Un futuro mejor es posible por siete pesos diarios

Diario Clarín

Es necesario darnos cuenta de la inmensa importancia de la alimentación de todos los niños en edad preescolar. Es en esta etapa cuando el cerebro se está formando y el organismo requiere una adecuada nutrición. Resulta imprescindible como Estado y como Sociedad darnos cuenta de esto, pero, sobre todo, actuar en consecuencia. El período entre la concepción y los 4 años es considerado como un período sensible en el que el cerebro es susceptible a experiencias que influyen drásticamente en el desarrollo cognitivo. La desnutrición y la malnutrición están asociadas a alteraciones en la actividad de neurotransmisores, las sustancias químicas que median la comunicación entre una neurona y otra. El efecto deletéreo de la desnutrición y malnutrición es mayúsculo cuando la carencia nutritiva se da principalmente por una ingesta paupérrima de proteínas. Las intervenciones preventivas de asistencia alimentaria que se inician en los primeros años de vida son altamente efectivas para mejorar el rendimiento intelectual en niños con déficit en la nutrición. En la Argentina, con una población infantil menor de 5 años de 3,4 millones de niños y con un 10% de la población en la indigencia, hay al menos 340.000 chicos que corren serios riesgos de una malnutrición, comprometiendo así su futuro. Lo reitero mejor: existen en nuestro país 340.000 chicos a los que, por mala alimentación, los adultos les estamos restringiendo las capacidades y, por ende, las oportunidades de un futuro mejor. Las deficiencias en la alimentación se deben prevenir con políticas públicas e implementación sostenida de programas alimentarios. Un estudio del CIPPEC relevó los programas alimentarios nacionales implementados y demostró que no se ha logrado generar una articulación entre los distintos actores que participan en el diseño y la ejecución de dichas políticas. Los problemas más frecuentes son la falta de coordinación y la ineficiencia del gasto. El gasto social total en Argentina ha crecido en la última década, evolucionando en la misma dirección que el producto bruto interno (PBI). Argentina destinó 2002 dólares anuales per cápita al gasto público social, un 22,1% de su presupuesto en 2007. Gastar más, sin embargo, no quiere decir necesariamente gastar mejor. Usando las estadísticas oficiales de enero del INDEC –un dato muy conservador, por cierto- se podría decir que una familia tipo debió destinar 1095,26 pesos mensuales para mantenerse sin caer en la pobreza. Si considerásemos que ese gasto se utilizó exclusivamente para la alimentación de la familia, compuesta por una pareja de adultos (que consumen 2700 y 2000 calorías diarias, promedio) con dos hijos menores de tres años (consumen 1500 calorías diarias cada uno), arribaríamos a un valor de 36,50 pesos diarios para un consumo familiar de 7.700 calorías. Calculando la proporción por niño, que representa un 20% del consumo familiar total, la nutrición adecuada de un niño menor de 4 años costaría 7 pesos diarios y 210 pesos por mes. Como está visto, el Estado y la Sociedad precisan poco para lograr mucho. Es necesario darnos cuenta de la improcedencia y el déficit social que significa que en nuestro extenso país exista una infancia con carencia alimentaria. Resulta imprescindible entender que revertir esto debe ser, urgente, el principal desafío.