Somos solidarios por naturaleza

La Nación

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Un poema de César Vallejo se refiere a un combatiente muerto al final de la batalla y a un hombre que se le acerca para rogarle que no muriera. “Pero el cadáver ¡ay!”, dice el poeta peruano, “siguió muriendo”. Luego se le acercan dos hombres y le piden que no los deje, que tenga valor, que vuelva a la vida. Pero nada logran. El poema dice después que acudieron veinte, cien, mil, quinientos mil, millones, con un ruego común: “¡Quédate, hermano!”. Y nada tampoco. “Entonces, todos los hombres de la tierra”, así termina el poema, “le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado, incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre: echóse a andar…”.
Atravesamos nuestras vidas interactuando con otros miembros de la comunidad. Muchas veces requerimos su ayuda. Otras tantas, somos nosotros quienes se la facilitamos. Vallejo trata poéticamente aquello que sabemos y muchas veces experimentamos en la vida: ayudamos a nuestros semejantes y son ellos quienes nos ayudan a andar. La ciencia está indagando en esta característica muy humana de los lazos solidarios que establecemos unos con otros. Algo que nos distingue de animales primates no humanos es justamente nuestra compleja cooperación, incluso desde la infancia.
Los seres humanos tenemos intereses inmediatos como comer, beber agua, etc., pero también tenemos valores mediatos (justicia, colaboración, etc.). Se cree que las conductas cooperativas jugaron evolutivamente un papel importante en el desarrollo de la cohesión de grupos sociales, lo que permitió que grupos con un número mayor de individuos no relacionados genéticamente se establecieran y rigieran por normas comunes. La cooperación como fenómeno conductual no es, desde ya, algo exclusivamente humano. Cientos de ejemplos en la naturaleza evidencian que el sistema nervioso de una gran parte del reino animal es propenso a la cooperación. De hecho, somos testigos de esta cooperación al apreciar las organizaciones sociales que se dan en derredor: el panal de abejas y los hormigueros, entre tantos otros.
Uno de los ejemplos más paradigmáticos en la conducta cooperativa en animales es el del cucarachero cejón, una especie de ave que habita en los bosques de Ecuador, zonas del Perú y la región preandina, con una particularidad: cantan a dúo con sus parejas. El macho y la hembra corean sílabas alternadas y lo hacen de manera tan rápida que, al cantar juntos, se percibe como si fuera una única canción. Estudios de la Universidad “Johns Hopkins” en Estados Unidos han demostrado que el cerebro de estos pájaros responde de manera más vigorosa a la canción cantada como un dúo que a las partes individuales que canta cada pájaro por su lado. Es más, se ha visto que el cerebro de los pájaros, en realidad, procesa toda la canción, aun si el macho y la hembra vocalizan sus partes respectivas.
El 16 de agosto de 1996 una gorila rescató a un niño de tres años de edad, que cayó en el sector de los primates en un zoológico de Chicago. El niño cayó desde varios metros al piso del lugar que albergaba siete gorilas. La gorila, que cargaba con su propio hijo en la espalda, tomó al niño inconciente en sus brazos y lo llevó a una puerta donde los encargados del zoológico y los paramédicos pudieron asistirlo.
Todo esto evidencia el hecho de que las bases biológicas que sustentan las conductas cooperativas son filogenéticamente muy antiguas y han sido un valor agregado en la supervivencia de las especies. Si podemos cooperar es porque tenemos un cerebro que nos lo permite hacer. Pero ¿qué hace, efectivamente, que cooperemos? Diversas investigaciones sugieren que la sociabilidad moderna no sería sólo el producto de una psicología innata, sino que también reflejaría las normas e instituciones que han surgido a lo largo de la historia humana.
Uno de los focos en la investigación neurocientífica sobre cooperación entre humanos ha estado puesto en el concepto de la reputación. Se cree que, al cooperar con otros, estamos invirtiendo en crear una reputación que puede traernos beneficios en el largo plazo. Más de una docena de experimentos han demostrado que, cuando ocurre en público o bajo la mirada de un tercero, cooperamos más activamente que en nuestra propia intimidad. En su laboratorio en la Universidad de Newcastle, el científico Gilbert Roberts también demostró que las personas que cooperan en un grupo son percibidas por el resto de los miembros como más atractivas. Esto apoya la idea de que existen beneficios de nuestras conductas cooperativas. Naturalmente, cuando cooperamos en un grupo no necesariamente estamos considerando los pros y contras de nuestra acción. Eso se debe, en parte, a que nuestro cerebro activa regiones emocionales que guían nuestras decisiones de manera intuitiva y automática.
Asimismo, una serie de experimentos ha demostrado que los actos de cooperación humana activan áreas del cerebro asociadas a la recompensa y el placer: cuando la misma tarea de cooperación se lleva a cabo con una computadora o un objeto inanimado, y no con otro ser humano, estas áreas dejan de activarse. Cuando la gente dona dinero se activan áreas en el sistema de recompensa cerebral muy similares a cuando se recibe dinero, lo que evidencia que ayudar en una causa resulta placentero y nos hace sentir bien. Otra experiencia interesante revela que, cuando se permite a los participantes castigar monetariamente a una persona que está atentando contra una acción cooperativa (por ejemplo, quitándole una suma de dinero por su conducta), también se activan las áreas de recompensa.
La multiplicidad de factores que influyen en nuestra conducta cooperativa no está limitada a aspectos biológicos y genéticamente predeterminados. Se ha observado en estudios transculturales, en los cuales se toman comunidades con distintos tamaños poblacionales, que factores diversos tales como las creencias religiosas o el grado de integración socioeconómica impactan en la forma en que cooperamos. Por ejemplo, miembros de poblaciones de menor tamaño están mucho más predispuestos a juzgar negativamente a alguien que realiza una oferta injusta que miembros de comunidades más grandes. Esto demuestra que la cooperación en seres humanos es una verdadera suma de genética, biología, ambiente y cultura.
Hemos tratado así algunos de los procesos biológicos que nos predisponen para la cooperación. Y la pregunta que se desprende de esto es: ¿por qué, a veces, no cooperamos? Quizá podamos ligar esta necesidad de respuesta a estudios neurocientíficos que se han desarrollado sobre otras cuestiones centrales. Una investigación de nuestro laboratorio mostró que el cerebro detecta en 170 milisegundos (menos que un parpadeo) si un rostro integra o no el propio grupo de pertenencia y lo valora positiva o negativamente mucho antes de que seamos conscientes de ello. El trabajo involucró a voluntarios indígenas y no indígenas, y fue publicado en la revista Frontiers in Human Neuroscience. Esta investigación muestra que los procesos asociados a la discriminación y al prejuicio son automáticos y muchas veces pueden primar sobre otros mecanismos mentales. Podríamos plantear otros estudios que intenten esgrimir una respuesta sobre por qué, a veces, no cooperamos. Pero quizás resulte más relevante reflexionar sobre sus consecuencias. La falta de cooperación impacta negativamente sobre el individuo a quien hubiese ido destinada la acción solidaria, sobre quien no fue solidario y también sobre todo el sistema social. La comunidad, para ser tal, se construye a partir de la idea de cooperación. Por ende, cuando existen acciones que reniegan de las conductas solidarias, el sistema se resquebraja. Se rompe esa dinámica del hoy por ti, mañana por mí.
A propósito de este refrán, podemos ilustrar esta práctica social de la cooperación a partir de la organización compleja que actualmente conforman las comunidades organizadas políticamente en Estados. En nuestras sociedades, son los adultos los que sostenemos (y así debe ser) la educación de los menores a través de las escuelas y el bienestar de los mayores a través de las jubilaciones y las pensiones. Pero es en este sentido y en este marco que la ideología de la cooperación establece alianzas fundamentales con otras habilidades humanas como la creatividad y la capacidad de organización. Sólo de esta manera se puede lograr un eficaz sistema de cooperación de gran alcance.
El carácter de solidaridad es inmanente a los seres humanos y, como dice el poema de Vallejo, echa a andar a las personas y a las comunidades. La falta de ésta lleva a hacernos reflexionar sobre el por qué se procede de esta manera si somos seres propensos al bien común. En las grandes sociedades como las que nos toca vivir, la cooperación puede ser directa (hacia nuestro semejante próximo) o mediada, a través de las instituciones. Sobre todo para esta última cuestión, también a la cooperación hay que ayudarla.