El cerebro, un motorcito para cada palabra

Clarín

¿Qué es lo que, a fin de cuentas, nos hace hablar a los seres humanos? Aunque desde hace más de 100 años diversos estudios pudieron precisar que existen áreas cerebrales específicas en el hemisferio izquierdo de los diestros que participan en la comprensión y producción del lenguaje, todavía quedan muchísimas preguntas sobre la organización, biología y arquitectura de esta compleja y distintiva función mental.
Es por eso que las neurociencias, en combinación con otras disciplinas (como la lingüística y la psicolingüística), están abordando de manera promisoria este tema.
El lenguaje tiene un período crítico de aprendizaje.
Los bebés y niños son geniales para la adquisición de un nuevo idioma hasta los siete años; luego existe una sistemática declinación en esta habilidad.
Esto no significa que, a partir de esa edad, no se pueda adquirir un idioma nuevo sino que cuesta mucho más (y después de la pubertad, más aún).
Un buen ejemplo de esta cualidad excepcional es que bebés de cualquier parte del mundo pueden discriminar entre diferentes sonidos de cualquier idioma (no importa de qué países sean los bebés ni qué idioma se evalúe).
Esta sofisticada habilidad se pierde ¡antes del primer año de vida!
Investigadores en Francia, a partir de la utilización de neuroimágenes, mostraron que niños de tres meses, cuando escuchan su lengua materna (y no sonidos sin sentido), activan áreas similares a las relacionadas con el lenguaje en el cerebro adulto. Estos datos sugerirían que la corteza cerebral del bebé se encuentra estructurada en varias regiones funcionales similares a la de los adultos, incluso mucho antes de que ellos puedan hablar. Estos resultados aportarían cierta evidencia biológica a la hipótesis de Noam Chomsky, quien sostiene que existen capacidades innatas del ser humano para el lenguaje. Algunos investigadores cuestionan estas hipótesis y, por eso, existen discrepancias en la ciencia sobre si existe (o no) una arquitectura u organización cerebral innata que hace posible el lenguaje humano.
Las técnicas modernas de investigación en neurociencias quizás algún día ayuden a resolver este clásico debate acerca de la interacción entre la biología y la cultura en este campo.

Por su parte, el desarrollo del lenguaje de los niños bilingües muestra un patrón algo diferente al de los monolingües.
Los bilingües tempranos tienen más probabilidades de procesar el lenguaje de forma bilateral, a diferencia de los monolingües que suelen tener dominancia hemisférica. Es por eso que la adquisición simultánea de dos (o más) lenguas no debe ser pensada en términos de una lengua principal y otra secundaria que puede “interferirla”, sino en relación a dos componentes que completan un sistema lingüístico complejo. Un estudio de Toronto reportó que hablar más de un idioma, comparado con quienes son monolingües, puede implicar un retraso en el comienzo de síntomas de deterioro cognitivo. Otras investigaciones han mostrado que cuanto más temprano se adquiere una segunda lengua, mayor superposición existe entre los circuitos cerebrales que procesan ésta y la primera.
Aunque cueste más que cuando se es niño, el desafío de aprender un nuevo idioma en la adultez es muy beneficioso, ya que contribuye a proteger nuestro cerebro. El bilingüismo provee una forma de “reserva cognitiva” que contrarrestaría el efecto perjudicial del paso del tiempo en nuestras redes neurales.
Cuando se trata de justificar lo dicho, entonces, deberíamos retocar esa frase que alega “esta boca es mía”. Al referirnos al lenguaje, está visto que el cerebro también sabe hacer lo propio.