Por qué la ciencia no puede aún medir del todo la inteligencia

Diario Clarín

Se pueden desarrollar tantas habilidades como formas de calibrarlas.

Ser inteligente es ser tener la flexibilidad para mirar un problema y ver ahí una posibilidad nueva, una salida antes no pensada para enfrentarlo. Un niño que llega a una escuela nueva, en una ciudad nueva, con compañeros nuevos y encuentra la forma de pertenecer al grupo.
La ciencia ha pensado mucho sobre cómo pensamos. En 1904, el psicólogo inglés Charles Spearman desarrolló la noción del Factor G, que definió como una capacidad intelectual general que subyace en todas las capacidades cognitivas. En 1916, Godfrey Thomson propuso que la inteligencia es una colección de habilidades múltiples y necesarias para completar la mayoría de las tareas intelectuales. En 1983, el investigador de la universidad de Harvard Howard Gardner instaló el concepto de “inteligencias” para denominar todos los talentos de una persona.
Hoy existe la noción de que la inteligencia incluye habilidades en el campo de lo emocional, de las motivaciones, de la capacidad para relacionarnos con otras personas en situaciones complejas y diversas. El consenso es que estas habilidades, que antes no se consideraban parte de la inteligencia, potenciarían el desarrollo intelectual al cooperar en la tarea diaria de enfrentar situaciones complejas y encontrar soluciones novedosas. En otras palabras, factores de la personalidad como el humor expandirían el potencial intelectual. La ciencia les pone nombres a las inteligencias (cognitiva, emocional, social, creativa, lingüística, lógica, musical, espacial, corporal, e interpersonal) para entender lo que nos maravilla de la gente que admiramos.
Pero, ¿qué nos hace inteligentes como especie? En primera medida, “saltos” evolutivos en el ser humano que nos diferencian de los primates. Interacciones con el medio que, al generar nuevas capacidades de entender, produjeron más conexiones neurales en el cerebro y mayor inteligencia, en un círculo virtuoso de evolución. Estos puntos de quiebre en la historia del hombre están vinculados a comprender, que es lo que nos separa de los primates.
Se comprende, por ejemplo, con la capacidad de suponer de manera educada qué piensan los otros, lo que en neurociencias es llamado cognición social. Se comprende también con el lenguaje y con la posibilidad que éste habilita para desmenuzar con el pensamiento las cosas gracias a la posibilidad de darles un nombre. En nombrar la realidad se habilita la posibilidad de inventar otras realidades posibles, que surgen de la reflexión que permite poner otra palabra, otro contexto, otra interpretación.
Entonces, ¿cómo se mide la inteligencia? Las pruebas que evalúan inteligencia han sido desarrolladas por una necesidad práctica clínica y han demostrado ser útiles en muchas ocasiones, pero no en todas. Ha habido, además, una utilización política de la ciencia a lo largo de la historia para intentar rotular como más o menos inteligentes a razas, a migrantes, a grupos sociales. Esto no sólo es inmoral, sino que falso en términos científicos.
Por eso es importante remarcar que la ciencia no cuenta hoy con herramientas para medir la inteligencia en toda su extensión y complejidad. ¿Cómo asignar un coeficiente al humor, a la ironía y, aún más, a la diversificada y plástica capacidad del ser humano para responder de manera creativa a los desafíos que la sociedad y la naturaleza le plantean?
En mi experiencia, un punto de partida para el estudio de la inteligencia es saber que no estamos obligados a ser siempre iguales a nosotros mismos.