Un trauma colectivo

Clarín

Como una película de ciencia ficción, desde hace varios días pareciera que nuestro mundo -y también nuestro pensamiento- se hubiera detenido alrededor de algo inesperado y desconocido. Es de lo que conversamos, lo que leemos en las redes sociales y lo que miramos en la tv. Las informaciones diversas, las estadísticas, las precauciones y los miedos sobre el coronavirus se hicieron preponderantes en nuestra vida cotidiana.

Esta pandemia global se está convirtiendo en un trauma colectivo: nos enfermamos de algo de lo que nunca nos habíamos enfermado y esto está produciendo diferentes crisis. Es una crisis de salud pública, además económica y social. Pero también se trata de una crisis en el comportamiento: el miedo es generalizado y creciente.

En contextos excepcionales como este, pensamos y actuamos de una manera muchas veces irracional. Es que cuando nuestro cerebro detecta peligro priman los mecanismos biológicos que gobiernan nuestra mente y nuestro cuerpo de manera automática.

El miedo funciona así como una respuesta biológica y psicológica frente al peligro para asegurar nuestra supervivencia. Nuestros antepasados debieron desarrollar estrategias vitales para enfrentarse a diferentes amenazas.

De esta necesidad surgió una respuesta que, casi sin pensarlo, nos permite realizar una acción inmediata: atacar o huir. Estas conductas, seguramente, se formaron sobre las bases de otras más primitivas y así sucesivamente. Después de miles de años, hoy el mecanismo se mantiene intacto.

La versión más evolucionada del miedo es la ansiedad, que corresponde no a un riesgo presente, sino a una emoción orientada al futuro. Es un sistema más complejo para detectar de forma anticipada o prevenir acontecimientos que se perciben como potencialmente negativos. La ansiedad es una respuesta adaptativa que frente a situaciones de peligro puede ser muy útil, ya que nos ayuda a la supervivencia.

En el contexto de pandemia por Coronavirus (COVID- 19) pueden haber síntomas esperables: sensación de inquietud, incertidumbre frente al contexto actual, pensamientos sobre el futuro, temor por nosotros y nuestros seres queridos, preocupaciones sobre cómo manejarnos en lo cotidiano, emociones displacenteras (temor, ansiedad, angustia).

Todo esto puede estar presentes sin interferir en nuestras vidas, ya que tienen una duración y frecuencia acotadas. De todas maneras, en contextos de incertidumbre manejar la ansiedad puede volverse un desafío.

El miedo excesivo puede paralizar, haciéndonos menos efectivos en la resolución de problemas. Por esto mismo es importante evaluar la situación de manera ajustada a la realidad y seguir las recomendaciones dadas por los organismos públicos, sin caer en el temor que nos impida accionar.

Por ejemplo, debemos regular el tiempo que dedicamos a mirar las redes sociales y las noticias sobre el tema y buscar apoyo en nuestra verdadera red social.

Por suerte, las tecnologías actuales nos permiten estar conectados con nuestros seres queridos durante situaciones de aislamiento y debemos aprovechar esa posibilidad (nunca lo olvidemos: somos seres sociales).

¿Cuántas veces leímos en los últimos días sobre los contagios y las historias angustiantes de acá o de otro lugar del mundo? Esto aumenta la sensación de riesgo.

Ante una situación nueva y peligrosa, no evaluamos las posibilidades reales y cuanto más nos enteramos de nuevos casos, juzgamos más probable que nos ocurra. La ansiedad nos lleva a tomar medidas de seguridad que nos alivian transitoriamente pero que en realidad hacen que la ansiedad reaparezca luego con mayor intensidad.

Por otra parte, debemos darnos cuenta de que los humanos somos muy influidos por el contexto y estamos finamente sintonizados para monitorear lo que todos los demás están haciendo (incluso inconscientemente). La mayoría de nosotros usamos “lo que hacen otras personas” como un atajo mental para “decidir cuál sería el comportamiento apropiado” si no estamos seguros.

Es un mecanismo de decisión simple. Entonces, cuando vemos personas haciendo compras y acumulando productos, la reacción natural es hacer lo mismo, lo que produce un círculo vicioso y un problema mayor a toda la comunidad.

Como dijimos, debemos enfocar nuestra atención en la información oficial, precisa y experta ya que puede ayudarnos a reducir los riesgos reales y sentirnos protegidos. Nos esperan días arduos y los tenemos que enfrentar de forma conjunta.

Para pasar un momento difícil, la voluntad de ayudarse mutuamente es esencial. También lo es reflexionar sobre la importancia de las instituciones para ordenar nuestra suma de intereses, miedos y voluntades. Este tiempo valdrá en la medida de lo que nos cuesta si nos enseña que nuestro verdadero compromiso cotidiano es ocuparnos de nosotros y de los demás al mismo tiempo.

El coraje no es la ausencia de miedo, sino el valor de darnos cuenta de que nuestros destinos individuales están indisolublemente ligados al destino colectivo. En estos momentos de peligro, es tentador confiar en instintos como el alarmismo, el egoísmo o la información sesgada. Pero es nuestra capacidad de altruismo, cooperación, sentido de propósito e inteligencia colectiva lo que nos permitirá enfrentar esta pandemia.