Cada testigo puede tener una verdad distinta

Clarín

Cuando en un juicio se convoca al testigo a declarar y se le pide que jure decir la verdad y nada más que la verdad, ¿a qué “verdad” se refiere? ¿A lo que pasó y vio? ¿A lo que recuerda de lo que pasó? ¿A lo que recuerda de lo que contó la última vez que lo recordó?

Muchas veces tenemos una idea equivocada de que el cerebro almacena los recuerdos en forma muy similar a una cámara de video, y que estos recuerdos se recuperan sin problemas a voluntad del “testigo”. Los estudios neurocientíficos permitieron arribar a la conclusión de que los recuerdos no son unitarios: hay tipos explícitos e implícitos de memoria, así como recuerdos a corto y largo plazo, con complejos procesos de codificación y recuperación. A cada paso, la formación, el almacenamiento y la recuperación de recuerdos pueden ser influidos o distorsionados con respecto al suceso original. Si alguien recuerda algo en el contexto de un nuevo lugar y tiempo, o incluso si tiene un estado de ánimo diferente, las memorias pueden integrar la nueva información.
Los recuerdos son difíciles de evaluar ya que en parte son construcciones que reflejan cómo interpretamos nuestras experiencias, en lugar de ser reproducciones literales, fotográficas y objetivas de esas experiencias. Además, la evocación de nuestra memoria puede distorsionar los recuerdos de una manera sutil.
Por otra parte, la memoria y la imaginación dependen de muchos de los mismos procesos cognitivos y neuronales, por lo que es fácil confundir una experiencia imaginada con una experiencia recordada “real”.
La neurocientífica Elizabeth Loftus y sus colegas de la Universidad de California llevaron adelante un experimento a través del cual evidenciaron lo difícil que es confiar en el recuerdo de testigos visuales.
A un grupo de personas le mostraban a través de diapositivas los detalles de un accidente y, pasados unos días, les preguntaban qué podían recordar. En una de las fotos se presentaba un auto en una esquina, justo antes de doblar hacia una calle transversal y de atropellar a un peatón. A la mitad de los participantes se les mostraba esta imagen incluyendo una señal roja de “pare” y a la otra mitad, una de “ceda el paso” del mismo color. Días más tarde, cuando los participantes tenían que contestar sobre el accidente, a la mitad de cada grupo se le hacían preguntas refiriendo correctamente a la señal que habían visto, mientras que para interrogar al resto se utilizaban preguntas refiriendo en forma incorrecta a la señal mostrada. Por ejemplo, a un participante que se le mostró la señal de “ceda el paso”, se le preguntaba: “cuando el auto llegó a la señal de ‘pare’, ¿el conductor se detuvo?”. En una siguiente etapa, a cada persona se le solicitaba que reconociera cuál de las diapositivas era la que había visto originalmente. El 75% de los sujetos reconocía correctamente la diapositiva ya vista si la información del cartel de “ceda el paso” o “pare” había sido utilizada por el interrogador al momento de hacerles las preguntas. Sin embargo, cuando el interrogador realizaba las preguntas utilizando el signo incorrecto, sólo el 41% pudo reconocer la imagen mostrada anteriormente. Estos resultados demostraron que el modo en que se realizan las preguntas en un interrogatorio, o incluso ciertas afirmaciones que se formulan durante el mismo pueden influir sobre la manera en la cual recordamos un evento.
Las neurociencias permiten interactuar con teorías y prácticas ligadas a otros campos de la ciencia y la sociedad. Estas investigaciones descriptas pueden promover interesantes debates sobre posibles límites en la recolección y evocación de las memorias de los testigos e, incluso, poner en cuestión ciertos patrones rígidos sobre la verdad y la falsedad de lo que se recuerda.