente en números o analíticamente, pero no regula sus emociones. Existe la inteligencia motora: en una fracción de segundo, un deportista tiene que resolver situaciones complejas. Hay diferentes inteligencias y hoy la ciencia no puede medir esa complejidad. Sabemos también que la inteligencia social es muy importante para liderar. Los líderes tal vez no tienen una inteligencia analítica tan alta o el coeficiente intelectual más elevado, pero tienen una inteligencia social que les permite darse cuenta de la necesidad de los otros. Yo creo que Mandela y Ghandi quizá no eran más inteligentes que alguien que pueda estar en una oficina, pero tenían una inteligencia social que les permitía no sólo darse cuenta de qué pensaba un par, sino también personas que no conocían, de países extraños. Eso no se puede medir, pero es parte de la inteligencia. Córdoba es una provincia inteligente, porque aquí hay mucho humor y el humor es inteligencia. La ironía es inteligencia y la ciencia no puede medirla. La ciencia no puede medir toda la inteligencia.

–Si el cerebro está dividido en dos hemisferios relacionados con áreas de conocimiento diferentes, ¿está bien juzgar a una sociedad porque se inclina más hacia un tipo de conocimiento que otro? 
–No, no está bien. Yo creo que la educación tiene problemas no sólo en Argentina, sino en el mundo, porque se privilegian la matemática, la ciencia, el lenguaje. Eso está muy bien, pero se dejan de lado las humanidades, el arte, el talento musical, inclusive en los índices de mediciones internacionales. Picasso decía que los chicos son máquinas creativas, el problema es que la educación y la sociedad muchas veces frenan o inhiben el talento creativo. Yo creo que muchas veces la educación frena la creatividad de los chicos. El talento creativo, humanístico, debe ser valorado. Estamos asesinando el talento creativo de muchos chicos, haciendo sólo hincapié en la matemática y el lenguaje. Insisto: eso no está mal, lo que está mal es dejar de lado el talento humanístico, social.

–¿Existe el riesgo de manipulación cuando se avanza en el estudio del funcionamiento del cerebro, sobre todo cuando es posible asociar determinadas actitudes a su estructura o conexiones internas?
–Sí, por eso existe la neuroética. Hoy hasta es posible detectar qué pasa en algunos cerebros de personas que están en estado vegetativo, tenemos equipos que han avanzado en investigaciones sobre el tema. Hoy, con las técnicas modernas, sabemos que hay algunas partes del cerebro que se activan. ¿Y qué significa eso? Que hay consciencia. En Inglaterra, cuando hay un paciente en estado vegetativo crónico el que decide si se lo debe seguir alimentando o no es la Justicia, porque el sistema de salud inglés es público. Entonces, el Estado va a resolver si el paciente en estado vegetativo va a seguir alimentándose crónicamente. Otro ejemplo es el uso de drogas que mejoran el rendimiento cognitivo en ciertas patologías para otros fines. Existen drogas que mejoran la memoria en casos de Alzheimer y ahora hay pilotos de avión que mejoran el rendimiento cognitivo con esas drogas. Puedo contar varios temas donde claramente la ética es muy necesaria, por los avances de la ciencia.

–¿Y el conocimiento del cerebro también mejora el conocimiento de la sociedad y de un posible electorado?
–Por supuesto. Hoy sabemos que un cierto sector de la población no vota por ideología, vota por la cara. Hay gente que vota por ideología, pensamientos, tradición partidaria, pero hoy sabemos que la cara es un componente esencial para el voto. Sobre todo en la gente que mira mucha televisión. No pasa tanto por la belleza, sino por la percepción de competencia.

–¿Y con respecto a usted? ¿Cuál es su límite sobre cómo aprovechar el conocimiento científico para fines prácticos?
–Sólo a niveles de investigación, con protocolos específicos. A nivel personal, no puedo predecir nada. Lo que he aprendido del cerebro a nivel personal lo he aprovechado para mi calidad de vida: eliminar mis pensamientos tóxicos, hacer ejercicio, comer bien, tener vida social, pero el conocimiento del cerebro no me da datos o guías que mejoren mi talento para relacionarme. Hoy el conocimiento de la mente no da ventaja para manipular al otro, para interpretar al otro, sí da ventaja para ayudar al otro. Cuando ayudamos se activa el área del placer; hoy sabemos que la gente que hace filantropía en el fondo está haciendo un acto egoísta, porque se activan en ella áreas del cerebro que también están involucradas, por ejemplo, cuando se come chocolate, se tiene sexo o se consume cocaína. Hay zonas de recompensa del cerebro que se activan cuando hay placer, y ser generosos da placer.

–Pero el libro apunta a un conocimiento aplicado.
–Sí, el libro trata de eso. El coautor de mi libro, Mateo Niro, siempre dice que cuando se conoce algo se lo usa mejor. A veces uno compra una computadora pero no la usa correctamente, porque tiene miles de funciones que no conoce. Cuando la conocemos mejor, ahorramos tiempo. Si uno conoce cómo funciona el cerebro, lo va a usar mejor. En el último capítulo damos recomendaciones específicas para mantener la mente en forma.

–¿Los ejercicios para mantener la mente ágil en la vejez se pueden usar en otras etapas de la vida para potenciar o desarrollar habilidades?
–Lo importante es estar apasionado por algo. No se pueden realizar actividades sin pasión. Lo que motiva a los seres humanos es lo que nos hace aprender. Si yo no estoy motivado por algo no puedo aprender. Por eso soy escéptico sobre las técnicas para aprender o para liderar. La gente tiene que estar apasionada, tiene que estar inspirada para aprender o seguir a alguien o tomarlo como modelo. Por eso creo que la revolución educativa no va a pasar por un Ministerio de Educación o un ministro de Educación, sino por la conexión única que se produce entre el alumno y el docente a través del proceso educativo. Podemos tener varios premios Nobel como ministros de Educación o podemos tener el mejor gabinete de educación del mundo, pero si no se produce la revolución educativa en el contacto del alumno con el docente, no va a suceder. Y el docente tiene que inspirar, tiene que ser modelo, tiene que iluminar al alumno. Eso requiere pasión.

–¿La vulnerabilidad del cerebro es distinta según la edad?
–Uno empieza a perder memoria a partir de los 40 años. El cerebro es dinámico.

–¿Dinámico para mal?
–Eso es interesante. No. Hubo un estudio en Nueva Inglaterra con adultos mayores y jóvenes. Los adultos mayores tenían menos memoria y eran más lentos, pero tenían más estrategias y habilidades para compensarlo. Lo que hoy sabemos es que hay que cuidar el cerebro del joven. Lo que hagamos a los 40, 50, 60 años traerá como consecuencia cómo estemos a los 80 años. El mundo tendrá mayor expectativa de vida, entonces el científico puede contribuir. Hoy en el mundo se está repensando el término “jubilación”, primero porque para el cerebro no es bueno jubilarse, hay que jubilarse de lo que a uno no le gusta, pero nunca dejar las pasiones. Hoy sabemos, por datos internacionales, que los jubilados que reciben el salario pero no hacen nada se deterioran cognitivamente. ¿Qué podemos hacer con ese dato? Como sociedad, además de pagarles bien, quizá tengamos que hacer que los jubilados se mantengan activos intelectualmente. Habrá que combinar ciencia y políticas públicas para que vivan mejor.