La epidemia de la soledad

Diario Popular

Es común escuchar a las personas comentar que tienen un dolor físico en particular, pero es más difícil escuchar a alguien decir que se siente solo. Es que el sentimiento de soledad representa un estigma en la actualidad. Es importante reconocer esta situación y entender el efecto negativo que produce la soledad en nuestro cerebro, cuerpo y conducta. Pero también hay que comprender que la diferencia no la hace la cantidad de personas con las que uno se rodea, sino la calidad del tiempo compartido con amigos y familia, una pareja o sentirse parte de algo más grande que uno mismo.

En plena efervescencia de las redes sociales y de las comunicaciones instantáneas, son muchas las personas que se sienten solas. Así, el sentimiento de soledad está creciendo en las últimas décadas en Argentina y en el mundo. Las estadísticas indican que un cuarto de la población manifiesta que no tiene con quién hablar. El aislamiento social se ha convertido en un gran problema de salud pública de nuestro tiempo. Tanto, que se llegó a postular que la soledad es una epidemia del presente (y del futuro).

A veces se suele pensar que la soledad es consecuencia de la timidez, la depresión, la introversión o las habilidades sociales deficientes. Pero los estudios han demostrado que estas caracterizaciones son incorrectas: sentirse solo no implica estar físicamente solo. Se trata de una condición única en la que una persona se percibe a sí misma como aislada socialmente, aun cuando está entre otros.

Debemos advertir que la soledad crónica es, en la actualidad, un importante factor de riesgo de mortalidad. Para comprender esto cabalmente, pensemos que, por ejemplo, la contaminación del aire aumenta un 5% las probabilidades de mortalidad; la obesidad, un 20%; y el consumo excesivo de alcohol, un 30%; mientras que se considera que la soledad crónica incrementa un 45% la mortalidad.

En países como el Reino Unido, se ha creado un Ministerio de la Soledad, cuyo objetivo es resolver los problemas sociales relacionados con esta epidemia a través de programas multidisciplinarios que aborden la cuestión habitacional, educativa, sanitaria y social. Alguno podría preguntarse por qué debería el Estado involucrarse en algo tan íntimo. Precisamente, porque se trata de una institución que fue creada para cuidar y promover el bienestar de las personas a lo largo de toda la vida. Además, los problemas asociados a esta condición demandan muchos recursos a los sistemas de salud.

Las estrategias de intervención dirigidas a esta cuestión en países como el nuestro son indispensables. El puente entre la ciencia y la política pública debe ser cada vez más fuerte. Y debe tener como uno de sus objetivos fundamentales mejorar la vida de las personas que sufren.