Viaje al centro del cerebro

Publicado en ADN Cultura La Nación

Por Nora Bär

Hubo épocas en que el acceso al conocimiento era algo a lo que sólo podían aspirar algunos elegidos. Los textos escritos eran tan preciados que en Librerías del mundo antiguo (Edicions Bellaterra, 2003) Lionel Casson cuenta que los ptolomeos confiscaban todos los libros que encontraban en los barcos que recalaban en Alejandría, les daban copias a los propietarios y los originales iban a parar a la biblioteca que reunía la suma del saber de la Antigüedad. Casi tres siglos antes de Cristo, Ptolomeo III ansiaba tan ardientemente las versiones oficiales de las obras de Esquilo, Sófocles y Eurípides, escribe Casson, que no dudó en desembolsar 15 talentos -una suma enorme, equivalente a millones de dólares- ni en recurrir a la estafa a la hora de negociar los preciosos rollos para que se hicieran copias.

Mucho más cerca, en el siglo XV, cuando, según cuenta Jacques Le Goff en Los intelectuales en la Edad Media (Eudeba, 1965), los universitarios y maestros se convertían en ricos propietarios y se dedicaban a especular, se hacían usureros y prestaban dinero a interés a estudiantes necesitados, el objeto elegido como prenda no era otro que el libro, considerado un tesoro tan valioso como las joyas o los metales preciosos. Incluso dos siglos más tarde, según apuntan Guglielmo Cavallo y Roger Chartier en su Historia de la lectura (Santillana, 2001), “La ordenanza ducal de bibliotecas de la ciudad turingia de Gotha especificaba: ‘El que quiera ver más de cerca un libro deberá solicitarlo al bibliotecario, que se lo mostrará y, llegado el caso, le permitirá leerlo'”.

Hoy, las obras de divulgación o popularización de la ciencia están por todos lados, y no sólo impresas en papel, sino también en múltiples formatos. En el podio de sus ejemplos más exitosos seguramente habría que colocar a dos de ellas. Cosmos, de Carl Sagan, a principios de los años ochenta fue un suceso editorial sin precedente y lleva vendidos cinco millones de ejemplares (la serie de TV en la que se basa fue actualizada y reeditada por su mujer, Ann Druyan, y su discípulo Neil De Grasse Tyson, y en estos momentos se emite en 181 países). Historia del tiempo, de Stephen Hawking (Editorial Crítica, 1999), se tradujo a 30 idiomas, estuvo 237 semanas en la lista de best sellers de The Sunday Times y con nueve millones de ejemplares vendidos para 2002 casi duplicó el récord de la obra de Sagan.

Pero Sagan y Hawking son sólo dos de una legión de científicos y periodistas especializados que escriben y publican regularmente sobre los temas más diversos, desde la antropología hasta la física cuántica, y desde la matemática hasta la biología o la criptografía. Dentro de ese vasto universo se recorta un campo temático que cada vez tiene más cultores y provoca un interés creciente: el del cerebro y las neurociencias. Prácticamente un nuevo subgénero de la divulgación científica.

Dos libros de autores argentinos publicados en el último año y medio configuran fenómenos editoriales impensados en nuestro medio. Estanislao Bachrach, doctor en biología y profesor de Liderazgo e Innovación en la Universidad Torcuato Di Tella, escribió Ágilmente (Sudamericana, 2012), “un libro sobre la habilidad para imaginar y ser más creativos”, que lleva vendidos 150.000 ejemplares. Facundo Manes y Mateo Niro firman Usar el cerebro (Planeta, 2014), que propone “conocer nuestra mente para vivir mejor”, vendió más de 85.000 volúmenes en dos meses y pronto llegará a los mercados de Chile, Uruguay, Colombia, México y España. Ambos tuvieron un impacto del que no suele ufanarse la ficción.

Basta con alejar un poco el punto de mira para encontrar otros ejemplos de esta vertiente, como El arte de olvidar (Edhasa, 2008), en el que Iván Izquierdo, el neurocientífico argentino que creó y dirige el Centro de Memoria de Rio Grande do Sul (Brasil), analiza por qué “el aspecto más notable de la memoria es el olvido”. En Borges y la memoria (Sudamericana, 2011), el físico y neurocientífico argentino Rodrigo Quian Quiroga, que dirige el Laboratorio de Neuroingeniería de la Universidad de Leicester (Inglaterra), expone cómo el autor de “Funes el memorioso” anticipó en varias décadas muchos de los descubrimientos de la neurociencia actual. Historias del cerebro (Debate, 2013), una compilación de relatos sobre pacientes con extrañas enfermedades neurológicas, de Alejandra Folgarait y Marcelo Merello, ya va por su segunda edición. Entre los lanzamientos importantes de este mismo año está El cerebro lector, que devela los engranajes de esta sublime capacidad que es una adquisición reciente de la humanidad (Siglo XXI, colección Ciencia que Ladra, serie mayor), y cuyo autor, Stanislas Dehaene, acaba de ganar el premio Brain, considerado el Nobel de las neurociencias.

Es más: para los próximos meses, la onda expansiva de este mercado creciente ya tiene en preparación nuevos títulos firmados por el propio Bachrach, por Mariano Sigman, físico y neurocientífico que creó el Laboratorio de Neurociencia Integrativa de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, y por el multifacético Diego Golombek, investigador del Conicet en la Universidad de Quilmes, director de la colección Ciencia que Ladra (que desde este año tendrá una versión “melliza” en México), columnista de la revista dominical de este diario, probable director del Museo de la Ciencia del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva y conductor de ciclos televisivos como Proyecto G. Editorial Paidós también anticipa para la primavera una nueva colección de libros de bolsillo sobre temas científicos que incluirá el funcionamiento del cerebro.

Bachrach promete una secuela de Ágilmente. “Todavía estamos discutiendo el título, pero estará dedicada al cambio”, dice. Sigman reunirá en una obra que está escribiendo para Random House sus quince años de “estudio del pensamiento humano, la identidad, desde que uno nace hasta que se hace adulto, y la cultura, cómo la genera nuestra manera de pensar, de escribir, de razonar”. Y Golombek, que ya frecuentó este género con Cerebro. Últimas noticias (Editorial Colihue, 1998) y Cavernas y palacios (Siglo XXI Editores, 2011), explorará en Las neuronas de Dios (Siglo XXI) el origen de las creencias en una divinidad partiendo de “la inquietante hipótesis de que sí, Dios existe, lo necesitamos y. lo inventó el cerebro”.

En rigor, el interés por el que algunos llaman “el objeto más complejo del universo” y otros, “el telar encantado” no es verdaderamente una novedad de este siglo. La interpretación de los sueños, el gran clásico de Freud, publicado por primera vez en alemán en noviembre de 1899, donde el creador del psicoanálisis plantea que los sueños son “una vía privilegiada de acceso al inconsciente”, atravesó las fronteras del coto cerrado de los especialistas y, a veces sujeto a las deformaciones que impone la popularidad, se transformó en un ítem de amplio consumo cultural. Lleva desde entonces innumerables ediciones y hasta se ofreció, junto con otras obras del padre del psicoanálisis, en los quioscos de diarios. En la Argentina, integra el fondo editorial de Amorrortu.

Aunque sería imposible identificar el título preciso que desató el actual tsunami de los libros sobre el cerebro, en la segunda mitad del siglo XX hubo varios autores que supieron detectar precozmente el fervor del gran público por los misterios de la mente. Oliver Sacks, que en 1973 se dio a conocer con Despertares (Anagrama), ya es un clásico por su vasta obra dedicada a recoger las historias de personas aquejadas por singulares patologías neurológicas que permiten atisbar algunos de los engranajes más sorprendentes del cerebro. En la primera de su larga serie de obras dedicadas al tema, relata la sorprendente trama de un grupo de pacientes del Hospital Monte Carmelo, de Nueva York, sobrevivientes de una gran epidemia de encefalitis letárgica, y del súbito despertar que experimentaron cuarenta años más tarde cuando les administró levodopa, un medicamento que por entonces acababa de aparecer y cuyos efectos quiso ensayar en ellos. El libro inspiró un documental para TV, guiones radiofónicos, obras teatrales y una película protagonizada por Robert De Niro.

Otro de los relatos ya clásicos de Sacks es El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Anagrama, 1985), donde cuenta veinte casos de individuos “aquejados por inauditas aberraciones de la percepción, que han perdido la memoria y, con ella, la mayor parte de su pasado, que son incapaces de reconocer a sus familiares o los objetos cotidianos, que han sido descartados como retrasados mentales y que, sin embargo, poseen insólitos dones artísticos o científicos”. En Veo una voz (2003) explora el universo de los sordos profundos; en Musicofilia (2009), analiza la relación entre la música y el cerebro humano; en Los ojos de la mente (2011) expone las peripecias de personas como Lilian, concertista de piano que distingue las letras del alfabeto pero no puede leer sus partituras, o Howard, el escritor que un día despierta y se da cuenta de que todo lo que intenta leer se le aparece impreso en una lengua de signos incomprensibles. En Alucinaciones (2012), desafía muchas de las nociones aceptadas sobre las visiones adjudicadas a la locura, el misticismo y hasta el uso de drogas psicodélicas.

En 1980, el matemático Douglas Hofstadter ganó el Pulitzer con su libro Gödel, Escher, Bach (Basic Books, 1979), donde se pregunta sobre la génesis del razonamiento y el lenguaje, y que a poco de su aparición se convirtió en un éxito espectacular de ventas. Más tarde, en El ojo de la mente (Sudamericana, 1983), escrito en colaboración con el filósofo Daniel Dennett, vuelve sobre el tema, explora el fenómeno de la conciencia y se pregunta por la naturaleza de la mente, la existencia del alma y la transformación de materia biológica en pensamiento.

Entre los precursores cuyas teorías se convirtieron en tema de conversación en cafés y programas de televisión está también el psicólogo de la Universidad de Harvard, Howard Gardner. Autor de una vasta bibliografía sobre la inteligencia se hizo ampliamente conocido por su Teoría de las inteligencia múltiples (Fondo de Cultura Económica, 1987), donde plantea que la inteligencia es la capacidad de resolver problemas, pero que no se reduce a los logros académicos sino que puede manifestarse en esferas diferentes (como la lingüística, la lógico-matemática, la musical, la espacial o la interpersonal), que son parcialmente independientes entre sí. Su obra incluye también Estructuras de la mente (Fondo de Cultura Económica, 1994), Siete inteligencias. La teoría en la práctica (Paidós, 1995), Mentes creativas. Una anatomía de la creatividad. (Paidós, 1995), La nueva ciencia de la mente (Paidós, 1996), Arte, mente y cerebro (Paidós, 1997), Mentes líderes (Paidós, 1998), Mentes extraordinarias (Kairós, 1999) y Las cinco mentes del futuro (Paidós, 2005), entre otros títulos.

Daniel Goleman, psicólogo y periodista científico del New York Times, y Antonio Damasio también se convirtieron durante un tiempo en una suerte de “gurúes científicos”, si fuera posible semejante combinación. En La inteligencia emocional (Javier Vergara, 1995), Goleman vuelca investigaciones que sugieren que las emociones pueden tener tanto valor para el desarrollo personal como el hoy desprestigiado cociente intelectual, o incluso más. El libro estuvo un año y medio en la lista de best sellers del diario neoyorquino.

El destacado neurobiólogo portugués Antonio Damasio, por su parte, avanzó un paso más allá. En el ya clásico El error de Descartes, la razón de las emociones (Editorial Andrés Bello, 1996) reflexiona sobre la naturaleza de la racionalidad y llega a la conclusión de que, contrariamente a lo que podría suponerse, las emociones son vitales para la toma de decisiones. Basándose en su experiencia con individuos que sufrieron lesiones neurológicas, plantea que su ausencia puede aniquilar el razonamiento. El libro fue traducido a 30 idiomas y está considerado uno de los más influyentes de las últimas dos décadas. Su producción continuó con La sensación de lo que ocurre (Debate, 2001), que tuvo 30 traducciones y fue incluido por The New York Times entre los 10 mejores libros de 2001, y En busca de Spinoza: neurobiología de la emoción y los sentimientos (Crítica, 2005).

Hasta el mismísimo Francis Crick, que hace medio siglo develó junto con James Watson “el secreto de la vida” al anunciar en el Eagle Pub de Cambridge la estructura molecular del ADN, se volcó más tarde a la neurobiología teórica y el estudio científico de la conciencia. Producto de esas elucubraciones fue La búsqueda científica del alma, (Debate, 1994).

Como es lógico, esta inusitada fascinación por la maquinaria de la mente ejerce una poderosa seducción sobre los editores, pero también atrae a los neurocientíficos puertas afuera de sus laboratorios, al Olimpo de la popularidad que antes se reservaba a los actores y personajes del jet set. Bachrach confiesa que a sus cursos en la Universidad Di Tella concurren mil o dos mil alumnos por año, y que muchos se acercan porque leyeron su libro. “Yo trabajo para darles una mano en el nivel laboral, pero la gente lo toma en forma personal -cuenta-. Es emocionante: hay personas que me paran en la calle y me dicen: ‘Lo leí con mi novia. con mi mujer. ahora me animo a cosas con mi jefe. estoy tirando ideas distintas’. Es un libro motivacional.”

Manes, que ya visitó un célebre almuerzo televisivo, fue conductor de una serie de TV dedicada a explorar las últimas noticias sobre el cerebro, es invitado a programas políticos de la TV nocturna y hasta fue entrevistado en la radio por los periodistas de más alto rating, afirma: “Nos ocurrió con este libro que tuvimos respuestas y comentarios muy elogiosos de lectores de diversos ámbitos, tanto de profesionales de distintas disciplinas (psicólogos, lingüistas, politólogos), que lo leyeron como parte de su formación específica, como del público general que lo lee en el subte o en un bar porque alguien se los recomendó. Quizás esa conjunción era uno de los mayores desafíos que nos propusimos: que fuese un libro de lectura amplia pero que no dejase en ningún punto el rigor científico, discursivo y metodológico”.

Folgarait se sorprende por la cantidad de adolescentes que se entusiasman con su obra: “La leen de un tirón y dejan mensajes en la página de Historias del cerebro de Facebook. Muchos padres interesados en la ciencia cuentan que les regalaron el libro a sus hijos. Y también están los que dicen haberse sentido identificados con los casos y piden más información o contactos”.

Golombek atribuye la atracción de estas publicaciones a que “El cerebro está de moda. Así como la primera mitad del siglo XX fue de la física y la segunda estuvo marcada por la biología, esta etapa del XXI tiene dueño: la neurociencia. Posiblemente parte del auge de esta disciplina tenga que ver con que la tecnología (análisis de imágenes cerebrales, genética del comportamiento, mediciones electrofisiológicas, entre otras) nos ha permitido conocer mucho, mucho más sobre el cerebro y la mente que lo que sabíamos hasta hace apenas unas décadas. Parte de ese conocimiento, como es lógico, se derrama hacia otras áreas y, también a la divulgación científica: el pueblo quiere saber de qué se trata su cerebro”.

De hecho, la génesis de estas obras responde al interés de los autores por dar a conocer los hallazgos más sorprendentes sobre los misterios de este órgano que desafía hasta la más poderosa de las fantasías.

“Entrevisté muchas veces al doctor Marcelo Merello, de Fleni, y siempre me contaba casos interesantes que quedaban; sin embargo, fuera de las notas -recuerda Folgarait, que es psicóloga y periodista científica-. Me parecía que esas historias merecían ser contadas y que un libro era la oportunidad para relatarlas y divulgar al mismo tiempo temas de neurociencia. Significaba, además, un doble desafío: escribir a cuatro manos con un médico especialista y darle una estructura narrativa, inusual en la divulgación científica clásica, a un libro destinado a todo público. Siempre me interesaron y seguí de cerca los temas ligados a la mente, el cerebro y las psicopatologías. Los impresionantes descubrimientos neurocientíficos de los últimos tiempos no hicieron más que aumentar mi curiosidad y mis ganas de contar lo que voy sabiendo.”

Ella reconoce que “el tema del cerebro hoy está en todas partes, tratado desde diversos ángulos”, y cuenta que empezó a escribir junto con el doctor Merello un par de años antes de la publicación de Historias… “Pero, en verdad, empecé a darle vueltas a la idea mucho tiempo antes, mientras escribía notas sobre el tema para diferentes revistas -aclara-. Yendo incluso más atrás, podría arriesgar que los orígenes están en una enfermedad neurológica que padecí en la infancia.”

Manes se sintió impulsado a la escritura porque creyó necesario “poner al alcance de los lectores un abordaje científico de lo que hoy las neurociencias conocen de este órgano tan complejo y enigmático -dice-. Por otro lado, quisimos con este libro tender puentes entre las neurociencias y los diferentes dominios de la sociedad: la literatura, el arte, la educación, la política, la economía, etcétera. Resulta necesario y estimulante que distintas disciplinas y escuelas discutan cómo se plantea científica, intelectual y metodológicamente uno de los desafíos más fascinantes de nuestra época: pensar nuestro cerebro. Pero también explicar los alcances y límites de esta disciplina. Es importante que se reflexione respecto de las preguntas que se abordarán, sobre todo teniendo en cuenta que frecuentemente se alimenta una industria ‘neuroinspirada’ del marketing “. Y enseguida aclara: “Quiero decir que muchas veces la ciencia se transforma sólo en una impostura, una estrategia de marketing”.

En efecto, como suele suceder, junto con la proliferación de publicaciones aparecieron también todo tipo de distorsiones y se banalizaron muchos de los hallazgos e hipótesis con que trabajan los neurocientíficos. Tal como escribió Sebastián Campanario en este diario, el cerebro gana protagonismo en las charlas TED y en los ensayos de no ficción: “Desde los que tratan sobre running hasta los de economía no convencional, cada uno tiene su propio capítulo de neurociencias. Hay estudios que comprobaron que el prefijo ‘neuro’ le sube el valor a cualquier investigación o actividad, sólo por el hecho de establecer un vínculo con una ciencia de moda. Y distintos ámbitos del conocimiento adquirieron una ‘neurodimensión’: sucede con la neuroeconomía , la neuroteología , la neuropolítica y la neuroeducación”.

Así, los investigadores se encuentran con que medio mundo repite como verdades reveladas afirmaciones completamente erradas sobre presuntos descubrimientos. Hace un par de semanas, por ejemplo, un conocido instituto de “entrenamiento del cerebro” promocionaba sus cursos afirmando que “se usa tan sólo un 10% de la capacidad intelectual” y que es posible mejorar el rendimiento entrenando “la neuroplasticidad cerebral”, dos aseveraciones que oscilan entre la falsedad absoluta y la inconsistencia.

“Muchos libros de autoayuda incluyen en el título algo del cerebro para aprovechar el prestigio de la ciencia -dice Manes-. Tenemos que ser cuidadosos, ya que la neurociencia es un área fascinante que costó mucho instalar en la Argentina y puede desprestigiarse si no dejamos en claro qué es lo que realmente se sabe y lo que no se sabe sobre los misterios cerebrales. Por ejemplo, muchas veces se sacan conclusiones sobre avances en neuroimágenes, pero la verdad es que no se pueden conocer los pensamientos de una persona con solo mirar las áreas de su cerebro que se activan durante un estudio de resonancia magnética.”

“La neurociencia tiene un aspecto más mecanicista (las neuronas, cómo se conectan entre sí y cómo funcionan), y otro que linda más con la psicología (cómo nos desarrollamos, cómo aprendemos, cómo decidimos, por qué aceptamos ciertas cosas y cómo nos transformamos) -subraya Sigman-. Pienso que en la neurociencia hay exageraciones. La relación de la sociedad con la ciencia es un poco esquizofrénica: por un lado se la ignora y a veces se la endiosa. Pero la ciencia no es ni Dios ni el diablo. Decir que algo está ‘científicamente demostrado’ adquiere un estatus casi teológico. Por definición, la ciencia no puede demostrar algo, sólo puede sugerir cosas. La neurociencia durante muchos años fue expulsada de los foros del conocimiento argentino, se consideraba que el pensamiento no podía ser abordado desde el punto de vista de la ciencia. Y ahora se da la situación contraria. Me doy cuenta de que uno disfruta de este espacio de confort, porque estar ‘de moda’ da visibilidad. Si mostrás una imagen del cerebro, el resultado se vuelve más creíble, pero hay que ser responsable: la neurociencia no va a resolver todo. Por otro lado, es lógico que el estudio de cómo pensamos tenga que ver con todas las disciplinas humanas: el derecho, la economía, la sociología… toca todo. Pero no siempre la escala más adecuada para un problema es la biológica. A veces es la social; otras, la individual, la de la neurona o la de la molécula. Tenemos que ser cuidadosos y prudentes, porque cuando uno lanza afirmaciones toman una trascendencia que tal vez no tienen. Y las modas pasan rápido.”

Bachrach y Golombek coinciden. “Me entrené en Estados Unidos en neuromarketing -comenta el primero-, di un curso en la Di Tella, conté lo que aprendí, pero después no lo quise dar más porque me pareció una herramienta todavía dudosa. Hoy está en pañales y uno corre el riesgo de afirmar cosas que no están claras para la ciencia. Como en todo, también en esto aparecen los que aprovechan la moda. Es imposible evitarlo.”

“Mi formación en neurociencias me impuso la necesidad de contar la historia más fascinante de la biología: la del cerebro y sus circunstancias. Traté de compartir mi fascinación por eso que no sólo forma parte de nosotros, sino que, más directamente, también nos hace ser quienes somos. El problema, como siempre, es el abuso: como con la cuántica (ese misterio), el prefijo ‘neuro’ se ha asociado a cuanto tema ande dando vueltas en busca de un compañero que, aparentemente, le brinde otro estatus de presentación; así aparecen la neuroeconomía, el neuromarketing, el neuroentrenamiento, la neuroteología y, si nos descuidamos, los neurohelados y los programas de neurochimentos -bromea provocativamente Golombek, que está terminando de grabar una nueva serie, El cerebro y yo, con Mariano Sigman, para Canal Encuentro-. Al mismo tiempo, el hablar de neurociencias parece dar vía libre a las teorías más esotéricas, pseudocientíficas y ‘autoayúdicas’ que aparecen a diario, de las que hay que cuidarse especialmente, dado que disfrazan sus nimiedades (o falsedades) con palabras difíciles, citas de dudoso origen o afirmaciones categóricas incontrastables. En medio de la maraña, libros como el de Estanislao Bachrach o el de Facundo Manes se destacan por su sensatez, su firme basamento en investigaciones comprobadas y comprobables, por los créditos de sus autores. Pero son un par de árboles en el bosque.”

Más allá de estas tribulaciones, los autores disfrutan un momento de privilegio que, como Las mil y una noches, promete prolongarse en innumerables tramas, a cual más atrapante. “Estamos muy sorprendidos -dice Bachrach-. ¿Qué puedo hacer más que disfrutar? Es una pasión ¡y qué lindo que es cuando se puede compartir con los demás! Me encanta que la gente hable del tema, me encanta que haya otros autores que escriban sobre esto. Lo saludo y lo aplaudo.”

“Imaginamos y escribimos este libro porque creíamos que hacía falta -agrega Manes-. Ojalá Usar el cerebro ofrezca respuestas a grandes interrogantes sobre la mente humana, pero, sobre todo, que promueva nuevas preguntas, nuevos enigmas y nuevos desafíos. Para abordar esto quizás estemos nosotros o quizás estén otros científicos e intelectuales. No lo sabemos. Lo importante es que ocurra.”

“Sí, el tema del cerebro me parece fascinante e inagotable -concluye Folgarait-. Hay mucho por descubrir aún y muchas historias para contar.”