Reconocer rostros y rasgos faciales no es algo trivial

Clarín

Cuando se está en el hall del aeropuerto y quien espera reconoce al que llega, lo ve caminar con sus valijas, lo saluda, se abrazan y se emocionan por el reencuentro; o cuando dos personas se cruzan azarosamente por la calle después de mucho tiempo y se paran unos instantes para hablar del tiempo transcurrido; o cuando una maestra llama la atención de un alumno que está distraído sin hacer las tareas que le fueron encomendadas, lo que se ha producido es un fenómeno muy complejo y fascinante dentro del cerebro de todos estos protagonistas.

Los rasgos faciales constituyen, a simple vista, lo más distintivo de una persona y quizás por eso conforman el “objeto visual” más difícil de reconocer.

Nuestro cerebro cuenta con una red cerebral especializada en el reconocimiento facial que permite detectar un rostro determinado en menos de 100 milisegundos (¡menos que un parpadeo!).

Esta red, centrada en el área fusiforme del lóbulo temporal, se activa ante la presencia de un rostro y estaría implicada en la codificación estructural de la información facial.

Bebés de 1 a 3 días ya poseen una habilidad muy eficaz para reconocer una cara y discriminarla de otra.

Incluso estos bebés pueden determinar entre dos caras si se les recorta la parte del pelo y solo se les muestra la parte interna. Resulta probable, entonces, que dispongamos de un circuito o sistema neuronal de reconocimiento de caras parcialmente preestablecido al nacer, que espera de la experiencia y del entorno para ser refinado. Esto da cuenta de que, aunque el cerebro trabaja en red, tiene regiones dedicadas a reconocer caras, cuerpos y lugares.

Todavía no sabemos por qué contamos con regiones especializadas para algunas funciones cerebrales y no para otras. Por ejemplo, una vez que aprendemos a leer, existe un área específica que responde selectivamente a letras y palabras. Solo leemos desde hace unos pocos miles de años, por lo que no se piensa que esta área es producto de la evolución natural. Algunos investigadores sugieren que, basados en nuestra experiencia, los humanos modulamos estas regiones que se involucran luego en otros procesos, por ejemplo la ortografía del lenguaje escrito.

Asimismo, pareciera que estas regiones son extremadamente plásticas y pueden desarrollarse en la vida adulta (es el caso de las personas que recién aprenden a leer en edades avanzadas y pueden llevar adelante esta práctica exitosamente). Un investigador estudió a través de neuroimágenes a chinos analfabetos y no encontró activación de dichas áreas. Estas personas fueron alfabetizadas –algunos tenían 40 años- y, luego del aprendizaje, las neuroimágenes mostraron que estas regiones se desarrollaron de manera similar a la de las personas que aprendieron a leer de niños.

A menudo sólo somos conscientes de la complejidad de nuestras habilidades cuando algo va mal. Chuck Close es un pintor y fotógrafo estadounidense que alcanzó la fama a través de sus retratos a gran escala. Su trabajo es aún más notable al tener en cuenta que sufre prosopagnosia. S e denomina “prosopagnosia” a un déficit en la habilidad para reconocer caras no atribuible a deterioro en el funcionamiento intelectual.

Personas con este síndrome suelen reconocer las personas por la voz u otros rasgos. Chuck Close es probablemente el único artista en la historia del arte occidental que pinta retratos sin ser capaz de reconocer rostros individuales. ¿Cómo lo hace? Pinta los retratos a partir de fotografías originales, transfiriendo las fotos cuadro a cuadro, como si se tratara de píxeles, y le va agregando detalles de tal forma que la pieza final resulta extraordinariamente “real”. Quizás también esto resulte una curiosidad, pero no si aún goza de buena salud esa frase que se le atribuye a Albert Einstein: “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”.