Grietas y acuerdos

Clarín

Seguramente a muchos nos pasa que formamos parte de cadenas de amigos o conocidos que comparten mensajes cuyo contenido tiene una fuerte inclinación hacia determinadas posturas políticas homogéneas. Eso hace que se refuercen creencias y preconceptos previos que defienden nuestra propia identidad y pertenencia a un grupo, factores que muchas veces son más importantes que “la verdad”. La opinión grupal es un marcador de identidad. Nuestras posiciones no se basan solamente en datos objetivos, sino que están permeadas por nuestra historia, prejuicios, influencias sociales, sesgos, emociones y suposiciones. En otras palabras, vemos lo que nuestras creencias filtran de la realidad. Al enfrentarnos con evidencia que contradice lo que pensamos, nos sentimos amenazados. Entonces, incluso podemos cambiar los hechos para adaptar nuestras creencias preconcebidas y así disminuir la incomodidad que nos produce esta disonancia cognitiva.

¿Será conveniente esforzarnos por tratar de mirar las cosas también a través de otros cristales? Para poder dialogar con alguien que creemos que está en la vereda de enfrente y entender qué piensa y qué siente (y notar que posiblemente no piense y sienta tan distinto) hace falta empatía y esfuerzo. Esto requiere dejar de lado el prejuicio y tolerar cierta incomodidad emocional. Claro que es más reconfortante rodearnos solo de la información que confirma nuestras creencias previas. Sin embargo, si no hacemos un ejercicio de empatía y reflexión crítica, difícilmente podamos ver más allá de nuestros sesgos y seguiremos pensando que nosotros tenemos razón mientras que el resto está equivocado.

Necesitamos poner en cuestión los límites entre el “nosotros” y “los otros” o, más bien, hacer que el “nosotros” sea cada vez más amplio y diverso. Como ciudadanos debemos demandar que durante esta campaña electoral se discutan ideas y proyectos serios para sacar a la Argentina del estancamiento, la crisis, la pobreza estructural, la desigualdad, y comenzar a lograr el bienestar para todos. Disentir con el otro por el solo hecho de que no pertenece a nuestro grupo relega los verdaderos objetivos y los modos más provechosos de alcanzarlos.

Estemos dispuestos a poner una idea sobre la mesa y debatirla abiertamente y sin preconceptos. Una de estas podría ser fijar como política de Estado, un aumento considerable de la inversión en ciencia, tecnología e innovación para así lograr una Nación con desarrollo y equidad social. Para generar una sociedad del conocimiento como base para el desarrollo, se necesita de la decisión e inversión estratégica del Estado, como lo hicieron por ejemplo Australia e Israel. Los mercados por sí solos no emprenderán un proceso de este tipo: que integre todos los sectores, que piense en el largo plazo, que democratice el acceso al conocimiento, que vincule la ciencia a la producción de forma extendida.

Es importante advertir que la producción de conocimiento es distinta a la de otros bienes: se trata de un bien público, de producción colectiva. No es tarea del mercado diseñar una estructura económica basada en el conocimiento, sino que su desarrollo debe estar impulsado desde el Estado. Por supuesto que esto requiere planificación, tiempo y compromiso que excedan las fronteras de un único gobierno, ministerio o secretaría. También tenemos que tener claro que una sociedad del conocimiento sin inversión en desarrollo humano es falaz. Lo dijimos y lo repetimos: la “meritocracia” sin igualdad real de oportunidades es una mentira y es radicalmente injusta. La posibilidad de aprender y las oportunidades de acceso a la economía del conocimiento no pueden ser para unos pocos ni para una elite.

Existen áreas en las cuales nuestro país tiene potencial diferencial de crecimiento. Algunas de ellas son la energía (no solo fósil, sino también fuentes renovables), la digitalización, la inteligencia artificial, las ciencias de salud, la explotación sustentable del mar, la tecnología nuclear, la industria satelital y la industria del litio. La biotecnología y la bioeconomía -que permiten agregar conocimiento y valor a la producción agrícola y agroindustrial de forma sostenible y con consciencia ecológica- son otras de las áreas en las que podríamos crecer aún más. La ciencia aplicada a nuevos productos, herramientas o procesos es imprescindible porque mejora la calidad de vida y el desarrollo tecnológico. Es importante aclarar que seleccionar áreas estratégicas para el desarrollo no significa limitar la curiosidad y la investigación científica solamente a ellas.

Los países que basan su economía en el conocimiento son los que más desarrollo han logrado y los que lo incrementan a mayor tasa. Existe una fuerte correlación entre el porcentaje del PBI que se invierte en conocimiento y el PBI per cápita de ese país. A mayor inversión en ciencia, tecnología e innovación, más riqueza produce el país. Como testimonio de esto, las diez empresas más ricas del mundo hoy están relacionadas con la tecnología.

Fomentar la grieta puede servir como estrategia para ganar una elección, pero conspira contra la posibilidad de dialogar y generar la empatía necesaria para arribar a un consenso amplio con el fin de lograr un proyecto de país que nos permita un crecimiento sostenido y una sociedad más igualitaria. Necesitamos dejar de lado nuestras visiones sesgadas, dejar de ver el país únicamente a través de los cristales que nos dividen. No se trata de que pensemos todos lo mismo. Se trata de hacer de la diferencia una virtud.