Pero tal vez el ejemplo paradigmático de la evolución tecnológica es la interfaz cerebro-máquina, tecnología que permite registrar y procesar ondas cerebrales en tiempo real y traducirlas en una acción en el mundo exterior. Funciona interpretando y trasladando la actividad eléctrica neuronal a un dispositivo o prótesis que se estimula para generar comandos motores. Si bien esta tecnología se encuentra aún en etapa de investigación, tiene múltiples posibilidades de aplicación. Por supuesto que se podría utilizar eventualmente en personas sanas. Teóricamente, es posible potenciar funciones sensoriales o cognitivas mediante implantes cerebrales o dispositivos externos como percibir más colores o tener visión “nocturna” o “de 360 grados”. Estas ideas han llevado a reflexionar sobre la posibilidad de proveer a los humanos de habilidades ilimitadas de memoria o cálculo, produciendo una superinteligencia que nos haría entrar en una era poshumana. En conjunto con otras tecnologías, como el GPS, la interfaz cerebro-máquina tiene múltiples potenciales aplicaciones en la vida cotidiana, por ejemplo, en lo que concierne a la conducción de un auto o pilotear un avión. El desarrollo de estos dispositivos está siendo posible gracias a los avances en disciplinas como la nanotecnología, la biotecnología, la neurociencia y la tecnología de la información. Se ha sugerido que la interfaz cerebro-máquina nos está acercando a una revolución tecnológica, en tanto representa una fusión del cuerpo humano con dispositivos artificiales. En este sentido, varios investigadores sostienen que podemos convertirnos en Homo cyberneticus, una especie humana ligeramente asistida por algunas mejoras tecnológicas.