Coronavirus en la Argentina: salir fortalecidos de la pandemia

La Nación

Lo experimentamos de una manera o de otra durante todo este tiempo que pasó: el aislamiento preventivo puede tener efectos negativos en nuestra salud mental. Y cuanto más se prolonga, más nos debilitamos. Entonces, síntomas como el estrés, la depresión, la ansiedad, el agotamiento, el insomnio, la frustración, el desapego, la confusión y la ira afloran. Estamos exhaustos.

Existen, además, grupos que son especialmente vulnerables a los efectos psicológicos de la cuarentena, como las personas mayores, los niños y adolescentes, las personas con una función inmune comprometida y aquellas que viven en entornos congregados. Las mujeres pueden estar más expuestas a la violencia de género y a la sobrecarga resultante de la distribución inequitativa de obligaciones domésticas y de crianza.

También, por supuesto, aquellas personas que presentan una enfermedad mental subyacente. Para estas personas es esencial continuar con el tratamiento prescripto y, de parte de los sistemas de salud, es ineludible la obligación de dar respuesta y facilitar los medios para sostener la atención psicológica y psiquiátrica.

El estudio muestra que ya muy temprano al comienzo de la cuarentena (5-7 días) un tercio de las personas mostraban señales de afectación, sobre todo ansiedad y depresión

El otro colectivo específico que sufre un impacto mayor en la salud mental, ya no ligado a la cuarentena, sino al efecto directo de la pandemia, es el de aquellos que están en la línea de fuego (médicos, enfermeros, camilleros, personal de limpieza, administrativos). Diferentes reportes internacionales advierten del impacto psicológico al que está expuesto el personal sanitario y, en particular, el riesgo de desarrollar reacciones a mediano y largo plazo entre las que se cuenta el estrés postraumático. Si quienes trabajan en salud colapsan, no habrá quien pueda atender, curar y cuidar. Por ello, es esencial brindarles espacios de apoyo psicológico, identificar de forma temprana posibles reacciones negativas y, en tales casos, activar una rápida respuesta terapéutica.

En lo que respecta a la población general, también es necesario tener cabal conocimiento de este impacto y pensar diferentes niveles de respuesta relacionados con la salud mental. Desde Fundación Ineco realizamos una investigación para medir y evaluar los efectos de la pandemia y la cuarentena en la salud mental de la población. El objetivo es comprender no solo cuánto impacta, si no a través de qué factores lo hace, lo que permitirá pensar mejores herramientas e intervenciones para lidiar con esto. El estudio se realiza a través de encuestas a personas de todo el país, en distintos momentos de la evolución de la pandemia. Principalmente, medimos el impacto emocional, y en especial el estado de ánimo (asociado a la depresión) y la ansiedad.

El estudio muestra que ya muy temprano al comienzo de la cuarentena (5-7 días) un tercio de las personas mostraban señales de afectación, sobre todo ansiedad y depresión. Con el paso del tiempo, aumentaron ambos índices, pero sobre todo este último, y esto se explica en gran medida por la fatiga cognitiva luego de tantas semanas de ver trastocadas sus vidas.

Según las últimas mediciones (aproximadamente a los 80 días de las primeras medidas de aislamiento) la fatiga cognitiva es el factor más prominente dentro del impacto mental sostenido durante la pandemia. Este cansancio tiene efecto en cómo pensamos, en cómo tomamos decisiones, sobre cómo nos cuidamos, justamente en el momento en que necesitamos más claridad para tomar las mejores decisiones para estar protegidos. El segundo factor más prominente es cómo procesamos la incertidumbre, el no saber cómo, cuándo y de qué forma retomaremos nuestras vidas después del Covid-19. Las personas que presentan más intolerancia a la incertidumbre tienen mayores niveles de ansiedad. Para lidiar mejor con la incertidumbre, debemos lograr un difícil equilibrio entre resolver los problemas reales que van apareciendo y aceptar otras dificultades que están fuera de nuestro alcance. Pero para evitar que este sentimiento se convierta en desesperanza, es necesario saber que nuestros esfuerzos tienen un destino y que vamos a llegar a buen puerto. Desde el punto de vista social, esto requiere de un marco de contención y de planificación a mediano y largo plazo.

Según las últimas mediciones (aproximadamente a los 80 días de las primeras medidas de aislamiento) la fatiga cognitiva es el factor más prominente dentro del impacto mental sostenido durante la pandemia

Las estrategias para enfrentar la pandemia deben tomar en cuenta que la salud es un todo integral, no podemos dividir nuestra salud física de nuestro bienestar mental. No debe minimizarse ni subestimarse esto; por el contrario, es urgente que nos preparemos ahora para abordar la salud mental y el apoyo psicosocial para el presente y para el día después.

Sabemos que vamos a convivir varios meses con esta pandemia. Las dificultades económicas que resultan de la cuarentena agravan los síntomas de trastornos psicológicos, el enojo y la ansiedad. La recesión posiblemente traiga aparejados graves problemas de salud por el daño que causará el estrés a las personas con enfermedades cardíacas, diabetes y otras afecciones, sin mencionar los efectos de la creciente pobreza. Entendemos también que la política de aislamiento social preventivo buscó proteger a los ciudadanos de contraer el virus. Pero necesitamos dar cuenta a la vez de las múltiples consecuencias negativas de esta situación, discutirlas públicamente e intentar morigerar las consecuencias. Para eso, tenemos que entablar un diálogo entre distintas ideas y sopesar posibilidades, evitando las discusiones sesgadas. Necesitamos dejar de caer en falsas dicotomías que no son más que un error conceptual. El pensamiento crítico es la manera de evitar que interpretemos la información de manera equivocada, avalando solamente las posturas que sostengan aquellos con los que nos identificamos.

Para lidiar mejor con la incertidumbre, debemos lograr un difícil equilibrio entre resolver los problemas reales que van apareciendo y aceptar otras dificultades que están fuera de nuestro alcance.

Si diseñamos un plan a partir de esta situación excepcional y dramática que involucre estrategias acertadas, podemos salir de esto fortalecidos. Hay un fenómeno estudiado que se llama “crecimiento postraumático”. Se trata de que, a largo plazo, los eventos y experiencias traumáticas pueden tener efectos beneficiosos. A menudo, después de que el shock inicial y el dolor de una situación traumática se han desvanecido, las personas dan cuenta de que se sienten más agradecidas por sus vidas y les parece tener una nueva fuerza y confianza internas. Sienten que sus relaciones son más íntimas y auténticas, y que tienen un nuevo sentido y propósito. Se vuelven menos materialistas y más altruistas, más preocupados por el bienestar de los demás que por su propio éxito y estatus.

Este crecimiento postraumático (y su transformación) puede suceder también en grupos y comunidades. Cuando ocurre una crisis en una sociedad (como una guerra o un desastre natural), las personas, a menudo, reaccionan cada vez más interconectadas. Surge, entonces, un sentido común de propósito, y un espíritu de cooperación que conduce a un nivel más alto de integración. Se desarrollan estrategias comunitarias y colectivas de afrontamiento.

Necesitamos dejar de caer en falsas dicotomías que no son más que un error conceptual.

En estos momentos es clave que la sociedad tenga un horizonte en el que haya una discusión multidisciplinaria sobre cuestiones sanitarias, sociales y económicas que se lleve adelante basada en la mejor evidencia disponible y que nos permita reducir la incertidumbre, tomar mejores decisiones, contener mejor a la población, mejorar la comunicación pública. En suma, plantear estrategias más eficaces e integrales que dejen de lado las estériles y contraproducentes luchas entre facciones.

Cuando todo esto termine, si de una vez por todas pensamos qué país queremos ser y construimos un proyecto común, quizás podamos, en un futuro, descubrir que somos más fuertes y más próximos: una verdadera comunidad.