Cómo nos duele el dolor ajeno

La Nación

En esa lúcida noche fundamental, a Cruz y a su cuadrilla de policías se les había encomendado apresar a un malevo de nombre Martín Fierro. Pero lo que también se cuenta en ese pasaje clave de la célebre obra de José Hernández es que, cuando ya tenían a su presa rodeada, gritó: “¡Cruz no consiente que se cometa el delito de matar ansi un valiente!”, y se puso a pelear junto a él. Es lógico que el lector se pregunte qué se le habrá revelado en su interior que lo llevó a jugarse su propio pellejo, a elegir en este “dilema moral”, como dice Borges, su destino de lobo y no de perro gregario. Quizá la primera respuesta a todo esto lo da el mismo Cruz, algunas estrofas siguientes: “Sin ser una alma bendita, me duelo del mal ajeno”.

La moralidad ha sido definida como un conjunto de costumbres y valores que son utilizados por un grupo cultural para guiar la conducta social. Existe una larga tradición filosófica que se ha dedicado a examinar críticamente el razonamiento y comportamiento moral y la posibilidad de la existencia de valores universales. Sin embargo, hasta hace muy poco se desconocían las bases neurobiológicas de la actividad humana de valorar, de juzgar o de actuar moralmente. En las últimas décadas, las neurociencias han comenzando a centrarse justamente en esto, ofreciendo explicaciones científicas sobre las bases neurobiológicas de la deliberación y del comportamiento social.

La moral es un producto de las presiones evolutivas que han formado mecanismos cognitivos y motivacionales sociales. Los primates no humanos tienen un amplio repertorio de conductas sociales (el cuidado de sus compañeros o cierto sentido de justicia, por ejemplo) que permiten interpretarlos como verdaderos precursores de la moral humana. La evolución del área frontal del cerebro está íntimamente relacionada con la aparición de moralidad humana.

Uno de los puntos centrales a tener en cuenta a partir de este abordaje es cómo se relaciona la cognición moral con la emoción y cuáles son sus sustratos neurales. Los resultados de múltiples estudios de neuroimágenes funcionales e investigaciones en pacientes con sociopatía o lesiones en el lóbulo frontal han mostrado que la cognición moral no se restringe a alguna región particular del cerebro, sino que emerge de la interacción de varias estructuras que conforman una red neural. Esta red la constituyen principalmente el área frontal, el área temporal y la amígdala. La zona frontal es un área del cerebro que, además de estar relacionada con la moralidad, se relaciona con las emociones. De hecho, las emociones parecen tener un rol crítico en el juicio moral. Por lo general, la mayor parte de nuestras decisiones morales están relacionadas con nuestras emociones e intuiciones, y es recién después de actuar cuando analizamos y explicamos racionalmente las decisiones que tomamos.

Varias investigaciones en pacientes con daño frontal han resaltado el rol de las emociones en el juicio moral, al mostrar que los pacientes con lesiones en esta región del cerebro generalmente presentan disminución de las respuestas emocionales y de las emociones socialmente relevantes tales como la compasión, la culpa y la vergüenza. La mayoría de estos trabajos han estudiado el juicio moral mediante la resolución de dilemas morales. Uno de los dilemas más comúnmente usados plantea la siguiente situación: “Usted está parado en un puente sobre las vías de un tren. Allí, a sus espaldas, trabajan cinco personas. El tren se acerca y esas personas van a ser arrolladas. Al lado suyo hay un hombre corpulento. Si lo empuja, el tren lo aplastará a él, pero se salvarán cinco vidas. ¿Lo empujaría?” En general, la respuesta a este dilema en poblaciones de distintas culturas suele ser “no”. Sin embargo, entre las personas que tienen lesiones frontales suele haber una proporción considerable de respuestas afirmativas.

Podríamos decir con esto que nuestros cerebros tienen una “configuración automática” que llamamos “emociones”. Una respuesta de miedo, por ejemplo, es la activación de un programa automático que reconoce las cosas peligrosas y nos dice, rápidamente, que hay que retroceder. Nuestro cerebro también cuenta con un “modo manual”, un conjunto integrado de sistemas neuronales que apoyan el razonamiento consciente, lo que permite dar respuesta a los retos de la vida de una manera más dinámica y contar con el conocimiento específico a la situación: “Esa es una serpiente mortal, pero está en una jaula, así que no hay nada que temer”. Nuestros ajustes automáticos a veces nos hacen resolver las cosas mal, pero sin ellos estaríamos perdidos. Del mismo modo, tenemos que razonar conscientemente para resolver problemas que son demasiado nuevos o que no podemos resolver con reacciones viscerales. Investigaciones recientes han demostrado que el juicio moral depende fundamentalmente de ambos ajustes. Complementariamente a esto, hemos comenzado a comprender cómo operan estos distintos procesos cognitivos. Se sabe, entonces, que no existe una “facultad moral” unificada en el cerebro. En lugar de ello, diferentes juicios morales son impulsados por distintos sistemas neurales que pueden competir entre sí. Tendríamos diferentes formas de hacer juicios morales por la misma razón que una cámara de fotos tiene diferentes maneras de tomar fotos (de modo automático o de modo manual). Nuestras “reacciones viscerales” morales-emocionales son muy eficientes, dándonos una respuesta clara y contundente (“no seas violento”). Pero estas emociones no son muy flexibles. Por ejemplo, pueden fijarse en las características no esenciales de una situación y pueden ser ciegas a las consecuencias más amplias de nuestras acciones.

Los fotógrafos a veces se enfrentan a nuevos retos en su arte y no pueden confiar en los ajustes automáticos instalados en su cámara. Del mismo modo, a menudo podemos cometer errores en nuestro pensamiento moral. Por ejemplo, como el filósofo Peter Singer observó hace décadas, somos muy insensibles a las necesidades de los otros cuando están distantes (un juicio que parece comprobar el refrán “ojos que no ven, corazón que no siente”). Resultaría raro permitir que un niño se ahogara ante nuestros ojos por la simple razón de que no queremos mojarnos la ropa nueva. Sin embargo, sí permitimos que millones de niños en el mundo se mueran por desnutrición y enfermedades evitables sin escandalizarnos y dejar de lado todo asunto insignificante hasta que eso se resuelva. Evolucionamos en un entorno en el que se pudo ayudar a la gente cercana desesperada pero no a “extraños distantes”. Somos “sensibles” a eventos inmorales únicamente cuando somos testigos directos o, al menos, de manera indirecta a través de fotografías o imágenes de televisión. Esto pone de manifiesto que la evolución puede haber dado sensibilidad automática para eventos próximos, pero no para sucesos lejanos. Para esto necesitamos la razón, que nos permite ser conscientes de la necesidad del otro; así, como dice Cruz a Martín Fierro, nos duele el dolor ajeno.