Acuerdos urgentes en materia social

Clarín

Muchas veces, en las mismas palabras repetidas hasta que parecen transformarse en consignas huecas, se hallan las claves para lograr lo que más se anhela y lo que, por alguna razón, no se logra alcanzar. Pensemos, si no, en los eslóganes de la última campaña electoral y la posibilidad de pasar, al menos en una parte significativa, del dicho al hecho.

Expertos internacionales ven a la Argentina como un país que no ha sabido materializar todavía su enorme potencial. Un país que tiene un vasto territorio, consolidado como Nación, con capacidad potencial para alimentar a todos sus habitantes, con prestigiosas universidades públicas, con profesionales formados para competir con aquellos de las mejores academias del mundo. Pero, a la vez, un país que, por la polarización política y social, por falta de una intención real para lograr un gran pacto que oriente su futuro, no logra prosperar.

Podemos preguntarnos entonces si, sobre todo en momentos de crisis económica profunda como la que estamos atravesando, ¿no deberíamos unirnos alrededor de un proyecto que nos convoque a todos, como fue la democracia en el 83?

Ningún plan económico ni proyecto de desarrollo que incluya realmente a los 45 millones de argentinos puede funcionar con este nivel de división. Es momento de trabajar unidos por el futuro de nuestra comunidad sin mezquindades. Porque cuando hablamos de acuerdos, se trata de establecer prioridades y planes comunes. Pero, para eso, debemos atender y comprender lo que piensa el otro. No se trata de pretender acuerdos si (y solo si) el otro cambia su idea y termina pensando como yo.

En el corto plazo, debemos ocuparnos de los más vulnerables. La inseguridad alimentaria es un problema que lleva ya mucho tiempo en nuestro país, aunque sin dudas en este momento estamos atravesando un momento crítico. Es imprescindible reconocer la magnitud del problema y el impacto que tiene no solo en la vida de esas personas y sus comunidades sino en todos nosotros como comunidad.

Muchas organizaciones sociales aportan valiosos datos estadísticos desde sus capacidades y experiencias, pero si queremos combatir el hambre hace falta un mapa completo de la situación para pensar el mejor plan de acción y para realizar una inversión focalizada e inteligente en los servicios que reciben los que menos tienen. Conocer el estado de situación nos ayudará a su vez a evaluar el impacto de las intervenciones que se pongan en marcha.

El Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica (UCA) informó recientemente que 9,3% de la población urbana sufre hambre. En el resto del país el 22,2% padece inseguridad alimentaria. De acuerdo a datos del INDEC, la pobreza en el primer trimestre de 2019 supera los 16 millones de personas, un 35,4% de nuestra población. Según estudios de Unicef, la mitad de los niños, niñas y adolescentes en Argentina son pobres.

Además de los niños y niñas que pasan hambre, tenemos otros graves problemas: las deficiencias nutricionales y la obesidad. El retraso crónico de crecimiento en menores de 5 años se ha mantenido constante mientras la tendencia ha sido una baja significativa en toda la región.

Las cifras de anemia muestran un panorama similar. Por otro lado, como otro signo de malnutrición, Argentina es el país de la región con mayor tasa de obesidad infantil (alrededor del 20% en chicos de entre 5 y 17 años, según la última Encuesta Nacional de Nutrición y Salud).

En nuestro país fue declarada la Emergencia Alimentaria. También están vigentes el Programa de Nutrición y Alimentación Nacional; la Ley de Protección Integral de las Niñas, los Niños y los Adolescentes y el Plan Nacional de Primera Infancia. Todas estas leyes y programas dan cuenta de una preocupación del Estado por garantizar los derechos básicos. Son pasos necesarios y han mejorado parcialmente ciertas condiciones, pero evidentemente falta mucho camino por recorrer para salir del estado de emergencia permanente.

Para erradicar el hambre para siempre, se necesita del compromiso social y político para sostener una gran política de Estado integral y transversal. No hay soluciones mágicas. Los parches, los espasmos y los barquinazos nos están costando muy caros como sociedad, sobre todo a aquellos que más necesitan que los acuerdos se transformen en planes serios, sustentables y transformadores.

Ahora bien, resolver el drama del hambre, ya lo hemos dicho, es urgente, pero no suficiente. El objetivo último debe enfocarse en el desarrollo socio-cognitivo y la educación de calidad. La decisión clara de invertir en conocimiento es clave para para esto.

Pero (otra vez) para que la educación sea exitosa, necesitamos personas bien nutridas, sanas, creciendo en ambientes saludables y con posibilidades de proyectar un futuro de movilidad social ascendente. No se puede hacer una cosa sin tener en cuenta la otra. Es una falacia atacar el hambre sin prever el desarrollo integral de la persona y viceversa.

El momento de actuar es ahora. La inversión en la infancia es la más redituable que puede hacer un país. Y no es solo una cuestión de presupuesto, sino de una inversión ética, estratégica, inteligente y con foco en los derechos humanos. No podemos desproteger a quienes más lo necesitan. En Argentina nadie debe tener menos oportunidades que otros para desarrollarse plenamente.

El pacto social y el acuerdo económico y político tienen que ser alrededor de ideas y no por sectores o personas solamente. Las grietas que hoy nos dividen nos impiden crecer. Nos impiden pensar. No nos dejan ver que estamos dejando cada vez una sociedad más golpeada, más desigual y más fragmentada. ¿Será que la solución de la grieta puede surgir de un consenso alrededor de esto?

Un gran acuerdo tiene que empezar por algún lado. Es momento de que todos hagamos una autocrítica y cedamos en pos de una Argentina que esté realmente a la altura de su potencial. Solo si es realmente con todos y todas de verdad podremos .