El paradigma de una revolución educativa que tome como prioridad el conocimiento

Cronista

Rector de la Universidad Favaloro, investigador, profesor en universidades de Cambridge, Australia y Estados Unidos, Facundo Manes se pregunta porqué en nuestro país se “lleva fatalmente a muchos hacia la frustración, al desánimo, a la desesperanza” y propone revalorizar la educación como herramienta de desarrollo de los ciudadanos y la sociedad en su conjunto.

Como médico muchas veces recibo a algún paciente con fiebre, dolor y deshidratación. Sin dudas, a lo que me dedico durante la urgencia es a la necesidad impostergable de hidratarlo, bajarle la fiebre y calmar el dolor. Pero además, casi de manera simultánea y con el compromiso de continuar los estudios luego de haber superado la emergencia, es a arribar a un diagnóstico de base para dar con la causa que produjo esos malestares. Lo más probable es que esta no pueda reducirse a una sola, sino que se trate de un fenómeno donde confluyen varios factores. Llegar a un diagnóstico preciso nos permite, como médicos, generar una estrategia de solución profunda del problema, intentar que no vuelva o, al menos, morigerar esa condición y pensar, sobre todo, cómo mejora el paciente en el largo plazo (o, definiéndolo por la positiva, cómo vive mejor).
Esta situación de la vida cotidiana de un consultorio médico puede funcionar como una buena analogía de lo que ocurre con el país. La emergencia social es el hambre, es la violencia y es la corrupción, entre otros problemas, y hay que atacar estos flagelos en forma inmediata. Claro que no debe existir más, de manera urgente, el hambre en un hogar argentino (y tampoco, obviamente, chicos, jóvenes, adultos y ancianos sin hogar); claro que debe ponerse en marcha con celeridad una política urgente contra la inseguridad, contra el maltrato cotidiano, contra la delincuencia; claro que los corruptos deben ser llevados a la justicia sin demora y, en el caso de que así lo determine, ser condenados. Pero, en la medida en que estas políticas que permiten atemperar la urgencia se llevan a cabo, se debe intentar arribar al diagnóstico profundo que nos lleven a comprender por qué eso que pasa, pasa. ¿Por qué sigue existiendo el hambre en un país que genera alimento para 300 millones de personas (es decir, varias argentinas)? ¿Cómo no darnos cuenta de que cuando hay una persona con hambre lo que hacemos es condenarla en el presente e hipotecando su futuro y también el de su sociedad (el de todos nosotros)? ¿Por qué un país que históricamente promovió la movilidad social y, con ello, la esperanza, la cultura del esfuerzo, de la superación familiar y comunitaria, ha ido cambiando a una sociedad que lleva fatalmente a muchos hacia la frustración, al desánimo, a la desesperanza? ¿Cómo no entender que la exclusión, la falta de reglas, la ruptura del tejido social promueve violencia? ¿Por qué un político que ejerce un cargo público, un empresario que hace negocios con otros privados o con el Estado, un profesional que trabaja (abogados, médicos, contadores, etc.) no entiende que su rol es un servicio, un privilegio que le otorgaron sus conciudadanos para que lo ejerza con idoneidad y honestidad? ¿Cómo no darse cuenta de que la corrupción es una inmoralidad, pero también es una mecha corta que se enciende y que explota sobre todos (inclusive sobre el que la encendió)? Estoy seguro de que, como refería en el caso médico, se trata de múltiples causas que llevan a la ‘enfermedad’ de la violencia, el hambre y la corrupción. Pero también estoy seguro de que pueden ser muchos factores, complejos y estar ocultos, pero existen, están ahí, y hay que atacarlos.
Muchas de las ideas para el futuro están en el pasado. Y no porque debamos pensar que todo pasado fue mejor, sino porque es indispensable aprender de lo que pasó para que, en el caso de que haya sido bueno, mejorarlo y repetirlo; y en el caso de que haya sido malo, aprender de eso y no volver a hacerlo. Nuestro país se construyó con el esfuerzo de muchos que pudieron hacer de la nada su casa, constituir su familia y hacer que sus hijos estudiaran; en nuestro país existía una mayor justicia social y la brecha entre ricos y pobres era más angosta; en nuestro país, hubo próceres que forjaron la patria y que fueron honestos, austeros, justos. ¿Por qué no aprender de todo esto y repetirlo? Pero también en nuestro país reinó la violencia en las calles y en las sombras, el terrorismo de Estado, la muerte como paisaje cotidiano; y primó la opulencia, la frivolidad y la exclusión como política; y existieron dirigentes vergonzantes y desvergonzados que se apropiaron de lo que era de todos. ¿Por qué no aprender también de eso y saber decir para siempre ‘nunca más’?
Esos síntomas de sociedad ‘enferma’ deben tratarse con emergencia, pero no hay remedio más eficaz que aquello que se elabora como estrategia a largo plazo, que entiende que el presente está preñado de futuro, y que ese ‘retoño’ depende de lo que hagamos hoy.
El principal capital que tenemos como Nación es nuestro capital intelectual, la capacidad de pensar, de crear, de innovar. Entonces, como aquel que sabe dónde está el terreno fértil que permitirá la riqueza (económica pero también moral y cultural), debemos invertir ahí.
Las ideas para estos próximos años son, justamente, la explotación de esas ideas, una revolución educativa que tome como prioridad el conocimiento. ¿Qué significa esto? Que exista en nuestro país, como existió el de la democracia, el de la modernización, el de la inclusión social, el paradigma del conocimiento: que la sociedad esté convencida de que si se estudia, si se investiga, si se es creativo, si se innova, si se desarrollan ideas originales, si se produce tecnología y ciencia, vamos a vivir mejor en lo inmediato (la esperanza, los desafíos, las ganas de crecer, también impactan en la motivación, en la autoestima, en la alegría del día a día), pero también vamos a vivir mejor como Nación pacífica, inclusiva, desarrollada y honesta de una vez y por muchos años.