Postergar una decisión a veces es ventajoso

Clarín

Un estribillo muy recordado de los años 80 repetía “No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”. Esto, que sonaba a plegaria, ponía en cuestión una de las habilidades más importantes para un ser humano: su capacidad para ejercer el autocontrol.

Las neurociencias se han dedicado a estudiar esta capacidad del ser humano ya que conocer sus bases neurobiológicas puede aportar información para entrenarla y regularla. Un ejemplo clásico del estudio de una conducta tan compleja como la del control de los propios deseos fue la línea de investigación sobre “postres dulces” realizada en la Universidad de Stanford a finales de los 60 y durante la década del 70. En estos estudios, enfrentaban a niños de entre cuatro y seis años a una de las golosinas favoritas en Estados Unidos: los malvaviscos. Los niños recibían una instrucción: podían elegir comer la golosina en el momento, o esperar un tiempo dado (entre 15 y 20 minutos) y así recibir no uno sino dos malvaviscos.

Es decir, podían obtener una módica recompensa inmediata o una recompensa mayor si eran capaces de esperar un determinado tiempo.

Esta capacidad de estar dispuestos a esperar para recibir una recompensa mayor es referida como “gratificación diferida o retardada” y es el resultado de la destreza de auto control por la cual el cerebro es capaz de sopesar los beneficios de una decisión.

En este caso, esperar 20 minutos duplicaba la recompensa. El estudio encontró que niños de mayor edad eran más capaces del autocontrol, es decir, del diferimiento de la gratificación. Esto es muy lógico, pues a medida que los niños crecen, su corteza cerebral va madurando y adquiriendo nuevas habilidades.

Pero más interesante aún fue el análisis longitudinal de los datos a lo largo de los años. Aquellos niños que en edad preescolar lograban demorar la gratificación, eran descriptos diez años más tarde por sus padres como “adolescentes muy competentes”.

También se observaban calificaciones más altas entre las personas que en su infancia habían podido esperar para recibir el doble de la recompensa.

Asimismo, un estudio de neuroimágenes en el 2011 con participantes originales del experimento de Stanford cuando éstos ya habían llegado a la edad adulta mostró diferencias claves en dos áreas del cerebro entre los que habían logrado diferir la gratificación y los que no: la corteza prefrontal y el estriado ventral, áreas relacionadas con las capacidades ejecutivas y con la recompensa.

Muchos estudios demuestran que aquellas personas que no pueden postergar sus tentaciones en la vida adulta (es decir, poseen menor autocontrol) tienen una mayor tendencia a tener problemas de adicción o de tomar decisiones que terminan siendo inadecuadas. Una de las claves es que el circuito cerebral que alimenta esta capacidad está superpuesto con el conjunto de redes que permiten concentrarse en las consecuencias a largo plazo de las recompensas inmediatas.

Nuestro cerebro cambia a lo largo de la vida a partir de cada experiencia, con lo cual no hay nada que diga que los que no pueden postergar sus tentaciones no tengan la posibilidad de cambiar. Pero sí que, mientras tanto, esta incapacidad de autocontrol perjudica ciertas habilidades ligadas al mediano y al largo plazo. Será fundamental en los próximos años de investigación neurocientífica identificar estrategias para ayudar a las personas con riesgo de adicciones a ejercitar el autocontrol. En otra canción de décadas atrás, alguien le dice a otro que es necesario reflexionar hacia dónde va, que piense otra vez, que entienda y que tenga valor. De eso se trata.