Plan Terapia para Todos: la salud mental de los economistas y las series policiales de Film & Arts

Diario La Nación

Por Sebastián Campanario

Con cuadros depresivos en aumento, que ya son la principal causa de discapacidad en la franja de personas de entre 35 y 40 años, y otros trastornos emocionales que también crecen, se estima que los problemas de salud mental -que atacan en mayor proporción a la población en edad laboral- representan un costo cercano a 10% del PBI en los países desarrollados. Las cifras dispararon un debate muy interesante de políticas públicas que involucra a sanitaristas, psicólogos, psiquiatras y también a economistas especializados en salud.
“En los países ricos, las enfermedades mentales son el 38% de todas las enfermedades; y el porcentaje trepa a 50% en la población trabajadora”, dice Richard Layard, economista de la London School of Economics, que promueve en Inglaterra algo así como un plan de Terapia para Todos. Layard cuenta, en un libro escrito junto al psicólogo David Clark, que los costos de un programa a gran escala de terapias cognitivo-conductuales cortas -16 sesiones- “basadas en evidencia con resultados reales” son mucho menores a los costos que implican las dolencias emocionales en términos de días no trabajados, desmotivación, etcétera.
El profesor de LSE es una autoridad en el campo de la “economía de la felicidad”, y sostiene desde hace años que, dado que la salud emocional es de lejos la variable que más incide en la “felicidad”, aumentar impuestos para costear programas masivos que ataquen este problema a gran escala representa un óptimo desde el punto de vista de la política pública. Su voz es muy escuchada por los políticos del Partido Laborista. Layard y Clark analizan los resultados de un plan lanzado en 2008 en Inglaterra, por el cual recibieron terapia breve medio millón de pacientes (según ellos, menos del 10% de los que deberían haberlo hecho) con muy buenos resultados.
“En materia de políticas públicas sobre trastornos mentales, probablemente lo que la mayoría de los gobiernos hacen no es lo adecuado”, dice a LA NACIÓN el neurocientífico Facundo Manes, director de Ineco y rector de la Universidad Favaloro. “Los pacientes siguen sufriendo y las tasas de prevalencia de muchas de estas enfermedades suben, no bajan”, agrega el autor del best seller Usar el cerebro (Planeta), que va por su novena edición, con 100.000 ejemplares vendidos. Manes fue el médico que operó a la presidenta Cristina Kirchner. “Sin duda, hay que aumentar el presupuesto para investigación y prevención de este tipo de dolencias”, dice.
Manes es optimista con los avances científicos. “Diagnosticar enfermedades mentales antes de que aparezcan los síntomas es el principal desafío del futuro”. Mapear la actividad de cada neurona sería la clave.
Layard pone mucho énfasis (a tal punto de consignarlo en el título de su libro) en el costado de “basado en evidencia”, porque sabe que la discusión sobre cuál es el mejor remedio para estos trastornos es muy compleja. Según su visión, respaldada en estudios estadísticos con asignación aleatoria (los famosos randomized trials, tan de moda en la economía empírica), la terapia cognitivo-conductual breve (en el programa de Inglaterra costó 650 libras por paciente) da mejores resultados que la medicación psiquiátrica, por caso. “Y los pacientes la prefieren antes que tomar medicación”, asegura.
“Es absolutamente correcto trabajar sobre intervenciones que han demostrado evidencias de su efectividad. Esto que es hoy moneda corriente en medicina resulta extremadamente difícil en salud mental”, explica Federico Tobar, experto en salud e investigador del Cippec. “No voy a entrar en acusaciones de las del tipo de Mario Bunge cuando colocaba a la astrología y el psicoanálisis en el mismo nivel de desarrollo científico, pero se trata de un terreno pantanoso.”
Tobar habla por experiencia propia. Doce años atrás coordinó el lanzamiento del plan Remediar, de entrega de medicamentos gratuitos a la población en los Centros de Atención Primaria de todo el país. “Por aquel entonces, vinieron a verme muy enojados los psiquiatras del programa de salud mental porque estaba desconsiderando cuadros muy prevalentes (depresiones, trastornos de ansiedad, etcétera) en el botiquín de medicamentos de Remediar. Cuando quise utilizar el mismo procedimiento metodológico que se utiliza para definir qué medicamento usar para tratar una enfermedad cualquiera (como bronquitis, diarrea o hipertensión) fue imposible poner de acuerdo a los psiquiatras. Incluso la Asociación Argentina de Psiquiatría llegó a reclamar que los únicos habilitados para prescribir psicofármacos son ellos. De modo que la solución pasaría por incorporar más de 6000 psiquiatras para trabajar en los Centros de APS”, recuerda Tobar.
Pero la historia no terminó ahí: “Los psicólogos, en su mayoría psicoanalíticos, también cuestionaron la respuesta farmacológica cuando, en su opinión (no aportaron evidencias), el tratamiento psicoterapéutico resultaba más efectivo. Sin embargo, tampoco se pudo estandarizar cuál sería la intervención a ser garantizada. Resultado: ante la falta de evidencias y dificultades para ponerse de acuerdo no se incorporó ninguna acción de salud mental en la APS”.
Según Tobar, esta discusión no se agota allí, sino que un consenso sobre lo anterior sería recién un punto de inicio. “Una vez que se define que una intervención es efectiva hay que demostrar que es eficiente. Es decir: que los resultados de salud que produce para la población compensan los costos”, explica. Y remarca que “en salud mental es claro que es mejor invertir en bienes públicos vinculados a la prevención que en tratamientos individuales”.
“El año pasado -sigue Tobar, quien además de especialista en salud es un apasionado del surf- un grupo de sanitaristas nucleados bajo el denominado grupo PAIS (Pacto por la Inclusión en Salud) hicimos una propuesta para a la Superintendencia de Servicios de Salud sobre cómo conviene cubrir y tratar las enfermedades más caras. Encontramos propuestas para muchas patologías. Pero no encontramos soluciones para el problema de las adicciones. Es decir, la falta de evidencias respecto de los resultados de los tratamientos (ambulatorios y en internación), junto a la alta tasa de reincidencia de los adictos, nos llevaron a concluir que si se va a cubrir a todos los adictos es muy probable que no queden recursos para cubrir otras patologías como leucemia, distintos tipos de cáncer y algunas enfermedades raras. Sin embargo, sí se justifica incorporar una contribución específica para prevenir las adicciones.”
Para Oscar Cetrángolo, profesor de la UBA, economista y especialista en temas de finanzas públicas, la problemática planteada por Layard es muy relevante para países ricos, pero tiene sus dudas con respecto a su extrapolación directa a la Argentina. “No creo que allí (en Inglaterra o Suecia) los problemas de salud mental sean más graves que aquí, pero son tal vez más prioritarios, ya que tienen resueltos muchos de los problemas de atención de la salud primaria que nosotros no. En especial en las provincias más rezagadas.”
Cetrángolo se autocalifica como un “adicto” a las series policiales inglesas de Film & Arts, el canal de cable: “Noto que casi todos los casos de Wallander, Morse, Lewis, Arne Dahl, entre otros, se relacionan con personajes de la clase media alta o alta con problemas mentales”.
“Relacionado con lo anterior, siempre hay un problema de prioridades -sigue Cetrángolo-. Cada vez que veo a alguien argumentar sobre la importancia de un gasto público me doy cuenta de que nunca discute en el sentido de qué es mejor que otro, sino que es importante en sí mismo. En la Argentina eso se traduce en una puja permanente por diferentes sectores que hacen lobby para que su propio programa no quede fuera de la restricción presupuestaria (educación, jubilaciones, etcétera). Hay poco debate de prioridades.”
La discusión por el Plan Terapia-Diván-Rivotril-Cuénteme-de-su-Infancia-Fotito-de-Freud-que-Alguien-Trajo-de-su-Casa-Museo-de-Viena para Todos recién comienza. La seguimos en la próxima sesión.