“Los argentinos tenemos que obsesionarnos con el futuro”

Publicado en El Día
Por Mariano Spezzapria

El neurólogo que trató a la Presidenta acaba de presentar un libro en el que detalla los avances de la ciencia que estudia el cerebro. En esta entrevista, también habla sobre su vida profesional y le abre una puerta a la participación en la política.

Facundo Manes tiene 45 años y es un neurólogo prestigioso desde hace más de una década, pero sólo logró traspasar el umbral del micromundo científico cuando encabezó el equipo que diagnosticó y trató a la presidenta Cristina Kirchner de un hematoma subdural el año pasado. Aunque a raíz del “juramento hipocrático” nunca quiso hablar de aquel episodio, comenzaron a trascender aspectos llamativos de su trayectoria profesional, su personalidad y sus inquietudes políticas.

Manes no se asemeja al estereotipo de un científico convencional, a juzgar por la cantidad de proyectos en los que se encuentra involucrado. Entre los más resonantes, preside la Universidad Favaloro (luego de haber creado allí un Instituto de Neurociencias) y encabeza la fundación INECO, una organización que apoya programas de investigación científica sobre trastornos neurológicos y psiquiátricos, en cuya sede del barrio norte porteño recibió a EL DIA.

Durante la entrevista, Manes hizo una analogía entre la realidad argentina y lo que las neurociencias tipifican como “miopía del futuro”, un mal que se caracteriza por llevar a los pacientes a tomar decisiones basadas en la recompensa inmediata, aunque a mediano y largo plazo puedan resultar negativas. Manes -que hoy presenta su obra “Usar el cerebro” en la Feria del Libro- también dijo que el país sólo alcanzará una etapa de desarrollo por medio de una “revolución educativa”.

“Si crecemos económicamente y no hacemos una revolución educativa y de conocimiento, no vamos a desarrollarnos. La pobreza sólo se reduce cuando hay crecimiento económico e inversión en educación, esa es la clave”, aseguró Manes, que tiene la experiencia de haber vivido en Inglaterra -allí obtuvo un master en Cambridge- y los Estados Unidos, donde aún ejerce la docencia en la universidad de Carolina del Sur. Es, además, un defensor de la educación pública.

Por eso destacó a la dirigencia que en el siglo XIX ideó e instrumentó el sistema educativo nacional. “Fue una generación de argentinos que murió antes de vernos a nosotros egresados, fue gente que pensó más allá de su vida biológica. En 1869, la Argentina tenía más del 70% de su población analfabeta. En 1945 tenía el 13%. Y a principios del siglo XX, el país tenía menos analfabetos que Italia y España”, recordó Manes, que nació en Quilmes y se crió en Arroyo Dulce y Salto.

Tal vez por ese motivo, Manes se refirió especialmente a la provincia de Buenos Aires al asegurar que tiene “una gran potencialidad”, pero advirtió que debe resolver problemas graves como la desnutrición, sobre todo la infantil. Y en medio de rumores sobre la posibilidad de que sea candidato a gobernador en 2015, dijo que es “prematuro” hablar de eso pero dejó en claro que está “dispuesto a participar de un grupo grande de personas que piense el país a largo plazo”.

– ¿En cuánto le cambió, en el reconocimiento popular, la operación a la Presidenta?

– Para mí, el juramento hipocrático incluye hablar del paciente, la experiencia y la enfermedad. Y también del impacto personal mío. Lo único que puedo decir es que fue un orgullo dirigir el equipo que intervino en el diagnóstico y tratamiento del hematoma subdural de la Presidenta. René Favaloro hubiera estado orgulloso, porque lo hicimos médicos formados en diferentes provincias. –

¿Qué lo motivó a escribir un libro de divulgación sobre el cerebro? –

Tengo el privilegio de dirigir varios laboratorios de investigación científica sobre el cerebro, en los que trabaja gente de diferentes disciplinas estudiando no sólo como funciona el cerebro ante enfermedades de impacto, sino en también en procesos normales, como la toma de decisiones, la conducta moral, la memoria, las emociones. Eso es un desafío diario y tenía la impresión de que la gente quería un libro que resuma los avances de la ciencia del cerebro de las últimas décadas.

– ¿Es decir que no es una obra destinada sólo a la comunidad científica?

– No. Estoy convencido de que, como científicos, tenemos la obligación de que la ciencia no quede en el laboratorio, sino que debemos transmitirla a la sociedad para generar debate. Es importante, porque desde respirar, hasta los problemas filosóficos más complejos, lo hacemos con el cerebro. Entonces todo lo que aprendamos va a impactar en la educación, para saber cuándo los chicos aprenden, cómo memorizan, cómo teorizan, cómo decodifican un mensaje.

– ¿Cómo fue su acercamiento inicial con el estudio del cerebro?

– Cuando estudiaba Medicina en la Universidad de Buenos Aires, una de las primeras materias es Anatomía. El último trimestre es neuroanatomía y el profesor era Tomás Masiti, una figura carismática, un investigador, que me hizo enamorar del tema y empecé a investigar las conexiones del cerebro. El profesor se había formado en Europa, había vuelto al país, participó en política y era una figura que yo admiraba.

– Con ese modelo, es de suponer que usted tiene inclinaciones políticas…

– Entiendo la política como una herramienta de transformación social. Fui presidente del centro de estudiantes de la escuela secundaria en Salto. En la universidad me dediqué a investigar y a ser docente, pero estaba cerca de la militancia. Después, estando en Inglaterra, aprendí de esa sociedad. Los países son desarrollados no porque tienen reservas naturales, sino porque invierten en el capital humano, en en la educación y el conocimiento.

– Al regresar al país usted desarrolló su profesión en una clínica privada. ¿Su incorporación a la Favaloro le amplió la mirada?

– Estuve en la Fleni y renuncié para crear INECO, una cosa loca que tenía en mente, un centro para estudiar el cerebro. Y luego tuve la suerte de que me llamaran de Favaloro para construir el sueño de René, que era el instituto de neurociencias. Acepté porque era un honor ser parte del proyecto que creó uno de los argentinos más importantes del siglo XX. Y yo quería hacer esto que me apasiona, para todo el espectro social.

– En el libro se le otorga mucha importancia a la influencia de la emoción al momento de tomar decisiones. ¿Por qué?

– Intuitivamente se puede pensar que los seres humanos tomamos decisiones racionales, pero hoy sabemos que muchas decisiones que tomamos día a día están facilitadas por la emoción. El cerebro humano desarrolló un mecanismo que muchas veces está basado en memorias y emociones previas, que quedan como un sello corporal. Lo hace en forma automática y no llega al nivel de la conciencia. Aunque, obviamente, también tomamos decisiones conscientes.

– ¿A que se denomina “miopía del futuro” en las neurociencias?

– Cuando se lesiona la zona frontal del cerebro, los pacientes prefieren la recompensa inmediata y no piensan en las consecuencias a largo plazo e hipotecan su futuro. Suele citarse el caso de Phineas Gage, un obrero norteamericano que era tímido, riguroso, que un día se puso pueril, deshinibido, perdió el trabajo y se fundió económicamente, porque empezó a tomar decisiones desventajosas. Su cerebro racional no estaba afectado, pero cambió su emoción, su personalidad.

– ¿La Argentina también padece un “daño frontal”, como país?

– Es una analogía que hago porque estamos concentrados en la coyuntura y no pensamos en el largo plazo. Un ejemplo muy claro es la educación pública. ¿Quién la pensó? Una generación de argentinos que murió antes de vernos a nosotros egresados, fue gente que pensó más allá de su vida biológica. En 1869, la Argentina tenía más del 70% de su población analfabeta. En 1945 tenía el 13%. A principios del siglo XX, el país tenía menos analfabetos que Italia y España.

– ¿Se trata de un problema de la sociedad, la política o los individuos?

– No tengo esa respuesta. Creo que es problema compartido, porque la sociedad genera la dirigencia que tenemos, no sólo la política, también la periodística, empresarial, intelectual. El gran drama de los argentinos es que estamos permanentemente pensando en el presente. Es una afectación que tenemos como sociedad, pero se puede cambiar. Hay que pensar en las instituciones, en la educación, en cómo va a estar la Argentina en 40 años. Nos tenemos que unir para eso.

– ¿Los personalismos atentan contra esa posibilidad?

– Una de las crisis que tenemos es no contar con paradigmas superadores, lo que nos ata a paradigmas personales. Entonces, en vez de proyectos políticos, hay proyectos narcisistas. Pero tenemos que debatir qué país queremos, porque los argentinos estamos obsesionados con el pasado, aunque sería mejor que nos obsesionemos con el futuro.

– ¿Si fuera convocado por alguna fuerza política, se sumaría?

– Para mí hablar de candidaturas es muy prematuro, pero estoy dispuesto si me convocaran a un proyecto basado en el conocimiento, con el objetivo de desarrollar la Argentina, de que no haya hambre en un país que genera alimentos para varias argentinas. No estoy preocupado por un cargo, sino por participar de un grupo grande de personas que piense la Argentina a largo plazo. No quiero ser un intelectual de crítica; sería egoísta si me limitara a escribir artículos científicos.

– Usted tiene raíces bonaerenses. ¿Qué haría para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos?

– Creo que es una obligación de todos los argentinos pensar la provincia de Buenos Aires porque representa un gran porcentaje del país, tiene una gran potencialidad, pero nos tenemos que asegurar como país que nuestros chicos se alimenten bien. Es inmoral tener desnutrición. No responsabilizo a nadie, lo digo como sociedad. Aunque tengo dos hijos que viven en barrio norte, al chico que no come en el Conurbano lo siento como un problema mío. – Tampoco está funcionando la educación… – El pibe que no hace nada, no tiene estudio ni posibilidades. Si sólo crecemos económicamente y no hacemos una revolución educativa y de conocimiento, no vamos a desarrollarnos. La pobreza sólo se reduce cuando hay crecimiento económico e inversión en educación. Estamos dominados por los economistas, pero la clave es la educación, cuya decadencia traspasa a este gobierno y llega hasta el menemismo. Hay muchos pesimistas, pero este país ya hizo una revolución educativa.