Cuando el cerebro toma varias copas de más

Clarín

Esta noche, amiga mía, el alcohol nos ha embriagado”, canta el tango de Enrique Cadícamo. Desde las neurociencias hoy podemos explicar qué era lo que la ingesta de alcohol les había hecho para que los llamaran los mareados.
Diversos estudios han demostrado que el consumo excesivo de alcohol puede llevar a fallas en el funcionamiento cognitivo y cambios estructurales en el cerebro, algunos permanentes y otros reversibles.
Pero hay poco consenso sobre las características distintivas de estas fallas. Esta falta de consenso se debe a la dificultad de estimar cuánto es un consumo moderado de alcohol y cuánto no.
Otra de las dificultades reside en la incapacidad de los bebedores de identificar y reportar correctamente cuánto alcohol consumen. Un estudio realizado por un grupo de científicos de Yale pedía a sus participantes que indicaran cuánto creían que habían consumido a lo largo de un lapso determinado. Al comenzar el experimento, todos los participantes indicaban que no habían consumido, cosa que era cierto. A medida que empezaban a beber, y cuanto más consumían, reportaban que habían tomado menos alcohol de lo que había sido en verdad.
Las neuronas utilizan neurotransmisores, mensajeros químicos que transmiten información, para comunicarse una con otra. El alcohol actúa sobre algunos neurotransmisores como el GABA que, en términos simples, se ocupa de inhibir la acción de ciertas neuronas. El alcohol se combina con los receptores de GABA haciendo que actúe más poderosamente. Entonces, a medida que uno ingiere alcohol, el compuesto GABA lentifica la actividad neuronal y el cerebro no funciona tan eficazmente como debería. Además, actúa sobre el glutamato, que es el neurotransmisor excitatorio más importante del cerebro humano y tiene un papel crítico en la memoria y cognición.
El alcohol suprime el efecto del glutamato, lo que produce un detrimento de la velocidad de la comunicación entre neuronas.
Asimismo, el alcohol incrementa la secreción de dopamina en el cerebro, clave en los centros de recompensa cerebrales. Autopsias realizadas a pacientes con alcoholismo demostraron que hasta el 78% de estas personas presentan algún grado de patología cerebral.
Como hemos visto, entonces, tanto la intoxicación como el consumo crónico de alcohol tiene efectos directos sobre nuestras funciones cognitivas.
Se han identificado diversos procesos cognitivos que son susceptibles a sus efectos como la velocidad de procesamiento de la información, la atención dividida, la resolución de problemas, las funciones ejecutivas, la memoria de trabajo, el control inhibitorio, la flexibilidad cognitiva y el funcionamiento psicomotor. Entre estas, sobresale una profunda afectación de las funciones ejecutivas, las cuales están involucradas en la regulación, planificación y control de diversos procesos cognitivos. Esta disfunción ejecutiva puede observarse en la conducta de una persona alcoholizada: fallas en la flexibilidad cognitiva, en estrategias simplistas de resolución de problemas, un control inhibitorio deficitario (mayor impulsividad), fallas en la teoría de la mente (capacidad de inferir estados mentales de otras personas), en la planificación y en el procesamiento del humor. Otra consecuencia muy severa del consumo crónico de alcohol es el Síndrome de Wernicke-Korsakoff, caracterizado por una profunda amnesia anterógrada (capacidad de generar nuevos recuerdos) y dificultades en el recuerdo de eventos pasados.
Conocer sobre estas consecuencias insanas de la ingesta excesiva de alcohol quizás inhiba de cierta poesía bohemia a la vida, pero sin duda le otorga algo más de chances de poder contar el cuento.