Una nueva oportunidad

Clarín

Entre esos golpes que los argentinos nos damos en el pecho para mostrarnos firmes y excepcionales, solemos decir que acá́ sí que nadie puede aburrirse, porque en nuestro país siempre están pasando cosas. Parece que este devenir extraordinario también está ligado a una crisis permanente con algunos períodos de sosiego, que no son más que un tiempo para rememorar con angustia las crisis del pasado y prepararse con ansiedad para la crisis inminente, que se aproxima, que está por estallar.

Las crisis generan incertidumbre y traen aparejadas un sinfín de implicancias negativas sociales e individuales como el miedo, el estrés, la ansiedad. Pero sabemos que la crisis no impacta de igual modo en todas las poblaciones, sino que, obviamente, afecta en mayor medida a aquellos más vulnerables como los niños, los jóvenes, los ancianos y, específicamente, los colectivos sociales empobrecidos y los desempleados.

Muchos de nuestros momentos críticos son el fruto, al menos en parte, de la improvisación, de la falta de diseño y preparación, de la intención de atar todo con alambre, de la sobrevaloración de la intuición, de la buena estrella y de las propias ideas sin tener en cuenta la de los demás, de estar convencidos de que pase lo que pase veremos la luz al final del túnel porque, al fin y al cabo, estamos “condenados al éxito”.

También son el resultado de las permanentes decisiones que privilegian el favor propio en desmedro del colectivo. En estas se incluyen las conductas particulares o sectoriales mezquinas porque, más allá de su rasgo poco solidario, a largo plazo terminan también impactando en ese mismo que había querido “salvarse solo”.

Otra de las razones, muy importante a su vez, es esa impresión común (quizás por el recuerdo patente, quizás por la resignación, quizás por cierto sesgo pesimista) de que “algo muy grave va a suceder en este pueblo”. Así́ se llama un famoso relato de Gabriel García Márquez, en el que una señora se despierta con esa sensación y al contársela a su hijo y este a sus amigos, y así́ sucesivamente, a la larga algo muy importante va sucediendo.

La anécdota del cuento es justamente esa: la catástrofe pasa porque todos creen y temen que pase, y eso mismo interviene y trastoca la paz de la vida cotidiana. Y pasa. Esto es lo que se llama comúnmente una “profecía auto-cumplida”: como es inminente la crisis, nadie puede pensar mucho en el futuro; y como nadie piensa en el futuro, entonces sobreviene la crisis.

No es que no tenemos razones para actuar socialmente de esa manera, pero sí que muchas de las decisiones que tomamos tienen que ver con esta sensación y sus consecuencias también.

Las crisis como la que estamos atravesando hoy una vez más provocan verdaderos sufrimientos en las vidas de las personas, sobre todo de las más vulnerables, y también arrecian con los sueños, los proyectos, las ganas. Y, como sucede en medio de una emergencia, debemos cuidar y proteger especialmente a aquellos que más necesitan del resto de su comunidad. Es cierto, como se dice, que en cada crisis también hay oportunidades, pero debemos estar convencidos de que las hay más aún cuando las cosas se pueden planificar, discutir, pensar con la cabeza fría.

Las crisis más bien solo son funcionales a los pescadores de río revuelto y a los comités de crisis.

Es cierto que estas coyunturas, a su vez, promueven actos de cooperación como pocas veces se manifiestan (campañas solidarias, actos personales de gran hidalguía, sensibilidad social extraordinaria), pero no debemos olvidarnos de que también se es solidario cuando se previene la crisis, y que las mismas crisis muchas veces son caldo de cultivo para la avaricia y para las conductas ruinosas que las agravan.

La angustia social crece por estos días y se hace difícil pensar en el largo plazo. Pero no podemos permitir que nos hagan dudar de nuestras herramientas como ciudadanos para ser los guardianes de la democracia y los impulsores de aquellos propósitos que nos permitan hacer el futuro que nos merecemos.

Por esto, es imprescindible construir consensos sociales fuertes y reales que trasciendan los momentos críticos. De otra manera nunca podremos romper estos ciclos nocivos de crisis y “veranitos económicos” que nos mantienen estancados o, peor, en retroceso.

Hay un término científico que en los últimos tiempos se expandió también a discursos más generales: la resiliencia. Como sabemos, así se denomina a la capacidad de adaptación que tenemos los seres humanos frente a una situación que nos perturba o que nos es adversa.

Asimismo, nos permite salir más fortalecidos. Los argentinos, sin dudas, tenemos esa capacidad a flor de piel. Pero esa cualidad resiliente la vamos a demostrar de manera cabal, no si nos recuperamos y solo nos quedamos rememorando estas turbulencias y esperando a que sobrevenga la nueva crisis, sino, más bien, si atendemos las urgencias y diseñamos una estrategia de largo plazo en el que acordemos objetivos y propósitos y, para eso, establezcamos prioridades, focos precisos y métodos para alcanzarlos. Será una nueva oportunidad de ponernos a andar.