“Tenemos que reducir la grieta, de esta se sale todos juntos”

La Gaceta de Tucumán

El prestigioso neurólogo habló sobre la necesidad de reinventar a la Argentina para superar la crisis. La importancia del valor agregado.

¿Cómo puede hablar de crisis, de pobreza, de malnutrición, con una sonrisa franca durante casi toda la entrevista? Facundo Manes es doctor en Ciencias de la Universidad de Cambridge, neurólogo, neurocientífico, presidente de la Fundación Ineco e investigador del Conicet. Dice que es un chico de pueblo, con sangre tucumana (su padre nació en nuestra provincia), que se crió en Arroyo Dulce (localidad de la provincia de Buenos Aires) y que luego creció en la ciudad de Salto. Y resalta que los pueblos nos dan esa maravillosa virtud de juntarse -y disfrutar- con todas las personas, porque “el pueblo es tu casa”. También su profesión le ha terminado de formar su carácter. Porque un buen médico -agrega- no es sólo el que tiene las últimas evidencias científicas; también el que abraza, el que sostiene.

“Quizás lo que notaste es que yo puedo hablar del país, pero abrazándolo”, dice mientras firma un ejemplar de su último libro, “Decir presente, hacer futuro. La revolución del conocimiento como motor del proyecto argentino”. En él opina que ciencia, educación, tecnología y producción son imprescindibles para escapar de la trampa, de un destino de crisis.

– Incertidumbre, nervios, situación económica complicada, ¿cómo nos afectan a nuestro cuerpo y a nuestra mente?

– El bienestar de las personas tiene que ver con el contexto. Entonces, esta crisis afecta a todos y mucho más a los desamparados, a los vulnerables. Aunque uno pueda darle de comer a sus hijos, tener un trabajo, vivir en semejante nivel de tensión, de desigualdad, de pobreza, de falta de futuro y de desesperanza, todo eso genera ansiedad, estrés. Yo te diría que hoy Argentina es un país deprimido; la sociedad está apática, irritable, tensionada; y no tenemos un proyecto colectivo. Además, tenemos la sensación de que estamos en un círculo y cada ciertos años aparece una nueva crisis. Esto se ha estudiado. Genera ansiedad, estrés crónico, depresión y en pacientes cardiovasculares, aumento de enfermedades. Pero también lo que quiero plantear es que el bienestar nunca es personal. El contexto influye mucho en la manera en que nos sentimos.

– ¿Cómo hacemos para sobrellevar esta situación y mantener un clima de calma a nivel individual y colectivo?

– A nivel individual hay que hacer ejercicio físico, mejorar la dieta, mejorar el contacto humano, tener vínculos humanos profundos, dormir lo mejor posible, meditar o mejorar el estrés. Pero a nivel colectivo de esto se sale todos juntos con empatía. Tenemos que empezar a reducir esta grieta que nos llevó a esto: a que todo sea blanco o negro y ver que no hay opción si gana el otro.

– Lo resalta en su libro: cuanto más se desarrolle la empatía, más podrán respetarse las creencias de los otros. ¿Cómo podemos reforzarla en este momento de tanta conflictividad social?

– La empatía implica imaginar qué piensa y siente el otro. Primero tenemos que entender algo que en la medicina llamamos “anosognosia”. La tiene un paciente que niega la situación, su condición médica. La Argentina tiene anosognosia, porque no reconoce sus problemas. Cuando pensás que sos rico, que tenés recursos naturales, que estás condenado al éxito y no es así… Por otra parte, tenemos que entender que muchísimas veces nuestro cerebro funciona en automático la mayor parte del día. Creemos que somos seres racionales, lógicos, deliberados, pero en realidad lo somos muy pocas veces, porque eso requiere gasto mental y tener los recursos cognitivos para todo el día mentalizar. La empatía, entonces, es tratar de salir del confort mental y pensar que el otro puede tener semillas de verdad, aunque piense diferente. Y segundo, en mi opinión, para salir de este proceso que funcionamos como blanco y negro, como tribus, necesitamos el proyecto colectivo como fue la democracia. Un proyecto superador: “del laberinto se sale por arriba”, decía Leopoldo Marechal. ¿Qué nos unió en el 83? La democracia.

– Entonces, dice que la democracia fue nuestro sueño colectivo en el pasado. ¿Y ahora?

– Este libro propone un sueño colectivo que implica invertir en generar valor agregado. Los argentinos nos mentimos a nosotros mismos de que somos un país rico con recursos naturales per cápita. No lo somos. Por ejemplo Australia tiene cuatro veces más recursos naturales que nosotros. Somos el país 47 en recursos naturales. Y aunque fuéramos el primero, hoy los recursos naturales no son el motor de la economía mundial. El principal motor es la fabricación de tecnología, de conocimiento, de valor agregado.

– ¿Es posible ponernos de acuerdo para lograr ese sueño colectivo?

– Nos pusimos de acuerdo en el 83. Tenía 14 años y veía radicales, peronistas, comunistas, conservadores, ricos, pobres, todos queríamos democracia. Tuvimos ese sueño colectivo, lo logramos y esa democracia hoy no es perfecta, pero la tenemos. Ningún loco tomó el poder. Hoy Argentina no puede generar riqueza suficiente para darles bienestar a 45 millones de personas con una economía basada en la materia prima o en sus derivados. Si no lo hacemos en 10 años vamos a estar con una nueva capa de pobres. Y en diez años más, tendremos otra capa de pobres. Hoy los países más desarrollados, aún sin recursos naturales, como Japón o Corea del Sur, invirtieron en valor agregado, en conocimiento, y también tienen salud. A nivel personal, la salud impacta en la economía. En los países es lo mismo: un país sin salud va a tener un impacto económico. Para tener un nuevo paradigma, a Argentina hay que reinventarla totalmente. Seguir parchando la coyuntura nos va a llevar a otra crisis en cinco años.

– ¿Cómo reinventarnos?

– Noruega, que hace unos años tuvo una especie de Vaca Muerta, ¿qué hizo? En vez de importar tecnología, que era más barato y más rápido, dijo: vamos a desarrollar la tecnología nosotros. Hoy tiene el petróleo y el conocimiento alrededor del recurso natural. Deberíamos hacer eso con el litio: no sólo exportarlo sino también a sus derivados y generar conocimiento y valor agregado. Lo mismo con el Mar Argentino, los minerales, el petróleo, el campo. Tenemos que cambiar el paradigma, nos falta transitar uno de los caminos claves para el crecimiento sostenido: invertir, sistemática e inteligentemente en ciencia, tecnología e innovación, y construir puentes muchísimos más sólidos entre conocimiento y producción.

– ¿Ese es el objetivo base de tu nuevo centro?

– Exactamente. Nos unimos en este centro (Centro Cites Ineco, en Capital Federal) porque teníamos la misión: para el desarrollo de un país hay que invertir en el desarrollo humano, en la gente, en la salud, en la educación y en el conocimiento. Ahí está la base del desarrollo social.

– Habla de la unión, de la importancia de los lazos. ¿Cómo quedaron esos lazos con la grieta?

– La grieta puede ser una estrategia para ganar una elección. Ahora sabemos que ni para eso sirve. Aunque la grieta nos impide gobernar. Lo que hay que hacer ahora es reconstruir los lazos, que se hace entre todos. Necesitamos una o dos décadas de desarrollo sostenido. Pero al mismo tiempo hace falta cuidar a los más vulnerables. Tenemos una pobreza que es inaceptable: el 40% de nuestros chicos tiene algún tipo de malnutrición. Eso afecta la capacidad de aprender. Vivir en la pobreza genera un estado mental de estrés crónico. Aunque nos enfoquemos en la educación, no tenemos educabilidad porque no tenemos muchos cerebros con la nutrición suficiente y sin el estrés para aprender. En mi pueblo, en Salto, pensaba de chico que si era honesto, si estudiaba y trabajaba iba a tener una movilidad social. Tenía un contexto de país que me decía que eso se podía lograr. Ese país ya no existe más. No sólo hay que pagarles mejor a los docentes, sino tenemos que nutrir a los chicos, sacarlos de la pobreza para que puedan aprender. Además tenemos que generar un contexto para que los chicos no crean que para generar plata hay que ser político, corrupto, acomodado o tener herencia. Eso no lo dice Manes, sino un estudio de la Universidad de Palermo de hace dos meses.